viernes, 3 de marzo de 2006

Monteverdi (y 2)

O bel nodo per cui godo!
O soave uscir di vita!
O gradita mia ferita!

¡O nudos en los que gozo!
¡O suave boca de la vida!
¡O bienvenida herida mía!

Chiome de Oro, Settimo Libro di Madrigali, Claudio Monteverdi, 1619


Beatus, Beatus vir!

¡Féliz, Feliz el hombre!

Beatus vir Primo, Selva Morale e spirituale, 1640



En Occidente, pero sólo en Occidente, hemos crecido aconstumbrados a que la religión no tenía papel en nuestras vidas, que ambas, vida y creencias, pertenecían a ámbitos completamente distintos, que no podía existir comunicación alguna entre ellas.

Por ello, ahora nos resulta imposible comprender aquellas culturas donde la religión se refleja en nuestras cada aspecto de su existencia. No sólo estas sino incluso nuestro propio pasado, lo que fuera parte indisoluble de nuestra tradición hasta ayer mismo.

Porque para el creyente, el auténtico creyente, no la componenda a la que hemos llegado en nuestra sociedad, la acción de dios se traduce en cada instante de la vida, en cada objeto del mundo. Todo, absolutamente todo, tiene su origén en él. Todo, absolutamente todo, depende de su voluntad y su benevolencia.

De este modo, el creyente, el auténtico creyente, tiene que invocar su protección y su ayuda, en cualquier actividad que emprenda, sea la más trivial, la más peregrina, o incluso la que pueda parecernos, a nosotros, los descreídos, sacrílega o insultante. Ya sea para comenzar un viaje o simplemente antes de salir a la calle, ya sea para obtener el éxito en los negocios o el triunfo en el combate, ya sea para concebir un hijo, antes de ponerse manos a la obra o simplemente para conseguir a la amada, todo será pedido, ofrecido, negociado con el creador.

Sin que, como digo, suponga blasfemia o sacrilegio. Simplemente porque no hay separación entre dios y el hombre, porque dios vive entre los mortales, contempla su conflictos y escucha sus peticiones, no es el dios lejano e inalcanzable, ausente del mundo, en el que la ciencia lo ha convertido.

Por esa razón, lo que es aplicable en el ámito profano es perfectamente aplicable al sagrado, puesto que no hay separación entre ellos, son uno mismo, uno solo.

Así, por ejemplo, no hay mayor sorpresa que encontrar las mismas melodias en la obra religiosa y profana de Monteverdi. Descubrir que los madrigales donde se describe el amor terreno con todo lujo de detalles y el sentimiento correcto, se han transformado en alabanzas a la virgen y a los santos, sin que haya hecho falta otra cosa que modificar los textos, no la música.

O ver como las danzas cortesanas, aquellas destinadas al ocio de nobles y poderosos, aquellas que eran la preparación de los juegos amorosos en que luego se perderían, se transforman en poderosos estructuras religiosas destinadas a la contemplación del paraíso futuro y el desprecio del mundo.

Porque para ellos, como he dicho, dios aún estaba vivo, mientras que para nosotros hace mucho que murió.