jueves, 15 de junio de 2006

Cerebus (y 3)

Finally, I will build a temple... but this time, it won't be a temple, it will my home.


Reads, Tomo IX de Cerebus



Hablaba ayer de como en la historia de Cerebus aparecen multitud de referencias literarias, hasta el extremo de incluir a famosos escritores, su vida, su obra o su trabajo. Referencias totalmente inesperadas y, podría decirse, completamente innecesarias, en lo que comenzó siendo una humilde parodia de Conan, The Barbarian, substituyendo al personaje de Conan por un Aardvark u oso hormigero. Historia que como, todas las parodias, se presentaba sin ninguna pretensión de profundidad, en un estilo completamente normal y simple.

Es aquí donde radica la auténtica radicalidad de Cerebus. Si el cómic se hubiera limitado a incluir las apariciones de estas figuras literarias y hubiera mantenido, lo que podríamos llamar, un estilo estándar, no hubiera pasado de ser un biopic más, una historia completamente prescindible pero con con infulas de profundidad y permanencia, algo que rápidamente se hubiera hecho insoportable para el lector.

Sin embargo, uno de los própósitos de Dave Sim, reconocido por él, es el de romper todas y cada una de las reglas que se suponen consustanciales al arte de la viñeta.

Por poner un ejemplo. En el, ya citado, tomo V, Jaka's story, he señalado que se inserta lo que podría ser un inédito de Oscar Wilde, la narración de la infancia y juventud de Jaka. Esta historia dentro de la historia no se relata con los medios de la viñeta y la secuencia, sino con los modelos de la novela ilustrada del siglo XIX, reservando páginas completas o dobles páginas, donde a una o dos columnas de texto, acompaña una ilustración, sin bocadillo alguno que ocupa toda la hoja, ilustración que se caracteriza por un detallismo y un preciosismo casi increíble.

Páginas ilustradas que están esparcidas a lo largo de todo el tomo y que sirven de separación entre diferentes secciones temáticas, y al mismo tiempo sirven de contrapunto a la acción principal, avanzando con ella hacia un doble climax, doblemente intenso si se me permite.

Incluir una novela, tal cual, con los recursos y la presentación de una novela, dentro de un cómic no es la única rebeldía y transgresión que se permite Dave Sim, sino una de tantas y ni siquiera la más llamativa.

En este mismo volumen de Jaka's story, en otra doble página, y en ocasión de la muerte de un personaje, las viñetas caen siguiendo la trayectoria del cuerpo que también cae, en un movimiento que cruza las dos páginas de izquierda a derecha, desde el momento en que recibe el golpe (viñeta vertical), pierde el equilibrio (viñeta a 45 grados) y choca con el suelo (viñeta horizontal). Al mismo tiempo otras dos viñetas, situadas en la esquina superior derecha e inferior izquierda nos muestran las reacciones de los espectadores de la escena, que estaban, en un ejemplo de coherencia geométria insospechado, a la izquierda y a la derecha de la persona que ha sido alcanzada.

Asímismo en las páginas finales de tanto High Society (volumen II) como Church and State I (volumen3). La página pasa de tener una orientación vertical (lectura de arriba/abajo) para girar 90 y tornarse apaisada, volver a girar y adoptar la posición vertical, volver a girar y tornarse apaisado y volver a girar para volver al equilibrio, todo para reflejar el caos y sin sentido en que han confluido ambas historias. No se piense que esto se hace de manera mecánica. Mientras que en High Society, la página continua dividida en multitud de viñetas, en Church and State es una serie de double splash pages, de forma que en el primer caso la transición de vertical a apaisado se hace en una serie de viñetas dentro de la página, mientras que en el segundo es la página completa la que gira paulatinamente.

Puede resultar complejo de imaginar con una simple descripción, pero verlo en papel y en el instante en que se produce es, si se me permite la exageración, algo que quita el aliento.

Y aquí precisamente radica otra de las genialidades de Dave Sim, que estos efectos no son pirotécnia vacua, sino que sirven para amplificar, ilustrar y explicar lo que está ocurriendo y porqué está ocurriendo, o lo que es lo mismo el efecto de estos sucesos sobre los personajes, que a estas alturas son tan conocidos para nosotros como personas reales.

De esta manera, si Sim no tiene el menor reparo de hacer saltar todo por los aires cuando es preciso, no tiene ningún miedo en despojarse de todos los artificios, de reducir el ritmo hasta casi dejar la historia muerta, cuando así es necesario. En la ya mencionada Jaka's Story, en cierto momento descendemos a las cárceles de la dictadura cirinista, viñeta tras viñeta, en páginas que sólo tienen cuatro, se muestran completamente negras, hasta que esta negrura se disuelve por una esquina, ocupa la viñeta, muestra una antorcha y la pared en la que está fijada, las puertas de las celdas brevemente iluminadas, los ladrillos del muro, para de nuevo volver a surgir la obscuridad y ocupar todo el espacio, sin que se halla pronunciado una sola palabra, como si nosotros mismos estuviésemos recorriendo esos subterráneos, con el corazón encogido, sin saber a donde nos conducen.

Y así y así decenas de ejemplos.

Y vuelvo a decirlo aunque parezca una exageración, leer este cómic es una experiencia única, irrepetible, que marca y deja huella.

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Sí, muy bonito..... pero continúa siendo un misógino y un fanático religioso...

...y tú alguien que jamás ha creado nada, ni podrá hacerlo...

...¿Quién es entonces el que está equivocado?

martes, 13 de junio de 2006

Cerebus (y 2)

Men get to be a mixture of the charming mannierisms of the woman they have known.

Going Home, Volumen 13 de Cerebus

Esta frase no es pronunciada por Viktor Davis, el alter ego que Dave Sim utiliza para sus diatribas en Cerebus, ni siquiera por él mismo, en sus apariciones dentro del cómic, como demiurgo que juega a placer con sus creaciones...

Esta frase es pronunciada por Francis Ford Kennedy, la representación en el cómic de un Francis Scott Fitzgerald crepuscular, un alcóholico sin remedio que aún se las arregla para mantener cierta dignidad, cierta apariencia del gentleman, ese concepto inexistente en nuestro mundo de hoy, que una vez fue, aunque sabe que ya éstá muerto, que sólo se sobrevive a sí mismo, o mejor dicho, como el cómic nos muestra y como fue en la realidad, que la caída de su mujer en la locura y su internamiento en la bebida, no sólo le ha destruido a ella, sino también a él mismo, puesto que ya nada hay que le retenga en esta vida, y su honor, su orgullo, su educación de caballero, le impiden ser quien dé fin a ella.
Puede parecer extremado lo que narro, pero el genio absoluto de Dave Sim está ahí, en que la inclusión de una vaca sagrada de la literatura inglesa, no constituye un ejercicio de snobismo o un intento de humillar al lector mostrando lo culto que es el autor y lo ignorante que es el espectador.

No, lo maravilloso (y extraño) de la aparición de Fitzgerald en ese cómic y en esa situación es que, hablando y actuando como el propio Fitzgerald (o al menos como podemos imaginarnos que hablaba y actuaba conociendo su biografía y su obra), el personaje no es un lastre ni un peso muerto en la historia que se nos cuenta, si no que se convierte en agente y actor de los sucesos y peripecias a los que asistimos, llegando incluso a conseguir un protagonismo absoluto en éstos... sin contar, por otra parte, que Dave Sim, nos introduce en el mundo privado del creador y su creación, componiendo lo que podría ser un inédito de Fitzgerald, inspirado por los sucesos en los que participa y recreeando a la perfección el estilo del escritor, manierismos y tics incluidos.

No es la primera vez que, a lo largo de las 6.000 páginas largas de Cerebus, Dave Sim ha conseguido la misma jugada (lo cual si cabe constituye otra de las pruebas de la grandeza del dibujante/gionista). En el tomo V, Jaka's story, aparece ni más ni menos que Oscar Wilde, nuevamente como personaje principal, nuevamente retratado con la imagen que uno asocia inconscientemente con él, la de un hombre de mundo, inteligente, ingenioso, agudo... y al mismo tiempo profundamente sensible, enamorado hasta la médula de una cierta imagen del arte y del deber del artista, desafortunadamente ya completamente periclitada, y nuevamente, se nos muestra el proceso creativo, porque una gran parte de Jaka's story es precisamente el relato que hace Wilde de la niñez y adolescencia de Jaka, uno de los personajes (esta vez de ficción) centrales de Cerebus.
Un relato que para cualquiera que haya leído a Wilde en inglés, le parecerá uno más de sus cuentos, con su misma riqueza léxica, con su precisión en las descripciónes, detalladas hasta la obsesión, fascinantes hasta poder llegar a imaginar el lugar narrado como si se estuviera allí mismo... y no sólo los lugares sino cada uno de los infinitos y breves sentimientos por los que atravesamos mientras estamos despiertos.

