jueves, 23 de febrero de 2006

In the heart of darkness (y I)



Hace unos meses, en las salas de exposiciones del Cuartel del Conde Duque, estaba abierta una magnífica exposición de arte Africano, Américano y de Oceanía, antes de la llegada y colonización Europea. Magnífica exposición, tanto por el número de piezas, como por su calidad, importancia y representación, especialmente si se tiene en cuenta que, debido a que nuestro imperio se desvaneció a principios del siglo XIX, nuestros museos apenas cuentan con piezas de aquellas mundos y aquellas épocas.

Y entre todos los objetos expuestos, estaba uno muy parecido a la imagen que abre estas divagaciónes.

Algo que, por su realismo y su naturalidad pudiera haber salido de un taller europeo. Algo que aún hoy, tras un siglo de abstracción, aún seguimos viendo, estimando y reconociendo como el auténtico y verdadero arte, aquel que nos ofrece objetos reconocibles, objetos a los que podemos atribuir un significado, objetos que podemos descifrar y, aparentemente, entender y aprehender.

Sin embargo, lo importante no estaba en la coincidencia o en imaginar influencias inexistentes. A lo largo de la larguísima historia del arte mundial, de vez en cuando, los caminos de las diferentes tradiciones se aproximado y alcanzado logros casi indistinguibles los unos de los otros.

No. Lo importante se revelaba simplemente con apartar la vista y contemplar los objetos Africanos, Americanos y de Oceanía que rodeaban a esta pieza.

Ninguno era realista. Ninguno se propionía una representación veraz de las apariencias de las naturales. En todos, la forma de origen, la del ser humano, había sido deformada y distorsionada, hasta, en algunos casos llegar a la pura abstracción.

La pura abstracción. Tan cercano al arte del siglo XX, pero al mismo tiempo tan lejano, puesto que ante todo, este arte es un arte utilitario, un arte creado para ser utilizado en ceremonias y rituales, un arte para ser mostrado y compartido, un arte que, en principio, puede ser creado por cualquier miembro de la comunidad y disfrutado por cualquier miembro de la comunidad, no un producto de las elites para las elites.

Pero tampoco es eso lo importante. Decir esto no es más que resaltar lo obvio, proclamar el tópico.

Lo importante es otra cosa muy distinta. El hecho de que, entre todas esas respuestas culturales, creadas por personas muy distintas, en puntos opuestos del globo, en tradiciones completamente opuestas, en edades tan lejanas que nunca pudieron comunicarse, sólo una de ellas eligió el realismo.

Que el realismo, la representación racional y detallada de lo que nos rodea, no es más que una excepción en la historia humana.

Que nosotros, por tanto, no somos más que una excepción.

Prescindibles. Olvidables.