martes, 7 de marzo de 2006

Mirando al pasado... (y 1)


Hace unos días, por pura casualidad, me encontre caminando hacia el este, un atardecer de invierno, a lo largo de una de estas interminables avenidas de las grandes ciudades.

No era, es, una avenida cualquiera, aquélla que podemos imaginar rodeada de altas edificios, poblada con árboles, cerrada al cielo y su espectáculo diario.

Esta avenida antaño, y ese antaño es un tiempo que pertenece a mi niñez, era una carretera, la carretera de la playa. La ruta que llevaba de Madrid hacia el Manzanares, hacia los remansos del río, antes de adentrarse en la ciudad, donde la gente iba a bañarse en el verano, y donde habrían de construirse, pasado el tiempo, varias instalaciones deportivas.

Por esta razón, esa calle conserva aún mucho de la antigua carretera que fue, las casas que la rodean son bajas, pegadas a la vía, algunas incluso con tiendas pensadas para los escasos viajeros que la transitaban. Nada impide mirar el cielo, por tanto, ni árboles, ni construcciones. Incluso, llegado cierto punto la perspectiva se abre casi infinita, puesto que la carretera debe descender de los 700 a los que se encuentra a los 400 del cauce del Manzanares y tuerce y retuerce, descendiendo por la pendiente, mientras que la vista no encuentra algo en que fijarse, hasta muchos kilómetros más allá, en las colinas al otro lado del caúce, las colinas que comienzan a ascender hacia la sierra.

Los madrileños, sin embargo, no conocen el cielo. Hace mucho que lo han olvidado. Encerrados en sus casas, prisioneros en sus coches, atentos sólo a sus actividades no miran más allá de lo que hay a unos metros de distancia.

Por eso, aquel día, aunque estaba a la vista de todos, me parecía que era yo el único que lo estaba viendo.

Rojo como un Khaki, el Persimon ilustrado en la viñeta, el sol se ponía justo en la línea de la carretera. El cauce del Manzanares estaba cubierto de niebla que ascendía hasta mezclarse con la polución, enturbiando el aire, lo cual permitía que se pudiese mirar directamente a su disco, mientras que la falta de puntos de refencia, el disco rojo en el cielo gris monótono, cercano al horizonte, hacia creer que aquella bola estaba rozando, volando sobre los techos de las casas, sobre el asfalto que hacía el conducía, y por el cual, tras un número corto de pasos, sería posible alcanzarlo y tocarlo.

...

Y ahora es cuando uno debe detenerse en la descripción.

Por razones obvias que se dejan como ejercicio al lector.