martes, 14 de febrero de 2006

Reading Dickinson (y 2)

They put Us far Apart -
As separate as the Sea
and Her unsown Peninsula -
We signified "These see" -

They took away our eyes -
They Thwarted Us with Guns -
"I see Thee" - each responded straight
Through Telegraphic Signs.

With Dungeons - They devised -
But through their thickest skill -
And their opaquest Adamant -
Our Souls saw - just as well -

They summoned Us to die -
With sweet alacrity
We stood Upon our stapled feet -
Condemmned - but just to see -

Permission to recant -
Permission to forget -
We turned our backs upon the Sun
For Perjury of that -

Not Either - noticed Death -
Of Paradise - aware -
Each Other's Face - was all the Disc -
Each Other's setting - saw



Vivimos en la época de la publicidad. De un artista no importa lo que escriba, pinte, esculpa o componga, lo que interesa es lo que hay detrás de su obra, lo que la inspiró y motivó. Ni siquiera eso, lo único que atrae al público es la imagen que el artista proyecta al mundo.

Porque vivimos en la época del marketing, un tiempo en que la creación artística no puede concebirse sin el público al que va destinada. Cada creador debe orientarse a un segmento de población, una estrecha cajita de preferencias, afinidades y creencias para la cual crea, concibe y manufactura.... para la cual él mismo se crea, concibe y manufactura.

Así, tenemos artistas jóvenes, que hablan de la juventud, que muestran una imagen de juventud y que, en apariencia, sólo pueden ser entendidos por los jóvenes. De la misma manera, hay artistas homosexuales, que hacen propaganda de la homosexualidad y sólo pueden entender los homosexuales. O por continuar una lista infinita, artistas progresistas, artistas rebeldes, artistas tradicionales, artistas clasicos, artistas cristianos, artistas multiculturales, artistas musulmanes, artistas marineros, artistas montañeros, artistas submarinistas, artistas espeleólogos, artistas tuertos, artistas cojos, artistas mancos, artistas zurdos, así hasta el infinito

Todos con una etiqueta, pesada como rueda de molino, colgada al cuello, intentando distinguirse los unos de los otros, aunque sea imposible decir quién es quién, dándose codazos por conseguir entrar en el foco de luz, aunque sólo sea un instante, para hablar a los suyos, para hablar de los suyos, para que los suyos hablen de ellos.

En medio de toda esta confusión, ningún artista que hable, o que siquiera pretenda hablar, de los seres humanos. Ninguna voz que se dirija a todos.

En medio de esta confusiuón, ¿quien podría entender a Emily Dickinson? Alguien que se aparta del mundo, alguien que rehuye todo lo que a los demás les parece primordial, imprescindible, irrenunciable. Alguien que oculta su vida tras un velo de secreto, espeso e imprenetable, apenas visible a retazos en sus versos, y estos mismos nunca destinados a la publicación, sino escondidos y acumulados año tras año, a expensas de cualquier accidente que los hiciera desaparecer, amenazados por la muerte de su creador, porque alguien considerase esas hojas manuscritas como los garabatos de una persona alienada y frustada, las divagaciones de un anormal y las consignase al fuego, para no avergonzarse ni manchar su memoria.

Porque... ¿Qué experiencia de la vida puede tener quien se ha negado a vivirla? ¿Qué conocimiento del amor aquél que nunca lo ha disfrutado? ¿Qué visión de la amistad, el cariño y la compañía, aquél que siempre ha vivido solo?

Y sin embargo, con una única ilustre excepción, cuando todas las voces de sus contemporáneos se han acallado y enmudecido, cuando verso tras verso, poema tras poema de aquella época suenan a hueco a falso y a vacío, la voz de Emily se torna cada día más sonora y poderosa, la de alguien, como dije antes, que siempre estará contigo, la de alguién que se convierte en breviario de tu propía vida, en consuelo de tu soledad.


Y piensas... llegará un día en que nuestros conflictos, los que nos llevan al enfrentamiento, a la lucha, a la destrucción y la guerra se hayan desvanecido. Un tiempo en el que sólo sirvan para aburrir a los niños en la escuelas.

Quizás en ese día, el nombre que nos represente ante el futuro, sea el de un desconocido absoluto.

Algún solitario como Emily para sus contemporáneos