Para culminar, en un magnífico salto mortal, narrando en el tomo VI, Melmoth, la agonía y muerte del escritor, sin ahorrar ningún detalle escabroso, pero sin caer en el voyeurismo, simplemente, recordándonos, a cada uno de nosotros, lectores, que se creen inmortales, que por ese horror que pasó Wilde, tendremos que pasar también nosotros, y como al final, ese sufrimiento del que ya no hay escapatoria, hará que prefiramos la muerte, aunque tras ella no queda nada, puesto que al menos ella nos ofrecerá descanso y reposo, consuelo y bálsamo.

Y una vez más volverá a hacerlo.

En el tomo XIV aparecerá Ernest Hemingway, pero no como el Hemmingway que el cine y la leyenda nos han transmitido, el aventurero, el hombre de acción, el que hace de su vida la obra de arte, dejando un poco de lado su obra. El Hemmingway que aquí se muestra, como presagio de lo que sucederá a Cerebus y a Jaka, es el escritor que sabe que ya no podrá escribir más. Peor aún, que sabe que la vida no volverá a ofrecerle ya ningún consuelo, ningín alivio, ninguna victoria, sino sólo derrotas, desesperación y sufrimiento... agravado su sufremiento por el recuerdo, imborrable, del pasado, de los viajes a África, de los hombres, orgullosos, nobles, honorables, que allí conoció, de la libertad de los espacios sin civilizar, donde no existe el pasado ni el futuro, sino sólamente un presente continua y eternamente repetido, del gusto, convertido en amargo con el tiempo, de lo que fue una vida mejor, una vida más noble, la única vida que vale la pena vivir, aquella del hombre libre que sólo debe responder ante aquellos que respeta y que ha decidido que sean sus amigos.

Alguien a quien sólo queda pegarse un tiro, o que otra persona le facilite los medios....

...

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Sí... muy bonito, pero sigue siendo un misógino y un fanático religioso. Eso no se lo quita nadie

jueves, 8 de junio de 2006

Cerebus (y 1)

You live only a few more years.

You die alone, unmourned...

...and unloved.

Suffering... Suffering you'll have no trouble doing.

And if you are tempted, ever, to consider your suffering unjustified...

...just remember...

...your second marriage.

Church and State II, Tomo IV de Cerebus

Es incómodo, muy incómodo, hablar de Cerebus. No por el cómic en sí, una auténtica obra maestra, si se me permite la expresión tan mal usada hoy en día, sino por la personalidad de su autor Dave Sim. Una personalidad y un ideario que puede lograr que su obra, el monumento que ha construido a lo largo de casi treinta años, acabe olvidado, voluntariamente olvidado por sus propios admiradores.

Es siempre muy complejo, y demasiado aventurado, inferir la personalidad de un artista partiendo de su obra, especialmente en el caso de aquellos que creadores prefieren la narración, el representar la realidad que nos rodea aunque sea distorsionada y sublimada, a la abstracción, a impresionar al público medianta la yuxtaposión de colores, líneas, sonidos, palabras, notas, huyendo de un significado o colocandolo en segundo plano, algo que, extrañamente, siempre molesta mal que la representación directa, por muy brutal que sea lo representado.

Esta complejidad en adivinar o intuir el auténtico ideario de un autor partiendo de su obra se debe, en mi opinión a dos razones muy simples. Por un lado, el hecho de que el artista, especialmente aquellos dedicados a la representación, tiende a incluir en su obra multitud de voces, multitud de opiniones, multitud de puntos de vista, si realmente quiere representar lo que ve, si realmente quiere comentar, juzgar, conducir y modificar su realidad. Por otra parte, el oficio de artista no es de político, profeta, filósofo o intelectual. El artista no puede ofrecer soluciones, un artista no puede tenerlas, bajo pena de dejar de serlo, de convertirse en político, profeta, filósofo, intelecual. El oficio del artista es plantearse preguntas, políticas, filosóficas, sociales, estéticas... y dejarlas sin respuesta. Ofrecer puntos de partida que muevan a los espectadores, si se me permite el juego de palabras, a tomar partido.

Es por ello que, cuando se quiere averiguar la ideología, las intenciones del artista, sea necesario recurrir a las entrevistas, a los escritos para artísticos del creador, al análisis de la sociedad y el ambiente en el que se concibió la obra... a todo aquéllo en definitiva que está fuera del objeto artísticos, a los pequeños innumerables detalles que formaran el contexto de la obra y que se han desvanecido con el tiempo. Un bagaje que el espectador no tiene obligación de conocer... al menos en la profundidad de un contemporáneo... puesto que es esa obra la que debe convertirse en clave y camino hacia ese tiempo, hacia ese contexto, hacia esa mente y no al contrario.

(y parecerá que en este instante me estoy contradiciendo, pero no es así, o mejor dicho, lo es y no lo es)

Sin embargo, en el caso de Dave Sim, no hay duda alguna. El mismo autor, como si desconfiará de su propia obra, pensando quizás que exprese ideas distintas a su auténtico pensamiento, se ha preocupado de comentar él mismo, incluyendo, en medio del discurso narrativos, toda suerte de ensayos aclaratorios (y es curioso darse cuenta que Tolstoi hizo lo mismo con Guerra y Paz). Ensayos estos que han bastado para enajenar la admiración y el respeto que su obra merece y que debía granjearse.

En ellos, Dave Sim se muestra como un misógino feroz. No como un misógino actual, de los que tantos abundan hoy día, que bajo la aparente aceptación de la igualdad entre sexos y de los argumentos del feminismo, retuerce las conclusiones de la ciencia y la filosofía, para encerrar de nuevo a las mujeres al interior de su cocina, puesto que concluye, su naturaleza no está preparada ni concebida para otra cosa. No. La misoginía de Sim es de otra calidad, más antigua y sin necesidad de ningún tapujo.

Al leer los ensayos repartidos por Cerebus tenía la impresión de haber vuelto al pasado, a aquellos tiempos en que el machismo, y la sujección de las mujeres al macho, eran la ideología predominante, mientras que aquellos que afirmaban la igualdad entre los sexos, eran los raros, los radicales, los extremistas. En aquellos tiempos de machismo triunfante, este se expresaba en forma de miedo a la mujer (al igual que los aristócratas temían que los siervos les degollasen o los esclavistas que los esclavos se rebelasen). La mujer, a pesar de su sometimientos, de no tener armas con las que defenderse, era capaz de destruir a los hombres, de atraerles con sus encantos, de seducirles y de apartarles de su misión, de su destino, de todo aquello que supuestamente constituye la hombría y la masculinidad.

La mujer como enemiga, no como compañera, como traidora, no como confidente, como alimaña peligrosa, venenososa y mortífera, no como ser racional, a la altura de los hombres, sino como demonio, víbora y monstruo, cuyo solo contacto seca a los hombres, les sorbe los sesos y les convierte en peleles.

Y ésa, y no otra. es la opinión de Sim sobre las mujeres. Sólo que el lo dice a las claras, sin disfraces.

....y sin embargo todo esto no reduce en lo más mínimo, la importancia y la grandeza de lo que Dave Sim, con su obra ha conseguido....

...de la misma manera que mis confusos y falsamente profundos comentarios, mi rectitud y convicciones no me hacen más inteligente, ni más influyente, ni más artista...

lunes, 5 de junio de 2006

Reading Coetzee

...that is how we must be in the eyes of the angels: People living in houses of glass, our every act naked. Our hearts naked too, beating in chests of glass...

Extraño leer a este hombre. Extraño también que cada una de sus obras no falle en producirme el mismo efecto. Angustia. Ahogo. Desolación. Fatalismo. Impotencia. Los sentimientos de los condenados recorriendo una y otra vez el círculo del infierno al que han sido desterrados.

No es menos extraño que esa sensación, de vivir sin salida, de saber que cada paso no es más que un escalón que se desciende en la decadencia personal, en el tránsito ineluctable hacia la muerte, se consiga de una forma tan tenue, tan sutil, tan minimalista.

No es porque Coetzee aparte la mirada de lo feo y lo desagradable, o que evite, por una especie de prurito de artista consciente la descripción pormenorizada del mal, sus causas y sus consecuencias. Hacer eso sería una traición, puesto que su mundo, el de la Sudáfrica del Apartheid, se basa sobre la injusticia, sobre un pecado original que corrompe y destruye a la sociedad entera, incluso a aquellos que luchan contra el sistema , incluso a aquellos que han conseguido escapar de allí, pero que se han traído consigo esa corrupción, esa malda que aborrecen.

No, ya sea en la Sudáfrica racista, siempre a punto del estallido, o en la postApartheid, hundiéndose sobre sí misma, o en el Londrés que se convierte en una prisión no menos dura, no menos hipócrita, que el país donde todos esos vicios están a la vista de todos, aunque no se quieran ver, en cualquiera de esos lugares, la prosa de Coetzee, no teme señalar la injusticia, la violencia, abordar aquellos actos miserables que los hombres realizan contra otros hombres, y como se justifican, como inevitables, justas y necesarias, las mayores barbaridades.

