lunes, 5 de junio de 2006

Reading Coetzee

...that is how we must be in the eyes of the angels: People living in houses of glass, our every act naked. Our hearts naked too, beating in chests of glass...

Extraño leer a este hombre. Extraño también que cada una de sus obras no falle en producirme el mismo efecto. Angustia. Ahogo. Desolación. Fatalismo. Impotencia. Los sentimientos de los condenados recorriendo una y otra vez el círculo del infierno al que han sido desterrados.

No es menos extraño que esa sensación, de vivir sin salida, de saber que cada paso no es más que un escalón que se desciende en la decadencia personal, en el tránsito ineluctable hacia la muerte, se consiga de una forma tan tenue, tan sutil, tan minimalista.

No es porque Coetzee aparte la mirada de lo feo y lo desagradable, o que evite, por una especie de prurito de artista consciente la descripción pormenorizada del mal, sus causas y sus consecuencias. Hacer eso sería una traición, puesto que su mundo, el de la Sudáfrica del Apartheid, se basa sobre la injusticia, sobre un pecado original que corrompe y destruye a la sociedad entera, incluso a aquellos que luchan contra el sistema , incluso a aquellos que han conseguido escapar de allí, pero que se han traído consigo esa corrupción, esa malda que aborrecen.

No, ya sea en la Sudáfrica racista, siempre a punto del estallido, o en la postApartheid, hundiéndose sobre sí misma, o en el Londrés que se convierte en una prisión no menos dura, no menos hipócrita, que el país donde todos esos vicios están a la vista de todos, aunque no se quieran ver, en cualquiera de esos lugares, la prosa de Coetzee, no teme señalar la injusticia, la violencia, abordar aquellos actos miserables que los hombres realizan contra otros hombres, y como se justifican, como inevitables, justas y necesarias, las mayores barbaridades.

Pero esto, esta mirada alerta y vigilante, no significa que Coetzee se entregue, como es tan común en día, a la descripción pormenorizada y totalitaria de los actos de violencia y crueldad, hasta el extremo en que estos se conviertan en la novela y en su única justificación, tanto frente al autor, como ante sus lectores, como ante la crítica, en la ciega creencia de que mostrar el espejo basta para denunciar... o que para escribir como Sade basta con limitarse a copiar lo más evidente, sin reparar en los intrincados razonamientos y repruebas con que el francés consigue una doble violación de sus personajes y lectores, la posesión tanto física como mental.

Porque Coetzee es un clásico, en el sentido antiguo, quizás el último. El autor que narra lo que tiene delante, tal como lo ve, sin caer en ningún tipo de afectación, tanto estética como moral, aunque, en sus intenciones y propósitos éste el de crear gran arte y dar una lección moral.... sin que como repetimos, se note.

Y este clasicismo se traiciona incluso en su punto de vista. Mientras que en el arte de ahora, la caricatura, la distorsión de la figura humana está a la orden del día, hasta convertir la representación de la realidad que pretende la novela, en un teatro de títeres y al autor en el grna marionestista, que se ríe de sus criaturas porque sabe que sus conflictos nunca serán los suyas, para Coetzee, cada sentimiento de sus personajes es un sentimiento compartido, y cada accion es una acción que el mismo podría haber cometido, errores en los que podría haber incurrido, hasta el punto que es difícil distinguir cuando la voz que nos habla es la voz del autor y la de las criaturas.

Quizás en esto esté el secreto de la potencia, la fuerza con la que Coetzee consigue conmover, en el equilibrio entre su clasicismo, que le hace abordar lo que ve con tranquilidad y serenidad, como si fuera un estóico de antaño, y la cercanía a las personas y situaciones que novela, que le hace ser sincero. No solo serlo, sino también parecerlo....

O quizás es algo que tengo la impresión de haber leído en alguna parte, que cada uno de sus protagonistas es como Dante, una representación de la humanidad perdida en el mundo y abocada a cruzar el infierno, pero sin un Virgilio que le guie entre los peligros, ni una Beatriz que le espere al final del camino.

Porque el Paraíso no existe, y todos lo sabemos, por muchas mentiras que queramos contarnos.