viernes, 17 de febrero de 2006

Ohne Eigenschaften (y 2)

Während er sich in der kleinen und närrischen Tätigkeit, die er übernommen hatte, hin und her bewegen liess, sprach, gerne zuviel sprach, mit der verzweifelte Beharrlichkeit eines Fischers lebte, die seine Netzte in einen leeren Fluss senkt, indes er nichts tat, was der Person entsprach, die er immerhin bedeutete, und es mit Absicht nicht tat, er wartete. Er wartete hinter seiner Person, sofern dieses Wort den von der Welt un Lebenslauf geformten Teil eines Menschen bezeichnet, und seine rühig, dahinter abgedämmte Verzweiflung stieg mit jedem Tag höher. Er befand sich in dem schlimsten Notstand seines Lebens un verachtete sich für sein Unterlässungen. Sind grösse Prüfungen das Vorrecht grosser Naturen? Er würde gerne daran geglaubt haben, aber es ist nicht richtig, denn auch simplesten nerviosen Naturen haben ihre Krisen

Mientras se dejaba llevar, aquí y allí por la pequeña y enloquecida actividad que había tomado a su cargo, hablaba, hablaba demasiado, vivía con la desesperada testarudez de un pescador que arroja sus redes en un río vacío, mientras no hacía nada de lo que corresponde a esa persona, se mostraba así, y no lo hacía con intención, esperaba. Esperaba tras de sí mismo, en la medida en que esa palabra singulariza la forma, creada por el mundo y la vida, de un hombre, y su desesperación, tranquila y como de ocaso, aumentaba con cada día. Se encontraba en la peor situación de su vida y se despreciaba por su inactividad. ¿No son las grandes pruebas la señal de las grandes naturalezas? Con gusto lo hubiera creído así, pero no era correcto, puesto que también las personalidades nerviosas más simples tienen sus crisis.

Ascender por una escalera que nunca termina.

Así imaginamos la vida, bebe, niño, escolar, adolescente, estudiante, joven, universitario, hombre, trabajador... siempre hacia adelante, siempre hacia arriba, mejorando, desarrollándose, quemando y consumiendo etapas, cada vez más rápido, para llegar cuanto antes a la siguiente fase, para conseguir lo propio de cada edad, en esa misma edad y no otra, para que nadie pueda de decir de uno que no estuvo allí, que no hizo lo que debía hacer, que no disfrutó de lo que debía disfrutar, que no obtuvo lo que debía obtener.

Detenerse no está permitido. Sentarse sobre los escalones supone admitir la derrota, supone ser derrotado, sin necesidad de que se entable un combate, sin precisar lucha o violencia. Pronto, aquellos que son tus semejantes, aquellos que pertenecen a tu misma generación, aquellos con los que compartes recuerdos, experiencias, afinidades, vida, biografía, historia, te habrán dejado atrás, te habrán perdido de vista, te habrán olvidado.

Los que vienen detrás no te reconocerán, no les reconoceras tampoco tú a ellos. Nada hay en común entre ellos y tú, nada os une, nada os emparenta. No eres más que un estorbo en el camino, algo que habría que echar a un lado cuanto antes, para no impedir la subida, la carrera, más la estampida de los demás, de todos los que huyen de los que les siguen, para evitar ser arrollados y aplastados por ellos.

No queda otro remedio que ponerse en camino, seguir ascendiendo. Cueste lo que cueste, aunque las piernas se doblen por el esfuerzo, aunque el cansancio nuble la mente y espante los pensamientos, aunque el dolor ya no abandone el cuerpo e impida sentir otra cosa que no sea ese mismo dolor, aunque esté justo a tu lado, en estrecho contacto con tu piel.

Es mejor así. Continuar sin darse cuenta de nada. Porque el que mire hacia abajo verá que todos los escalones son iguales, que nada permite distinguir uno de otro. Que llegue a donde llegue el resultado va a ser el mismo. Que no hay ningún sentido en seguir ascendiendo, marchando, viviendo

Y cuando esa idea entra en la cabeza, ya no hay nada que pueda expulsarla.

Ni siquiera la consciencia, la certeza de que pensar así y actuar en consecuencia lleva a la muerte.

O a algo aún mucho peor, que esa filosofía equivale a ser un muerto en vida, alguien que ha perdido todo lo que le identificaba y representaba, todo lo que le hacía reconocible, importante y necesario ante los demás.

Todo lo que hacía de él un individuo, todo lo que le permitía vivir.