Pero esto, esta mirada alerta y vigilante, no significa que Coetzee se entregue, como es tan común en día, a la descripción pormenorizada y totalitaria de los actos de violencia y crueldad, hasta el extremo en que estos se conviertan en la novela y en su única justificación, tanto frente al autor, como ante sus lectores, como ante la crítica, en la ciega creencia de que mostrar el espejo basta para denunciar... o que para escribir como Sade basta con limitarse a copiar lo más evidente, sin reparar en los intrincados razonamientos y repruebas con que el francés consigue una doble violación de sus personajes y lectores, la posesión tanto física como mental.

Porque Coetzee es un clásico, en el sentido antiguo, quizás el último. El autor que narra lo que tiene delante, tal como lo ve, sin caer en ningún tipo de afectación, tanto estética como moral, aunque, en sus intenciones y propósitos éste el de crear gran arte y dar una lección moral.... sin que como repetimos, se note.

Y este clasicismo se traiciona incluso en su punto de vista. Mientras que en el arte de ahora, la caricatura, la distorsión de la figura humana está a la orden del día, hasta convertir la representación de la realidad que pretende la novela, en un teatro de títeres y al autor en el grna marionestista, que se ríe de sus criaturas porque sabe que sus conflictos nunca serán los suyas, para Coetzee, cada sentimiento de sus personajes es un sentimiento compartido, y cada accion es una acción que el mismo podría haber cometido, errores en los que podría haber incurrido, hasta el punto que es difícil distinguir cuando la voz que nos habla es la voz del autor y la de las criaturas.

Quizás en esto esté el secreto de la potencia, la fuerza con la que Coetzee consigue conmover, en el equilibrio entre su clasicismo, que le hace abordar lo que ve con tranquilidad y serenidad, como si fuera un estóico de antaño, y la cercanía a las personas y situaciones que novela, que le hace ser sincero. No solo serlo, sino también parecerlo....

O quizás es algo que tengo la impresión de haber leído en alguna parte, que cada uno de sus protagonistas es como Dante, una representación de la humanidad perdida en el mundo y abocada a cruzar el infierno, pero sin un Virgilio que le guie entre los peligros, ni una Beatriz que le espere al final del camino.

Porque el Paraíso no existe, y todos lo sabemos, por muchas mentiras que queramos contarnos.

jueves, 6 de abril de 2006

Las intermitencias de la memoria (y 1)

Hubo un tiempo en España, a finales de los setenta, principios de los ochenta, que estaban de moda las colecciones por fascículos. Colecciones que duraban meses, años enteros y que luego había que llevar a la imprenta para que las encuadernaran... tras haber comprado por supuesto las tapas.

Todo era cuestión de precios, claro está. Las obras que el españolito de a pie no podía comprar de una vez o ni siquiera tomo a tomo, eran perfectamente asequibles si se compraban 10, 20 páginas cada semana o cada mes.

En ese tiempo todo era fasciculable. Desde la cría de la paloma hasta el cultivo de los garbanzos, pero entre tanta oferta, se podían encontrar auténticas joyas, como la historia completa de la segunda guerra mundial o de nuestra guerra civil, o las expediciones de Jacques Cousteau, o la historia completa de la pintura.

Y entre tantas y tantas había una historia de los comics, en la que se incluían a modo de ejemplo, páginas de las historietas/autores que se pensaba, se creía habían supuesto, ese tópico tan usado, un antes y un después...

...entre ellas, séis páginas del segundo tomo, High Society, del Cerebus de Dave Sim...

...

Pero antes de hablar de Cerebus, hay que recordar lo que suponía vivir en los años ochenta, especialmente para una mente inquieta...

...un mundo en el que no había ordenadores ni internet, y por lo tanto no había posibilidad de descargarse las películas/series que no se estrenaban aquí, ni manera de comprar al extranjero aquello que no se publicaba aquí, no ya porque no existiera la Internet ni el correo electrónico, sino porque el común de los mortales no podía soñar con viajar al extranjero, como mucho con acercarse a la frontera con Francia y cruzarla para pasar a Bayona y a Biarritz, pero no con llegar a Paris, o a Londres, o al Berlín dividido...

...un tiempo casi de las cavernas, una época que parece no haber existido, una era sin móviles, sin juegos de ordenador, sin PDAs o PlayStations, sin DVDs ni televisión digital, sin VHS, con apenas una cadena u media de televisión que cerraba la emisión por la noche, sin .xvid o .mp3 o incluso CDs...

...un mundo donde sólo había libros, LPs y cassetes, y donde sobre todo, faltaba el dinero para comprarlos...

...una vida donde lo que se tenía, la novela que te había gustado, la música que te había enamorado, la leías, la escuchabas una y otra vez, hasta que las páginas perdían sus esquinas y se desprendían del lomo, se perdían y barajaban, hasta que el LP o el cassete se tornaban inaudibles borrados de tanto ponerlo en el tocadiscos o en el magnetófono, hasta que el soporte se tornaba innecesario, porque ya lo sabías de memoria, porque ya formaba parte de ti mismo y pensabas que jamás habrías de olvidarlo...

...al contrario que este tiempo en que todo son novedades, distintas y originales, pero ninguna queda, ninguna se recuerda, ninguna supone un cambio, ni en el mundo, ni en uno mismo...

... al contrario que en aquel tiempo, en que leía aquellas seis páginas, una y otra vez, fascinado por su belleza, porque no se parecían a nada que hubiera leído antes, ni a las historietas de Brugera, ni a los superhéroes de la Marvel, simplemente porque aquellas seis páginas respondían a lo que yo esperaba del arte, a lo que yo esperaba de la vida, a lo que yo confiaba en poder hacer y sentir algún día...

...y las leía una y otra vez, aunque no supiera quienes eran los personajes, aunque no supìera porque actuaban así, las razones que les habían llevado a ese punto, las consecuencias que habrían de derivarse de aquel instante, y no me importaba, puesto que yo al apartar la vista, reconstruía la historia, completaba los vacíos, rellenaba los huecos, me imaginaba siendo ellos, viviendo su vida, haciendo su mundo el mío...

...soñaba, soñaba, soñaba, como nunca he vuelto a soñar, como ya no soy capaz de soñar...

...

...y a pesar de ello, a pesar de lo que sentía, de lo que sentí, había olvidado a Cerebus completamente, había olvidado el fascículo donde lo había leído...

...tanto que, cuando e intentado encontrar aquella publicación, no he sido capaz de hacerlo, a pesar de revolver montañas de papeles y papeles, que sólo sirven para coger polvo, a pesar de buscar en todos los escondrijos donde guardo aquello que pienso que debo conservar, pero que sólo son mazmorras para el olvido, fosas donde se amontonan cadáveres...

...y he tenido que admitir que, en algún momento, he debido tirarlo voluntariamente, he debido tenerlo entre mis manos y decidir que eso ya no servía para nada, que los recuerdos asociados a ese objeto ya no eran preciosos, ya no eran útiles...

...o quizás decidí archivarlo junto con otras cosas, que entonces considerara importantes, pero no lo bastante para tenerlas a la vista, pero lo suficiente para no hacerlo un gurruño y tirarlo a la basura. Supongo que debí tomar una caja de cartón y guardarlo en ella con cuidado, para que no se estropease, tras lo cual, la cerraría con cinta y la almacenaría ésta en algún sitio seguro, un lugar que que ya no recuerdo, un lugar que no es la vivienda en la que ahora habito, un sitio que puede no existir...

...pero no recuerdo nada de esto, no recuerdo lo que hice con aquel fascículo, cuando lo hice o porque lo hice...

...y sin embargo, sí recuerdo aquellas seis páginas, las viñetas y los diálogos, que poco a poco han ido acudiendo a mi memoria...

¿Por cuanto tiempo? y lo que es más importante ¿Es este recuerdo cierto?

martes, 4 de abril de 2006

Una única humanidad

Una mujer duerme, agotada hasta la extenuación, sentada en el suelo, apenas mullido con paja, la espalada apoyada en la pared de madera, sosteniendo en sus brazos al niño que acaba de dar a luz, la mejilla suya contra la mejilla del bebe.

Un hombre, su marido, lee a justo a su lado, casi pegado a ella, lo bastante cerca como para sentir su calor, su cuerpo, su presencia, lo bastante lejos para no turbar su sueño... el sueño que poco a poco comienza a invadirle también a él, le aparta de la lectura, le confunde el tiempo.

Vela su sueño. Vela el suelo de ambos.

Pronto llegará el día. Pronto tendrán que reanudar el viaje, el largo viaje que les devuelva al norte, a su ciudad, a sus parientes, a su casa. A aquellos que les conocen, aquellos que les aman, a aquellos que se preocupan por ellos.

Pero todo esto queda muy lejos. Tanto que podría no existir. Que podría ocurrir que cuando volviesen no quedase nada de lo que recuerdan, que todo se demonstrase un sueño o una ilusión.

Pero por ahora hay que recuperar las fuerzas, porque el camino de mañana sérá largo y duro. Hay que descansar tanto como se pueda, aunque el suelo sea duro, aunque la paja no les proteja del frío, aunque el único albergue que hayan encontrado sea ese establo, aunque tengan que dormir entre las bestias.

