lunes, 20 de febrero de 2006

Ohne Eigenschaften (y 3)

Ein Mann ohne Eigenschaften sagt nicht Nein! zum Leben, er sagt Noch nicht! un spart sich auf.

Un hombre sin atributos no dice No! a la vida, dice Aún no! y ahorra sus fuerzas.



¿Cuánto tiempo se puede esperar?

Nos creemos eternos. Peor. Nos creemos inmutables.

Pensamos que el tiempo no pasa sobre nosotros. Que podemos detenernos y mantenernos al margen. Conservar nuestras fuerzas, el modo en el que somos en ese instante, para cuando llegue el instante de la llamada.

Para entonces levantarnos,acudir, trabajar, concebir, producir, triunfar, como si los días, las semanas, los meses, los años no hubieran transcurrido.

Como si no envejeciésemos.

Pero no es así. Todo esta sujeto a cambio. Todo debe cambiar, se desee o no, se quiera o no, se evite o no, se proteja o no.

De nada sirven las mayores precauciones. De nada sirven las guardias más celosas. De nada sirven los obtáculos infrnaqueables. El paño, guardado en el arcón, bajo siete llaves, acabará apolillándose, convirtiéndose en polvo entre las paredes que lo custodían, deshaciéndose al levantarlo para sacarlo, mucho tiempo después.

Cada cosa tiene su tiempo. Cada época tiene su afán. Quienes no aprovechan en el instante, quienes no hacen lo que deben hacer en el momento preciso, se engañan a sí mismos.

Llegará el día soñado, llegará la hora que marcará el fin de la espera, y el objeto anhelado se presentará antes ellos, deseoso del contacto, sin obstáculos que impidan aproximarse, sin enemigos que puedan arrebatarlo, sin cástigos que hagan temerlo.

Llegará el día soñado, la hora querida y encontrarán que no tienen fuerzas para gozar, que el coraje y el vigor de la juventud se han perdido. Descubirán, con dolor desgarrador, que sus mentes, sus corazones, ya no son capaces de sentir con la misma intensidad, que su atención es incapaz de fijarse en lo que tienen delante, por mucho que lo quieran, que su inteligencia se ha embotado, que su agilidad se ha perdido, que su luz se ha apagado.

Eso los afortunados.

Porque los desgraciados, cuando vean el objeto amado ante sí, se encogerán de hombros y se darán media vuelta, vacíos, incapaces de sentir y de emocionarse.

Porque la espera sólo habrá servido para darse cuenta de que ya no quieren aquello.

Porque si aún fueran jóvenes, tendrían el valor y el coraje de mentirse, de aceptarlo y vivirlo, porque las mentiras que se viven con pasión y entusiasmo, acaban por transformarse en verdades.

Pero ya no lo son y cuando mirar a su juventud, esa juventud cuyos recuerdos se desvanecen rápidamente, no son capaces de determinar si, el día en que dijeron ¡Sí, lo quiero!, eran sinceros.

Ya no podrán saberlo. Las pruebas había que haberlas aportado aquel día lejano, atrapando al vuelo la ocasión, devorándola, consumiéndola, como si la vida fuera a acabar al día siguiente

Pero ahora son demasiado viejos, demasiado desconfiados, demásiado responsables, demasiado pruedentes.

Demasiado sabios.