lunes, 13 de marzo de 2006

Mirando al pasado... (y 2)


Hay lugares que nunca volveremos a visitar.

Lugares encontrados en la niñez, de los cuales no sabemos encontrar el camino, puesto que fuimos llevados hasta allí por nuestros mayores, y la secuencia de carreteras, cruces y caminos no tenía entonces ninguna importancia para nosotros.

Aunque los encontrásemos, aunque lográsemos averiguar la ruta que hasta ellos conduce, nada podría evitar el paso del tiempo. En los largos años que nos separan, otros hombres que no somos nosotros, habrán vivido allí sus vidas y los habrán adaptado y convertido a sus necesidades.

Construido casas, abierto rutas, talado los bosques, arado los campos.

Yo conozco uno de esos paraísos perdidos. Pasé allí quince días siendo niño.

Un lugar en medio de la meseta castellana. Ese semidesierto donde no hay puntos de referencia que permitan orientarse, donde la tierra es llana como una bandeja, el cielo azul surge de ella, y el sol, el frío, la lluvía, el viento, la soledad, aplasta y destruyen las gentes.

Un lugar donde el verano se pasa encerrado en los bajos de las casas, pues fuera no es posible vivir por el calor.

Un lugar donde pasé quince día de verano. Un lugar donde, repentinamente, en medio de la llanura infinita, se alzaban altos árboles donde no debían estar, tapiando el horizonte a ambos lados, como un muro que cortaba el camino.

Un bosque donde era imposible internarse, puesto que, a las pocas hileras, cuando la umbra te había rodeado, cuando el frescor te hacía olvidar el calor de verano, el sol volvía a surgir de nuevo y su luz te cegaba.

Allí, escondido tras los árboles, fluía un río. Un río ancho, en el cual, esparcidos, emergían pequeños islotes, colmados de árboles, que partían su corriente, que la hacían correre con furia en algunos puntos o remansarse en otros.

Corriente arriba había un embalse, que desagüaba de tanto en tanto. Crecidas que inundaban el valle un breve periodo y que daban vida a aquellas islas, a aquella vegetacíon, a aquel oasis en medio del desierto.

Aquel verano, el río fue nuestro amigo. Cada día era distinto, su nivel, siguiendo las imprevisibles reglas del embalse, subía y bajaba, no demasiado para un adulto, pero sí para nosotros aún niño, lo suficiente para vedarnos ciertos tramos, donde no hacíamos pie, o para permitirnos cruzarle, llegar a islas que parecía lejanas.

Pero el río era nuestro amigo, no le teníamos miedo. No había razón por la que tenerle miedo.

Entrábamos en él siempre por el mismo lugar, allí el agua bajaba rápidamente, hasta que teníamos que marchar de puntillas, el agua hasta los labios, dejándonos arrastrar por su corriente, como hojas en su cauce, pero era sólo un instante, porque en medio de las aguas, había un banco de arena y enseguida hacíamos pie, ascendíamos hasta que el agua nos llegaba por los tobillos.

Y pódía uno tumbarse sobre él, sobresaliendo solo la cabeza, las aguas fluyendo a lo largo del cuerpo, el cielo amarillo llenando la visión, los árboles a ambos lados.

Y podía continuarse, atravesar hasta la orilla, de nuevo de puntillas, apenas sintiendo el fondo en los pulgares, porque al otro lado, el río se dividía en multitud de riachuelos, apenas de un metro o dos, permitiendo que los árboles juntaban sus ramas entre sí, y el agua discurriese en la penumbra, mansa y tranquila, hasta unirse de nuevo al curso principal.

Y podía también marchase corriente arriba, primero cerca de la orilla, caminando sobre las raíces, agarrándose a las ramas, hasta llegar a un lugar donde ninguno podíamos hacer pie, ni siguiera los mayores, y donde los más valientes se atrevían a bucear hasta tocar el fondo, en un agua negra y obscura, donde nada se veía.

Y una vez cansados, dejarse arrastrar por las aguas, permaneciendo en medio de la corriente, viendo pasar los árboles, los arbustos, las orillas, el cielo amarillo, sin hacer ningún esfuerzo, fíados del propio río, hasta llegar de nuevo al banco de arena, nuestro refugio, y cruzar hasta el punto por donde habíamos entrado.