Una luz nos ilumina la escena, extrae de las sombras, a la mujer, a su hijo, al hombre, las paredes de madera, el suelo que no es otro que la tierra misma, la paja esparcida, las siluetas de los animales.

Pero esa luz no la han traído ellos. Ni siquiera es la de de un farol que les hayan traído para que le haga compañía.

Es la la lámpara de unos desconocidos.

Unos extraños que han entrado sin ser notados por la pareja, dormida una, amodorrado el otro. Unos erxtraños que se han detenido, guardando un silencio, a unos pasos de distancia y que miran con respeto, con sorpresa, con casi adoración, descubriéndose alguno, a la familía que está ante ellos.

Unos extraños entre los que estamos nosotros.

...

Esta representación de la noche de la natividad, de San José, La Virgen, el niño y los pastores que vienen a adorarles, es uno de los grabados de Rembrandt que se pueden ver en la Biblioteca Nacional de Madrid esta primavera.

Pero entre todas las que se han pintado o dibujado, ésta es la única que, en mi opinión, representa lo que un creyente llamaría el milagro.

Porque no hay ángeles, ni seres sobrenaturales, ni siquiera hay pistas, indicios, excepto para el que esté al corriente de la historia, de que ese niño es quien los cristianos llaman el Salvador, el hijo de Dios, el Ungido, el Mesías el Cristo.

Sólo hay la imagen de una familia, igual a la que todos hemos conocido, igual a la que todos hemos pertenecido. Todos hemos sido como el niño que la mujer estrecha en sus brazos, algunos habrá que puedan repetir ese mismo pequeño, ínfimo y tan despreciado milagro consistente en traer una vida al mundo.

Pocos (o muchos quízás si apartamos la mirada de esta nuestra rica Europa) se verán obligados en esas circunstancias, fuera de sus casas, expuestos a los azares del viaje, en medio de la miseria, rodeados de desconocidos, sin saber si en el instante siguiente se tornaran enemigos o incluso verdugos.

Y casi ninguno, mucho menos en este mundo cínico, cruel y despiadado al que hemos sido arrojado, tendrá la suerte que cuando un grupo de desconocidos irrumpa en el refugio, el estrecho y miserable abrigo que les ha correspondido, en vez de entregarse a un acto de violencia, ese acto de violencia que exigimos y reclamos en las obras de ficción, se quede sorprendido por la visión que tienen ante ellos.

Porque ese es el verdadero milagro.

Y tenido que esperar a que Rembrandt me lo contase.

jueves, 16 de marzo de 2006

Mirando al pasado... (y 5)


Cuando era muy pequeño, la ciudad acababa en mi calle. Más allá empezaban los campos, la naturaleza, la libertad.

En este tiempo mis padres me llevaron a un excursión. No muy lejos. Ahora que todo está urbanizado y una autopista cruza los campos que veía de niño y más allá se alza hilera de casa tras casa, bastarían apenas veinte minutos andando, cinco en coche para llegar a ese punto.

Pero entonces había que coger un autobús y llegar hasta otro de los puntos donde la ciudad terminaba y empezaban las carreteras, y de allí andar y andar por la calzada medio vacía, sin farolas, rodeada por los campos de labor, hasta llegar a un puentecillo que vadeaba un arroyo.

Un arroyo que si se seguía llevaba directo hasta mi barrio, hasta la calle donde yo vivía, un arroyo que ahora está cubierto por el asfalto de la autopista.

Era primavera, casi verano y hacía poco que las lluvias habían cesado. El caúce aún tenía agua, y para regar los campos aquí y allá, en su curso se hábían construido diques, pequeños embalses que en aquel entonces estaban llenos de agua, lugares donde la gente se bañaba.

Nos llevo mucho tiempo recorrerlo por entero y cuando al fin llegamos a nuestro barrio, cuando y aquí y allá empezaron a parecer pilotes de cemento armado, montones de escombros, era ya casi de noche.

Nunca volvimos a hacer esa excursión, no sé porqué. Nunca lo pregunté.

Pero la herida del arroyo, el barranco que partía en dos mi barrio, permaneció abierta durante mucho tiempo.

A ambos lados crecieron casas y casas. De vez en cuando, amontonaban tierra y tierra en una de las laderas hasta conseguir el espacio suficiente para construir otras, las calles, que al principio no se atrevían a cruzarlo, poco a poco fueron uniendo ambos márgenes, creciendo justo al borde, ahí donde una fuerte pendiente llevaba hasta el fondo, hasta que al final una autopista lo colmó por completo.

Pero durante muchos años permaneció abierta. Durante toda mi niñez.

Y cada primavera, en el fondo, indiferenta a la ciudad, al asfalto y al cemento, crecían las altas hierbas y se cubrían de flores los arbustos... y yo que tenía que cruzar por allí para ir al colegio, abandonaba las calles ya trazadas y descendía hasta el cauce, hasta los lugares por donde aún fluía el agua, hasta los restos de los embalses, que aún se llenaban con las lluvias.

Y cuando tuve que ir a la universidad, tampoco cambió mucho la cosa, pues el autobús me dejaba lejos, y tenía que cruzar un pinar, un bosque solitario en medio de dos facultades, hasta llegar a mi escuela.

Y nuevamente, todas las primaveras, veía crecer las altas hierbas, ondular al viento, pasar del verde al amarillo, agostarse y desaparecer.

...

Y aún ahora, de vez en cuando, me ocurre tener un sueño.

Un sueño en el que echo a caminar al norte, en el que poco a poco dejo atrás la ciudad, las calles y las calles, alcanzo los campos de simiente, me pierdo entre los bosques, sigo arroyos y riachuelos, caminos polvorientos que no llevan a ninguna parte.

Un sueño que, como todos los sueños, no alcanza ninguna conclusión. Despierto a mitad de camino, sin saber a donde quería ir, sólo que quería irme de donde vivía, que a medida que me adentraba en la nada iba encontrándome cada vez más en mi hogar.

Un recorrido del que podría dibujar un mapa, cubierto con todo tipo de detalles, con referencias, tiempos y distancias, tan precisas que podría creerse que existe de verdad, que existió alguna vez de verdad.

Un recorrido que no puedo ya recrear ahora, aunque quisiera, darle una realidad con mis piernas, puesto que los límites de la ciudad se han extendido muchos kilómetros al norte, más allá de lo que mis fuerzas me permitirían alcanzar...

...y aunque pudiera, el camino hacia los campos, hacia los restos de naturaleza aún no demasiado destruidos por los hombres, me lo vedan ferrocariles y autopistas, sin pasos a su través, concebidos, podría pensarse, para mantenernos encerrados en el arrecife de metal y cemento que nos hemos construido.

...el arrecife fuera del cual no podemos imaginar un hogar. El arrecife, cuya ausencia nos mataría, si una mano extraña y poderosa nos arrancara de él.

miércoles, 15 de marzo de 2006

Mirando al pasado... (y 4)


En aquellos tiempos, a principios de los ochenta, yo aún creía en Dios.

Mi educación había sido algo extraña, típica de los tiempos revueltos de la España de los 70. Mis padres eran de izquierdas, la izquierda dura de aquella época, imbuida de Marxismo, hundiendo sus raíces en la tradición socialista, anarquista y comunista, en el largo santoral revolucionario, la fe que habría de traer el paraíso a la tierra.

Pero mis padres me mandaron a un colegio religioso. "Porque era el único lugar donde podían darte una buena educación" que decía mi padre. Una educación en el sentido de antaño, en el sentido del saber, del conocimiento del pasado, del habito de la ciencia, del goce del arte, de la contrucción del caracter y de la persona.

Pero los niños son extraños, son capaces asimilar todo, acumular todo, creen en todo... aunque se trate de contrarios y su conjunción lleve a paradojas.

En aquel tiempo, Dios y su existencia me parecían evidentes... no en el sentido que pudieran expresar o contarme los curas de mi colegio, sino en el sentido que había alguien más allá, alguien que me esperaba, alguien que me oía y me escuchaba, alguien que habría de revelárseme un día, tras lo cual ya nunca más habría de tener miedo...

....alguien acogedor, como el cálido regazo de mi madre...

...alquien de quien no podía dudarse de su existencia, porque no podía ser de otra manera, porque tenía que ser, si este mundo había de tener algún sentido.

En aquel tiempo, yo íba andando al colegio, vivíamos relativamente cerca, pero quince, veinte minutos de paseo no me los quitaba nadie. A mitad de camino, había un descampado, la vaguada, por donde, antes de la urbanización de mi barrio, discurría un arroyo.

Allí, las casas estaban lo bastante separadas como se pudiese contemplar el cielo a placer... y eso es lo que yo hacía todas las mañanas, todas las tardes, de camino y de vuelta del colegio.

Allí aprendí a conocer, a amar, las distintas luces del día, sus cambios con la hora y las estaciones, sus diferencias apenas perceptibles, el ambiente de viejo y antiguo de ciertos momentos, la frescura y novedad de algunos, la ambigüedad de otros... las miles de formas en que un mismo paísaje, calles, árboles, casas, tierra, podían transformarse.

