jueves, 16 de marzo de 2006

Mirando al pasado... (y 5)


Cuando era muy pequeño, la ciudad acababa en mi calle. Más allá empezaban los campos, la naturaleza, la libertad.

En este tiempo mis padres me llevaron a un excursión. No muy lejos. Ahora que todo está urbanizado y una autopista cruza los campos que veía de niño y más allá se alza hilera de casa tras casa, bastarían apenas veinte minutos andando, cinco en coche para llegar a ese punto.

Pero entonces había que coger un autobús y llegar hasta otro de los puntos donde la ciudad terminaba y empezaban las carreteras, y de allí andar y andar por la calzada medio vacía, sin farolas, rodeada por los campos de labor, hasta llegar a un puentecillo que vadeaba un arroyo.

Un arroyo que si se seguía llevaba directo hasta mi barrio, hasta la calle donde yo vivía, un arroyo que ahora está cubierto por el asfalto de la autopista.

Era primavera, casi verano y hacía poco que las lluvias habían cesado. El caúce aún tenía agua, y para regar los campos aquí y allá, en su curso se hábían construido diques, pequeños embalses que en aquel entonces estaban llenos de agua, lugares donde la gente se bañaba.

Nos llevo mucho tiempo recorrerlo por entero y cuando al fin llegamos a nuestro barrio, cuando y aquí y allá empezaron a parecer pilotes de cemento armado, montones de escombros, era ya casi de noche.

Nunca volvimos a hacer esa excursión, no sé porqué. Nunca lo pregunté.

Pero la herida del arroyo, el barranco que partía en dos mi barrio, permaneció abierta durante mucho tiempo.

A ambos lados crecieron casas y casas. De vez en cuando, amontonaban tierra y tierra en una de las laderas hasta conseguir el espacio suficiente para construir otras, las calles, que al principio no se atrevían a cruzarlo, poco a poco fueron uniendo ambos márgenes, creciendo justo al borde, ahí donde una fuerte pendiente llevaba hasta el fondo, hasta que al final una autopista lo colmó por completo.

Pero durante muchos años permaneció abierta. Durante toda mi niñez.

Y cada primavera, en el fondo, indiferenta a la ciudad, al asfalto y al cemento, crecían las altas hierbas y se cubrían de flores los arbustos... y yo que tenía que cruzar por allí para ir al colegio, abandonaba las calles ya trazadas y descendía hasta el cauce, hasta los lugares por donde aún fluía el agua, hasta los restos de los embalses, que aún se llenaban con las lluvias.

Y cuando tuve que ir a la universidad, tampoco cambió mucho la cosa, pues el autobús me dejaba lejos, y tenía que cruzar un pinar, un bosque solitario en medio de dos facultades, hasta llegar a mi escuela.

Y nuevamente, todas las primaveras, veía crecer las altas hierbas, ondular al viento, pasar del verde al amarillo, agostarse y desaparecer.

...

Y aún ahora, de vez en cuando, me ocurre tener un sueño.

Un sueño en el que echo a caminar al norte, en el que poco a poco dejo atrás la ciudad, las calles y las calles, alcanzo los campos de simiente, me pierdo entre los bosques, sigo arroyos y riachuelos, caminos polvorientos que no llevan a ninguna parte.

Un sueño que, como todos los sueños, no alcanza ninguna conclusión. Despierto a mitad de camino, sin saber a donde quería ir, sólo que quería irme de donde vivía, que a medida que me adentraba en la nada iba encontrándome cada vez más en mi hogar.

Un recorrido del que podría dibujar un mapa, cubierto con todo tipo de detalles, con referencias, tiempos y distancias, tan precisas que podría creerse que existe de verdad, que existió alguna vez de verdad.

Un recorrido que no puedo ya recrear ahora, aunque quisiera, darle una realidad con mis piernas, puesto que los límites de la ciudad se han extendido muchos kilómetros al norte, más allá de lo que mis fuerzas me permitirían alcanzar...

...y aunque pudiera, el camino hacia los campos, hacia los restos de naturaleza aún no demasiado destruidos por los hombres, me lo vedan ferrocariles y autopistas, sin pasos a su través, concebidos, podría pensarse, para mantenernos encerrados en el arrecife de metal y cemento que nos hemos construido.

...el arrecife fuera del cual no podemos imaginar un hogar. El arrecife, cuya ausencia nos mataría, si una mano extraña y poderosa nos arrancara de él.