lunes, 23 de mayo de 2005

Los ojos de los muertos (y 2)

En la misma exposición de la que hablaba antes, había otro objeto curioso. Una muñena hecha de cuerda enrollada, apenas un monigote con piernas y brazos cilíndricos, con un cuerpo también cilíndrico,con un engrosamiento por cabeza y unas cuantas cuentas azules simulando el cabello.

Tan humilde, tan falto de intencionalidad, tan prescindible, si no fuera por su antigüedad.

¿Para quién se hizo? ¿Por que se hizo?

¿Era un amuleto? ¿Alqo que se llevase siempre sobre sí, confiando que te protegiera? ¿Algo que no podía perderse, casi más valioso que la vida, porque traería la desgracia?

¿Era un hechizo? ¿La representación de otra persona? ¿Un medio de obligarla a que accediera a tus deseos? ¿La única forma de conseguir que lo imposible se transformara en posible?

¿Era lo que parece ser? ¿Una muñeca? ¿Un objeto creado con cariño y regalado también con ese mismo cariño? ¿Algo que ya de mayor, se contemplase con emoción, al encontrarlo de repente?

Fuera lo que fuera, sabemos donde ha sido encontrado. En una tumba, como casi todo lo que nos ha legado el antiguo Egipto.

Enterrado junto a su dueño, para que éste pudiera seguir disfrutando de ellos en el más allá, o para que le abriese las puertas cerradas en esta vida.

O bien depositado junto a la tumba de alguien cercano, como ofrenda, como medio de comunicación, como vía de mantenerse en contacto con los que ya habían desaparecido, para mostrar que se seguía pensando en ellos, para reclamar su ayuda en este mundo.