Allí aprendí también a mirar a las nubes, sus formas, sus combinaciones, sus variaciones... las nubes aisladas, perdidas en la inmensidad del cielo, inmóviles, perennes, las formas delicadas en lo alto cubriéndolo casi por entero con infinitos nervios y radiaciones, indiferentes a la tierra que protegían, los cielos encapotados, negros y bajos, donde aquí y allá se abría un claro, para cerrarse al instante, las torres poderosas de las nubes tormentas, tocadas por la noche en su base, pero reluciendo enfurecidas en su cumbre, los flecos en que el viento desgarraba las nubes de lluvía, dejando ver la blancura de las capas superiores...

...los lugares a los que me gustaría ascender, volar, perderme...

...y me imaginaba que Dios no era otra cosa que un pintor, que, acabado el trabajo diario, limpiaba sus pinceles en el cielo, y pensaba que si había de revelarse, ló haría allí ante mis ojos...

...y un día casi me parecío que lo hacía...

...porque una primavera, la primavera de un año de sequía, en medio de una nube negra que cubría todo el cielo, se había abierto un claro completamente circular, justo encima de mi cabeza...

...y por alguna razón el interior de aquella nube refulgía blanquísimo, puro, prístino, intocado, al igual que lo hacía el azul profundo del cielo que se veía al final...

...y durante algunos breves instantes, no pensé en nada, ni sentí nada, que no fuera aquella visión que se me ofrecía...

...

Ya no creo en dios. Hace mucho tiempo que perdí la fe, tanto que no puedo recordar la fecha.

Pero aún sigo alzando la cabeza y mirando a las nubes.

Aún me estremezco al ver el azul/blanco/gris en las frescas tardes de primavera.

martes, 14 de marzo de 2006

Mirando al pasado... (y 3)





Recuerdo otros veranos.

En los montes. Bajo los árboles. Tan altos que sus copas se perdían en el entretejido de las ramas y la luz del sol no llegaba hasta abajo. Sólamente muy al final de la tarde, justo antes de ocultarse tras la montaña cercana, sus rayos, rozando la tierra, se adentraban entre los troncos, coloreándolos, tiñéndolos de dorados.

Acampábamos sobre una repisa de una ladera, la carretera que llevaba allí desde la llanura, primero de asfalto, luego de simple grava y tierra apisonada, se perdía entre las faldas de las montàñas, ascendía y ascendía, bajaba brevemente, para cruzar uno de los arroyos de la montaña, y volvía ascender, ahora hasta la repisa y el bosque, y justo a continuación se dividía en dos ramas, que continuaban ascendiendo en rampas cada vez más empinadas, hasta, aparentemente la cima de la montaña.

La carretera, los puntos en que torcía y se asomaba a los valles, eran los únicos sitios donde nuestra vista podía extenderse, dejar de chocar con los arboles y los troncos donde habíamos acampado. No íbamos muy lejos, nunca llegamos a alcanzar el fin de la ruta o al menos el punto en que coronaban las montañas y descendían al otro lado de la cordillera. No tendríamos fuerzas para recorrer el camino hasta allí, ni mucho menos para volver.

Siempre nos quedábamos en la primera o en la segunda curva. La pendiente era allí muy empinada, descendía rápida hasta un arroyo y parecía rebotar allí, alzándose de nuevo hasta superar nuestro nivel, hasta elevarse de nuevo muy por encima de nuestras cabezas.

Sólo en esta curva no había árboles, por alguna razón, algo les había impedido crecer, las rocas, las piedras la tierra, permanecían desnudas hasta muy abajo, donde veíamos las copas de los primeros árboles, que nos parecían pequeños pero que sabíamos tan altos, aún más altos para un niño, que aquellos donde estaban nuestros tiendas.

La otra ladera era una inmensa pared verde, árbol tras árbol crecía sobre ella, mezclando sus copas, proyectando tronos y ramas, llegando hasta la cubre, disfrazándola y difuminándola.

Excepto un claro, muy muy alto, casi en la cima, donde brillaba el color verde de un prado.

Un lugar al que me prometía, una y otra vez, subir y conocerlo. Seguir la carretera más allá de nuestra expediciones más largas, abandonarla para cruzar a la otra montaña, atraversar los bosques para alcanzar aquel claro.

Pero nunca lo hice. Nunca volví allí. Nunca volveré. Aunque recuerdo el nombre del pueblo. Aunque podría explorar la zona hasta encontrar la carretera, el bosque, la montaña.

Porque tengo miedo a que todo haya cambiado. A que el recuerdo se demuestre infiel o inexacto. A que los hombres hayan cambiado para siempre ese lugar, como tantos otros de mi niñez.

Como una noche, al cruzar el camino que cortaba en dos el bosque haber visto la Vía Láctea en lo alto del cielo, no como algo borroso que debe adivinarse, sino como una nube blanca, brillante.

Y pienso ahora que debió haber sido un sueño, porque nunca jamás la he vuelto a ver así.

lunes, 13 de marzo de 2006

Mirando al pasado... (y 2)


Hay lugares que nunca volveremos a visitar.

Lugares encontrados en la niñez, de los cuales no sabemos encontrar el camino, puesto que fuimos llevados hasta allí por nuestros mayores, y la secuencia de carreteras, cruces y caminos no tenía entonces ninguna importancia para nosotros.

Aunque los encontrásemos, aunque lográsemos averiguar la ruta que hasta ellos conduce, nada podría evitar el paso del tiempo. En los largos años que nos separan, otros hombres que no somos nosotros, habrán vivido allí sus vidas y los habrán adaptado y convertido a sus necesidades.

Construido casas, abierto rutas, talado los bosques, arado los campos.

Yo conozco uno de esos paraísos perdidos. Pasé allí quince días siendo niño.

Un lugar en medio de la meseta castellana. Ese semidesierto donde no hay puntos de referencia que permitan orientarse, donde la tierra es llana como una bandeja, el cielo azul surge de ella, y el sol, el frío, la lluvía, el viento, la soledad, aplasta y destruyen las gentes.

Un lugar donde el verano se pasa encerrado en los bajos de las casas, pues fuera no es posible vivir por el calor.

Un lugar donde pasé quince día de verano. Un lugar donde, repentinamente, en medio de la llanura infinita, se alzaban altos árboles donde no debían estar, tapiando el horizonte a ambos lados, como un muro que cortaba el camino.

Un bosque donde era imposible internarse, puesto que, a las pocas hileras, cuando la umbra te había rodeado, cuando el frescor te hacía olvidar el calor de verano, el sol volvía a surgir de nuevo y su luz te cegaba.

Allí, escondido tras los árboles, fluía un río. Un río ancho, en el cual, esparcidos, emergían pequeños islotes, colmados de árboles, que partían su corriente, que la hacían correre con furia en algunos puntos o remansarse en otros.

Corriente arriba había un embalse, que desagüaba de tanto en tanto. Crecidas que inundaban el valle un breve periodo y que daban vida a aquellas islas, a aquella vegetacíon, a aquel oasis en medio del desierto.

Aquel verano, el río fue nuestro amigo. Cada día era distinto, su nivel, siguiendo las imprevisibles reglas del embalse, subía y bajaba, no demasiado para un adulto, pero sí para nosotros aún niño, lo suficiente para vedarnos ciertos tramos, donde no hacíamos pie, o para permitirnos cruzarle, llegar a islas que parecía lejanas.

Pero el río era nuestro amigo, no le teníamos miedo. No había razón por la que tenerle miedo.

Entrábamos en él siempre por el mismo lugar, allí el agua bajaba rápidamente, hasta que teníamos que marchar de puntillas, el agua hasta los labios, dejándonos arrastrar por su corriente, como hojas en su cauce, pero era sólo un instante, porque en medio de las aguas, había un banco de arena y enseguida hacíamos pie, ascendíamos hasta que el agua nos llegaba por los tobillos.

Y pódía uno tumbarse sobre él, sobresaliendo solo la cabeza, las aguas fluyendo a lo largo del cuerpo, el cielo amarillo llenando la visión, los árboles a ambos lados.

Y podía continuarse, atravesar hasta la orilla, de nuevo de puntillas, apenas sintiendo el fondo en los pulgares, porque al otro lado, el río se dividía en multitud de riachuelos, apenas de un metro o dos, permitiendo que los árboles juntaban sus ramas entre sí, y el agua discurriese en la penumbra, mansa y tranquila, hasta unirse de nuevo al curso principal.

Y podía también marchase corriente arriba, primero cerca de la orilla, caminando sobre las raíces, agarrándose a las ramas, hasta llegar a un lugar donde ninguno podíamos hacer pie, ni siguiera los mayores, y donde los más valientes se atrevían a bucear hasta tocar el fondo, en un agua negra y obscura, donde nada se veía.

