sábado, 14 de mayo de 2005

El último de los romanos

Amiano Marcelino, historiador, militar, político, vivió en la última mitad del siglo cuarto de nuestra era, en los años finales del eterno Imperio Romano

Nació en Antioquía, la capital de la Siria Romana (ahora, curiosamente perteneciente a Turquía), la que antaño había sido orgullosa metrópoli de los reyes seleúcidas, descendientes de un general de Alejandro, y cuyo Imperio se extendía desde el mar Egeo hasta el río Indo, por toda Asia Central.

Como Antioqueño y como perteneciente a la elite, su lengua materna era el griego. Como militar romano, su lengua de trabajo era el Latín y en esa lengua escribió sus historias, aunque no era la suya propia. Primera de sus paradojas. No la última. En un mundo que derivaba hacia el cristianismo y donde esta nueva religión iba pronto a prohibir las otras, él se mantuvo pagano, fiel a los antiguos dioses. En un mundo que pronto iba a dejar de ser romano, él continuó soñando con la grandeza de Roma y confiando en su recuperación.

No a iba a ser así, sin embargo. Página tras página, sus historias describen el lento camino hacia la muerte del Imperio.

Antaño, en un tiempo que no iba a volver, el mundo se concebía en función de Roma, sólo existía aquello a donde ella dirigiese la mirada, el resto de pueblos y naciones aspiraban a ser como ella, y las guerras se libraban fuera de su Imperio, fortaleciendo a éste, haciéndolo más grande.

En el mundo de Amiano, las guerras se libran dentro del Imperio. Rutinariamente, los bárbaros invaden las provincias, las saquean y devastan. Rutinariamente, con un coste cada vez mayor, son expulsados, las ciudades reconstruidas, las fortalezas guarnecidas, pero no sirve de nada. los bárbaros volverán al año siguiente y al otro y al otro, sin que ningún medio pueda detenerles.

En este mundo de Amiano, asímismo, Roma no es el único imperio. los persas Sasánidas reinan en Irán y Mesopotamia, sueñan con restaurar el imperio de los Aquemenidas, año tras año asaltan las fronteras del Imperio, conquistan una o dos fortalezas, las vuelven a perder, y en este forcejeo consumen los recursos de Roma, impiden que se dediquen a otras tareas, abaten su prestigio.

Roma es el centro en la historia de Amiano, pero Roma no es más ya que un nombre, puesto ya no quedan romanos. Amiano procede de una provincia, los emperadores también. Los soldados que protegen el imperio son bárbaros, iguales a los bárbaros que combaten, utilizan sus mismas estrategías, blanden sus mismas armas, hablan sus mismas lenguas, comparten sus mismos ideales, tienen las mismas lealtades, adoran los mismos dioses. Es sólo cuestión de tiempo que el Imperio se disuelva por sí solo.

Así, lentamente, el Fatum (hado o destino) se convierte en el leit-motiv de la historia de Alejandro. Roma se aparta de sus tradiciones y del paganismo, y nada puede hacerse por evitarlo. El cristianismo avanza, cada vez más intolerante, y nada puede detenerlo. Los emperadores asciende al trono, prometiendo restaurar la grandeza y la justicia de Roma, pero inevitablemente se convierten en déspotas, e inevitablemente también mueren antes de vencer a sus enemigos. Bárbaros y persas son derrotados una y otra vez, pero siempre prevalecen en la última batalla, y es el Imperio el que retrocede.

Así,la pluma de Amiano, fatalista, desengañada, anota cada acontecimiento con frialdad notarial, sin emitir quejas, como si todo esto le hubiera ocurrido a otra persona, aunque él mismo estuvo presente en muchos de los sucesos narrados.