jueves, 12 de mayo de 2005

Un poco menos de obscuridad...

En estos últimos días se ha conmemorado el final de la segunda guerra mundial en Europa.

De entre todos los datos, hay uno que siempre me ha estremecido. De todos los libros en las bibliotecas alemanas, un 25 por ciento fueron destruidos y un cincuenta por ciento quedo dañado irremediablemente, entre ellos papiros, manuscritos medievales, incunables, piezas únicas. Tesoros que fueron arrebatados a toda la humanidad

No sólo por los bombardeos, o los combates, sino por la propia estupidez y fanatismo de los nazis, como el caso del comandante de la ciudad de Breslau que resistió el asedio ruso, durante abril del 45, cuando la guerra estaba perdida, sólo por la fe en el destino manifiesto de Alemania y su Füher, ordeno que los libros de la biblioteca universitaria se arrojaran al río Oder.

La misma extraña sensación que se siente al pasear por las ciudades alemanas y ver como el tejido urbano del pasado, las estrechas callejuelas y las casas de tejados apuntados, ha sido arado por las bombas y reemplazado por amplias avenidas y altos rascacielos.


Pero nunca hay que olvidar quién empezo la guerra y con qué propósito. Y como todo el odio que despertaron en el resto del mundo se volcó sobre Alemania y los alemanes.

Nunca.

Porque si lo olvidamos, ellos habrán vencido.