Y una vez cansados, dejarse arrastrar por las aguas, permaneciendo en medio de la corriente, viendo pasar los árboles, los arbustos, las orillas, el cielo amarillo, sin hacer ningún esfuerzo, fíados del propio río, hasta llegar de nuevo al banco de arena, nuestro refugio, y cruzar hasta el punto por donde habíamos entrado.

martes, 7 de marzo de 2006

Mirando al pasado... (y 1)


Hace unos días, por pura casualidad, me encontre caminando hacia el este, un atardecer de invierno, a lo largo de una de estas interminables avenidas de las grandes ciudades.

No era, es, una avenida cualquiera, aquélla que podemos imaginar rodeada de altas edificios, poblada con árboles, cerrada al cielo y su espectáculo diario.

Esta avenida antaño, y ese antaño es un tiempo que pertenece a mi niñez, era una carretera, la carretera de la playa. La ruta que llevaba de Madrid hacia el Manzanares, hacia los remansos del río, antes de adentrarse en la ciudad, donde la gente iba a bañarse en el verano, y donde habrían de construirse, pasado el tiempo, varias instalaciones deportivas.

Por esta razón, esa calle conserva aún mucho de la antigua carretera que fue, las casas que la rodean son bajas, pegadas a la vía, algunas incluso con tiendas pensadas para los escasos viajeros que la transitaban. Nada impide mirar el cielo, por tanto, ni árboles, ni construcciones. Incluso, llegado cierto punto la perspectiva se abre casi infinita, puesto que la carretera debe descender de los 700 a los que se encuentra a los 400 del cauce del Manzanares y tuerce y retuerce, descendiendo por la pendiente, mientras que la vista no encuentra algo en que fijarse, hasta muchos kilómetros más allá, en las colinas al otro lado del caúce, las colinas que comienzan a ascender hacia la sierra.

Los madrileños, sin embargo, no conocen el cielo. Hace mucho que lo han olvidado. Encerrados en sus casas, prisioneros en sus coches, atentos sólo a sus actividades no miran más allá de lo que hay a unos metros de distancia.

Por eso, aquel día, aunque estaba a la vista de todos, me parecía que era yo el único que lo estaba viendo.

Rojo como un Khaki, el Persimon ilustrado en la viñeta, el sol se ponía justo en la línea de la carretera. El cauce del Manzanares estaba cubierto de niebla que ascendía hasta mezclarse con la polución, enturbiando el aire, lo cual permitía que se pudiese mirar directamente a su disco, mientras que la falta de puntos de refencia, el disco rojo en el cielo gris monótono, cercano al horizonte, hacia creer que aquella bola estaba rozando, volando sobre los techos de las casas, sobre el asfalto que hacía el conducía, y por el cual, tras un número corto de pasos, sería posible alcanzarlo y tocarlo.

...

Y ahora es cuando uno debe detenerse en la descripción.

Por razones obvias que se dejan como ejercicio al lector.

lunes, 6 de marzo de 2006

Paradise on Earth (y 1)


De repente, pareció que todo era posible.

Atrás quedaban miserias, calamidades, opresión, humillación, explotación.

El futuro lo decidiría el hombre, por sí solo, sin depender de nadie, en absoluta libertad.

El futuro sería completamente nuevo, desconocido, imprevisible, excepto en que no se parecería en nada al pasado ni al presente.

El futuro pertenecería a los cuadrados negros.

...

Pero ¿quién entiende los símbolos? Los cuadrados negros no significan nada por sí solos. Un cuadrado negro no es un árbol, ni un río, tampoco el mar. Un cuadrado negro no es un tractor, ni un tanque, mucho menos un avión.

Los cuadrados negros sólo tienen el significado que nosotros queramos darles. Un significado que anteceda a la presentación del dibujo, una explicación que lo convierta en símbolo que nos represente, que nos identifique ante al mundo.

Pero los cuadrados negros son inocentes.

Cualquiera puede tomar un cuadrado negro y proclamar que le representa, cualquiera, hasta el peor de nuestros enemigos puede reclamarlo como suyo e imponer sobre él la intencionalidad que le apetezca.

Haciendo que nosotros, de repente, digamos lo contrario de lo que queremos decir.

Por eso los cuadrados negros son perversos.

Porque la mente que los mira no puede reducirlos a los conceptos y categorias en que ha sido educado. Porque el pensador, el filósofo, el político, no pueden forzarlos y embutirlos en las cajitas en que han dividido el mundo.

Porque es imposible, al mirarlo, decir si un cuadrado negro es bueno o malo, si lleva a la consecución de nuestros objetivos políticos o la aniquilación de los mismos.

Por eso los cuadrados negros deben ser prohibidos.

Porque no alientan a la gente, porque no cantan slóganes y ni enuncian consignas. Porque un cuadrado negro no llamará a los obreros a conseguir que el plan quinquenal se cumpla en cuatro años, ni les obligará a trabajar hasta caer extenuados, ni pondra los objetivos del partido por delante de sus vidas, aplastándolas si no obedecen.

Por eso los cuadrados negros deben ser destruidos, por ese motivo sus creadores deben ser eliminados.

Porque los cuadrados negros son libres. Porque nadie podrá callar nunca a los cuadrados negros.

No callarán aunque que sus creadores hayan abjurado de ellos. Ni siquiera cuando estos hayan sido represialados, conocido prisión, extraviado en los laberintos del GULAG, arrojados contra los paredones de la Lubianka.

Porque los cuadrados negros acabarían por vencer y aniquilar a sus perseguidores.

...

Sólo había un método de vencerles. Una manera de callarles.

Las paredes del museo.

viernes, 3 de marzo de 2006

Monteverdi (y 2)

O bel nodo per cui godo!
O soave uscir di vita!
O gradita mia ferita!

¡O nudos en los que gozo!
¡O suave boca de la vida!
¡O bienvenida herida mía!

Chiome de Oro, Settimo Libro di Madrigali, Claudio Monteverdi, 1619


Beatus, Beatus vir!

¡Féliz, Feliz el hombre!

Beatus vir Primo, Selva Morale e spirituale, 1640



En Occidente, pero sólo en Occidente, hemos crecido aconstumbrados a que la religión no tenía papel en nuestras vidas, que ambas, vida y creencias, pertenecían a ámbitos completamente distintos, que no podía existir comunicación alguna entre ellas.

Por ello, ahora nos resulta imposible comprender aquellas culturas donde la religión se refleja en nuestras cada aspecto de su existencia. No sólo estas sino incluso nuestro propio pasado, lo que fuera parte indisoluble de nuestra tradición hasta ayer mismo.

Porque para el creyente, el auténtico creyente, no la componenda a la que hemos llegado en nuestra sociedad, la acción de dios se traduce en cada instante de la vida, en cada objeto del mundo. Todo, absolutamente todo, tiene su origén en él. Todo, absolutamente todo, depende de su voluntad y su benevolencia.

De este modo, el creyente, el auténtico creyente, tiene que invocar su protección y su ayuda, en cualquier actividad que emprenda, sea la más trivial, la más peregrina, o incluso la que pueda parecernos, a nosotros, los descreídos, sacrílega o insultante. Ya sea para comenzar un viaje o simplemente antes de salir a la calle, ya sea para obtener el éxito en los negocios o el triunfo en el combate, ya sea para concebir un hijo, antes de ponerse manos a la obra o simplemente para conseguir a la amada, todo será pedido, ofrecido, negociado con el creador.

Sin que, como digo, suponga blasfemia o sacrilegio. Simplemente porque no hay separación entre dios y el hombre, porque dios vive entre los mortales, contempla su conflictos y escucha sus peticiones, no es el dios lejano e inalcanzable, ausente del mundo, en el que la ciencia lo ha convertido.

Por esa razón, lo que es aplicable en el ámito profano es perfectamente aplicable al sagrado, puesto que no hay separación entre ellos, son uno mismo, uno solo.

Así, por ejemplo, no hay mayor sorpresa que encontrar las mismas melodias en la obra religiosa y profana de Monteverdi. Descubrir que los madrigales donde se describe el amor terreno con todo lujo de detalles y el sentimiento correcto, se han transformado en alabanzas a la virgen y a los santos, sin que haya hecho falta otra cosa que modificar los textos, no la música.

O ver como las danzas cortesanas, aquellas destinadas al ocio de nobles y poderosos, aquellas que eran la preparación de los juegos amorosos en que luego se perderían, se transforman en poderosos estructuras religiosas destinadas a la contemplación del paraíso futuro y el desprecio del mundo.

Porque para ellos, como he dicho, dios aún estaba vivo, mientras que para nosotros hace mucho que murió.

jueves, 2 de marzo de 2006

In the heart of darkness (y 2)

¿Qué es un artista para nosotros? ¿Qué representa en nuestra sociedad?

Creemos habernos librado de la idea del artista romántico, la personalidad visionaria que descubría territorios, conceptos, formas aún sin explorar, y que forzaba al espectador a aceptarlas, utilizando los métodos del escándalo y de la rebelíon.

Puede que creamos haber dejado atrás esa idea, al fin y al cabo nuestra era es una era de falsos descreídos y falsos escépticos. Un tiempo donde todo se mira con ironía y sarcasmo, donde la moda es aparentar desapego y distaciamente.

Así parece, pero, en el fondo, seguimos siendo artistas románticos. Para nuestra sociedad, el artista sigue teniendo una misión, una vocación que le lleva a crear y actuar, que le sitúa al margen de los demás y que le lleva al combate... aunque esta misión y esta vocación no sea el conquistar nuevos territorios estéticos o hacer propaganda de una ideología y una visión del mundo, sino que se haya reducido a escandalizar por escandalizar, a determinar un conjunto de creencias, sean progresistas y conservadores, y atacarlas sin piedad, entre los aplausos de sus admiradores.

Porque esta es la otra cara del arte actual. El artista ya no se dirige a toda la humanidad, ni siquiera aspira a ello. Su obra, excepto en el caso de los productos comerciales manufacturados en masa, se dirige a un grupo estrecho y reducida de conaisseurs y críticos. Si esta reducida élite no existiera, el artista no existiría. Mucho peor, nadie se daría cuenta de su desaparición. Porque ese escándalo con el que pretende sacudir el mundo, no turba a nadie. Muy al contrario, sólo sirve para cimentar y sustentar los prejuicios de aquellos que le aplauden y jalean.

Completamente distinto a lo que se mostraba en la exposición Orígenes del Conde Duque Madrileño.

Esas formas pueden parecernos abstractas, juzgadas desde los parámetros de nuestra propia cultura, productos refinados y elevados, producidos por artesanos y especialistas tan refinados y elevados como el público que va a ser su destinatario.

Pero no es así. El arte Africano, Americano y de Oceanía es un arte popular, producto de, en principio, cualquier miembro de la comunidad y destinado a todos ellos. Su significado, sus presupuestos, sus objetivos son completamente claros y meridianos. No excluyen a nadie, no evitan a nadie, no buscan escandalizar a nadie.

Muy al contrario, esos objetos tan bellos desde el punto estético, tan revolucionarios a nuestros ojos, a pesar de 200 años de vanguardia, servían para cimentar la sociedad que les había dado origen. Su finalidad última no era el gozo estético, ni la observación estética, ni ser encerrados en Museos para el disfrute de las generaciones venideras.

Su ámbito se reducía al aquí y ahora. Su importancia al festival, la celebración, el rito en que eran utilizados. Porque no eran importantes en sí mismos, sino como símbolos que guiaban a los seres humanos, a los hombres y a las mujeres, en su nacimiento, en su niñez, en el paso a la adolescencia, en los misterios del amor y la paternidad/maternidad, en la madurez y el envejecimiento, en la misma muerte.

Al contrario que el arte occidental de ahora, perdido en su laberinto y con el único objetivo aparente de perder a los demás.

Estéril y esterilizador.

martes, 28 de febrero de 2006

Monteverdi (y 1)

Altri canti di Marte.... io canto Amor

(Que otros canten a Marte... yo canto al amor)

Altri canti d'Amor... Di Marte io canto

(Que otros canten al Amor... A Marte yo canto)


Bastan estos dos versos para resumir el espíritu del Tardorenacimiento/Manierismo y el Primer Barroco, y porqué en tantos ámbitos, no sólo los artísticos, es tan parecido y cercano al siglo XX ya pasado.

Lo primero, porque, la cultura de aquel tiempo a caballo entre el XVI y el XVII se caracteriza por la paradoja, por la yuxtaposición de los contrarios, aparentemente insolubles el uno en el otro, como lo es el amor y la guerra.

Yuxtaposición que se convierte en amalgama y que logra que ambos conceptos, inicialmente opuestos, pasen a designar la misma experiencia.

De este modo el lenguaje de la guerra, las armas, la instrucción, la disciplina, la fortaleza, la fidelidad, el valor, los enemigos, la coraza con se proteje uno de ellos, el peligro que amenaza al soldados, los combates que le son cotidianos, los asedios en que se deciden las campañas, las victorias y derrotas que son su consecuencia, la muerte y el olvido que espera al vencido, la gloria y la recompensa que espera al vencedor, todos ellos son símbolo del amor.

Pero esta conquista, este batallar, no se traducen en posesión segura y eterna. Como el soldado, el amante no conoce si saldrá vivo de esa batalla, de ese amor, y al final, la gloria del amor, no es lo que viene despues, el reposo y el descanso, sino como en la guerra, el propio combate, la ambición que se enfrenta a cualquier peligro, que arrostra cualquier resistencia, por tomar la plaza y someterla... sin saber, como he dicho antes, si al final le espera triunfo o fracaso, vida o muerte.

No importa el resultado, en este mundo refinado y cortesano, la recompensa es tan grande, tan importante, tan definitiva, que la muerte pierde su poder, su irremediabilidad. Vivo está quien se atreve, muerto es quien no obra así. Aunque el fracaso sea seguro, aunque la derrota sea cierta, es más honorable vestir la armadura y lanzarse al combate, corto y furioso, que quedarse ináctivo, que esperar a esa misma muerte mientras la vejez disipa las fuerzas y el óxido corroe las armas.

La derrota siempre la tenemos segura, pero la casualidad puede llevar a la victoria, aunque sea breve y pasajera, y más dichosos serán aquellos, que incapaces ya de blandir la espada, puedan gritar al mundo, yo me atreví y luche, mientras que vosotros, todos vosotros, ni siquiera tuvisteis ese pensamiento.

La derrota es inevitable, sin embargo, se luche, se venza, se pierda, el fracaso siempre llega, tarde o temprano. Es entonces cuando aparece el lado amor, de la ecuación amor/guerra en este mundo Tardorenacentista. Una faceta que poco tiene que ver con el amor/pop de nuestra cultura, representado en los días de San Valentin y los regalos del corte inglés.

El amor en Monteverdi no es compañía, es soledad.

Una soledad que se sabe eterna, acompañada únicamente por el recuerdo de todo lo que se ha perdido y que nunca podrá ya recuperarse, y mucho menos, gozarse, sino es en los pálidos reflejos de la memoria.

La certeza de que la muerte está próxima. Peor. Que la muerte aún está muy lejana que tardará en llegar, y que en ese camino hasta el sepulcro, solo caminará a nuestro lado nuestra pena, que sólo nosotros escucharemos nuestros suspiros, que aunque los escuchase nuestro amado no supondrían nada para él, sólo servirían para enojarle aún más.

Palabras que desde nuestro falso romanticismo, actual, son solo letras vanas que nada representan, pero que la música de Monteverdi recorre y transmuta en todos los sentimientos imaginables e imaginados, atreviéndose a cambiarlos, con las misma fugacidad que lo hacen para aquel que ama, a mitad de un mismo verso, en medio de una misma palabra.

lunes, 27 de febrero de 2006

YKK is dead

Casi desconocido, el que fuera uno de los mejores mangas que se hayan publicado ha concluido este sábado, 25/02/2006.

Puede sonar exagerado, pero para describir lo que siento ahora, no puedo utilizar otras expresiones que no sean dolor o desgarro. Me había acostumbrado a esperar todos los meses un capítulo de esta serie, apenas quince páginas donde nunca pasaba nada, pero que me emocionaban profundamente.

Y ahora ha terminado, sin concluir, sin responder a ninguno de los enigmas que había planteado, sin ofrecer respuestas válidas, sin llevar a ningún sitio.

Como lo hace la vida.


Nota: para el lector curioso ykk.misago.org + www.cafealpha.org

jueves, 23 de febrero de 2006

In the heart of darkness (y I)



Hace unos meses, en las salas de exposiciones del Cuartel del Conde Duque, estaba abierta una magnífica exposición de arte Africano, Américano y de Oceanía, antes de la llegada y colonización Europea. Magnífica exposición, tanto por el número de piezas, como por su calidad, importancia y representación, especialmente si se tiene en cuenta que, debido a que nuestro imperio se desvaneció a principios del siglo XIX, nuestros museos apenas cuentan con piezas de aquellas mundos y aquellas épocas.

Y entre todos los objetos expuestos, estaba uno muy parecido a la imagen que abre estas divagaciónes.

Algo que, por su realismo y su naturalidad pudiera haber salido de un taller europeo. Algo que aún hoy, tras un siglo de abstracción, aún seguimos viendo, estimando y reconociendo como el auténtico y verdadero arte, aquel que nos ofrece objetos reconocibles, objetos a los que podemos atribuir un significado, objetos que podemos descifrar y, aparentemente, entender y aprehender.

Sin embargo, lo importante no estaba en la coincidencia o en imaginar influencias inexistentes. A lo largo de la larguísima historia del arte mundial, de vez en cuando, los caminos de las diferentes tradiciones se aproximado y alcanzado logros casi indistinguibles los unos de los otros.

No. Lo importante se revelaba simplemente con apartar la vista y contemplar los objetos Africanos, Americanos y de Oceanía que rodeaban a esta pieza.

Ninguno era realista. Ninguno se propionía una representación veraz de las apariencias de las naturales. En todos, la forma de origen, la del ser humano, había sido deformada y distorsionada, hasta, en algunos casos llegar a la pura abstracción.

La pura abstracción. Tan cercano al arte del siglo XX, pero al mismo tiempo tan lejano, puesto que ante todo, este arte es un arte utilitario, un arte creado para ser utilizado en ceremonias y rituales, un arte para ser mostrado y compartido, un arte que, en principio, puede ser creado por cualquier miembro de la comunidad y disfrutado por cualquier miembro de la comunidad, no un producto de las elites para las elites.

Pero tampoco es eso lo importante. Decir esto no es más que resaltar lo obvio, proclamar el tópico.

Lo importante es otra cosa muy distinta. El hecho de que, entre todas esas respuestas culturales, creadas por personas muy distintas, en puntos opuestos del globo, en tradiciones completamente opuestas, en edades tan lejanas que nunca pudieron comunicarse, sólo una de ellas eligió el realismo.

Que el realismo, la representación racional y detallada de lo que nos rodea, no es más que una excepción en la historia humana.

Que nosotros, por tanto, no somos más que una excepción.

Prescindibles. Olvidables.

miércoles, 22 de febrero de 2006

La mula Barak

Acenso del profeta a los cielos
Folio f.195 del Nizam Khamza conservado en la British Library, pintado en Tabriz, Irán, entre 1539-1543

Representaciones.

Arte.

Tabús.

Prohibiciones.

Retos.

Blasfemias.

Ultrajes.

Represalías.

Resistencias.

Rebeliones.

Destrucción.

Odio.

Libertad.

Fanatismo.

Racismo.

Terrorismo.

Imperialismo.



Todo estaba hecho ya, no obstante, de la forma más bella posible, por los mismos creyentes, sin que nadie se ofendiese o escandalizase.

Y sin embargo nadie se ha molestado en recordarlo.


martes, 21 de febrero de 2006

Le bonheur (y 2)

Sal a buscar la felicidad y no vuelvas sin ella.

En los años 30, en la extinta URSS, Alexander Medvekine filmó La felicidad. Como todas las películas de aquel entonces, como La línea general o El prado de Bezhin de Eisenstein o La Tierra de Dovjenko, se trataba de demostrar al público interno y externo el triunfo de la experiencia colectivizadora del agro soviético... aunque éste en realidad fuera un inmenso fracaso, peor que un fracaso, un experimento estúpido que terminó en la muerte de millones de personas, bien por hambre o por asesinato.

Sería interesante analizar hasta que punto los directores de estas obras eran conscientes del desajuste entre lo que rodaban y lo que estaba pasando. Basta decir que, aún siendo Bolcheviques convencidos y buscando la victoria de esos ideales, su obra se hizo sospechosa ante las altas esferas, teniendo que ser cortada, remontada, en algunos casos prohibida y sus autores puestos en sospecha ideológica.

Así ocurrió en parte con La felicidad. Porque esa descripción de la colectivización, no se hizo con las armas del realismo, sino con las del humor, el absurdo y los cuentos tradicionales.

Y no hay nada que odien más los censores que la ambigüedad en las imágenes, por mucho que se proteste inocencia e ingenuidad.

Porque saben que lo ambiguo tanto se puede interpetar de una manera como de la contraria.

¿Qué puedo hacer? No puedo volver al pasado ni acostumbrarme al presente.

Sólo esta frase bastaba para condenar a la película, puesto que el héroe, el hombre que había sido oprimido y explotado por el zarismo, no encontraba su lugar en el mundo nuevo que se estaba creando para él.

Mucho peor. Puesto que no encontraba ni las fuerzas, ni la razón para unirse y participar en ese mundo. Tanto había sufrido cuando estaban los otros, tanto había sido humillado, tanto había obedecido, que ahora, cuando supuestamente era libre, cuando era él y los suyos quienes aparentemente estaban al mando, no podía creerlo.

No podía convencerse de que así era, no podía forzarse a actuar en consecuencia. Sólo podía hacer lo que siempre había había hecho. Sentarse en un rincón, sólo, sin confiar ni contar con nadie. Resistiéndose con su pasividad, con el propio peso de su cuerpo inerte, que sabía demasiado bien, que tanto con unos como con los otros, seguiría sufriendo, seguiría siendo humillado, seguiría teniendo que obedecer aunque fuera a palos o oblidado por las bayonetas desnudas.

Eso, obviamente, no podía ser. Eso, obviamente, no podía ser tolerado por las autoridades.

La presencia del descreído, lo saben muy bien todos los teólogos, anula la existencia de Dios. Sólo hay una salida para el creyente, al que el miedo le hace ser fanático. Eliminar a aquél que no cree. Exterminar a aquel que se resiste. Mostrar su castigo como ejemplo y escarmiento a todos los que puedan pensar, alguna vez, en no colaborar.

Así de este modo, se empezo castigando a los que habían oprimido y humillado. Y cuando se hubo acabado con ellos, con todos los desilusionados y desengañados, que sólo querían que les dejasen en paz. Y cuando no quedaron ya de estos, con los que no mostraban entusiasmo y adoración ante los logros y victorías proclamados desde las alturas, y cuando estos también fueron eliminados, se cargó con todos aquellos que no mostraban el entusiasmo suficiente, tal y como lo prescribían las autoridades.

Hasta que todo el mundo se aconstumbro a mentir y a fingir. Hasta que el edifició. aquél que debería contener el paraíso, se convirtió en una cáscara hueca y huera, que se habría de derrumbarse sin hacer ningún ruido.


¿Qué es la felicidad?

Así comienza la película. Ésa es la pregunta que se nos hace.

Y casi inmediatamente se nos da la respuesta.

La felicidad es que los pasteles te entren en la boca y no tengas ni que masticarlos.

La felicidad es encontrarse el dinero tirado en el camino y que no haya que partirse el lomo por conseguirlo.

La felicidad es tener el estómago lleno y vestir buenos trajes, mientras miras como los que no tienen nada, se pelean por lo que tú tiras.

lunes, 20 de febrero de 2006

Ohne Eigenschaften (y 3)

Ein Mann ohne Eigenschaften sagt nicht Nein! zum Leben, er sagt Noch nicht! un spart sich auf.

Un hombre sin atributos no dice No! a la vida, dice Aún no! y ahorra sus fuerzas.



¿Cuánto tiempo se puede esperar?

Nos creemos eternos. Peor. Nos creemos inmutables.

Pensamos que el tiempo no pasa sobre nosotros. Que podemos detenernos y mantenernos al margen. Conservar nuestras fuerzas, el modo en el que somos en ese instante, para cuando llegue el instante de la llamada.

Para entonces levantarnos,acudir, trabajar, concebir, producir, triunfar, como si los días, las semanas, los meses, los años no hubieran transcurrido.

Como si no envejeciésemos.

Pero no es así. Todo esta sujeto a cambio. Todo debe cambiar, se desee o no, se quiera o no, se evite o no, se proteja o no.

De nada sirven las mayores precauciones. De nada sirven las guardias más celosas. De nada sirven los obtáculos infrnaqueables. El paño, guardado en el arcón, bajo siete llaves, acabará apolillándose, convirtiéndose en polvo entre las paredes que lo custodían, deshaciéndose al levantarlo para sacarlo, mucho tiempo después.

Cada cosa tiene su tiempo. Cada época tiene su afán. Quienes no aprovechan en el instante, quienes no hacen lo que deben hacer en el momento preciso, se engañan a sí mismos.

Llegará el día soñado, llegará la hora que marcará el fin de la espera, y el objeto anhelado se presentará antes ellos, deseoso del contacto, sin obstáculos que impidan aproximarse, sin enemigos que puedan arrebatarlo, sin cástigos que hagan temerlo.

Llegará el día soñado, la hora querida y encontrarán que no tienen fuerzas para gozar, que el coraje y el vigor de la juventud se han perdido. Descubirán, con dolor desgarrador, que sus mentes, sus corazones, ya no son capaces de sentir con la misma intensidad, que su atención es incapaz de fijarse en lo que tienen delante, por mucho que lo quieran, que su inteligencia se ha embotado, que su agilidad se ha perdido, que su luz se ha apagado.

Eso los afortunados.

Porque los desgraciados, cuando vean el objeto amado ante sí, se encogerán de hombros y se darán media vuelta, vacíos, incapaces de sentir y de emocionarse.

Porque la espera sólo habrá servido para darse cuenta de que ya no quieren aquello.

Porque si aún fueran jóvenes, tendrían el valor y el coraje de mentirse, de aceptarlo y vivirlo, porque las mentiras que se viven con pasión y entusiasmo, acaban por transformarse en verdades.

Pero ya no lo son y cuando mirar a su juventud, esa juventud cuyos recuerdos se desvanecen rápidamente, no son capaces de determinar si, el día en que dijeron ¡Sí, lo quiero!, eran sinceros.

Ya no podrán saberlo. Las pruebas había que haberlas aportado aquel día lejano, atrapando al vuelo la ocasión, devorándola, consumiéndola, como si la vida fuera a acabar al día siguiente

Pero ahora son demasiado viejos, demasiado desconfiados, demásiado responsables, demasiado pruedentes.

Demasiado sabios.