sábado, 10 de octubre de 2020

Estamos bien jodidos (y XVIII)

 

 

Hace un par de entradas, les comentaba mis impresiones sobre Le capital au XXIéme siècle (El capital en el siglo XXI) de Thomas Piketti, Por supuesto, un libro tan abundante en datos y análisis como es éste no se puede resumir en una líneas, menos dado mi desconocimiento en temas económicos. Mi recomendación, por tanto, es que se lo lean, tanto más cuanto que es claro y accesible, sin cortinas de humo semánticas que impidan ver, o seguir, la hilazón de sus argumentos y cómo llevan a la conclusión final: la desregulación neoliberal de los últimos 30 años sólo ha contribuido a incrementar las desigualdades sociales, incluso en las economías desarrolladas, además de poner en peligro los fundamentos de la prosperidad de esos países y su estabilidad política.

Sin embargo, dado que en la entrada anterior me limite a trazar los fundamentos sobre los que Piketty basa su tesis, vamos a intentar desarrollarla -y completarla- en esta breve entrada. Como recordarán, el economista francés utilizaba dos indicadores económicos: 𝛼, que indica qué parte del PIB anual se debe a los rendimientos del capital, y 𝛽, que indica a cuántos PIB anuales equivale ese capital. Su importancia estriba en que cuanto más elevados sean, más depende la economía de los rendimientos del capital y menos de los esfuerzos productivos. La sociedad deviene así una de rentistas y no una de productores. Lo sorprendente es que nuestros  𝛼 y 𝛽 se parecen a los de la Belle Epoque de principios del siglo XX, la típica sociedad de rentistas, cuando nosotros presumimos de no serlo, sino de ser emprendedores, creativos y disruptores. Audaces, atrevidos y proactivos.

A primera vista, esto no parece ser así. La sociedad de la Belle Epoque obtenía sus rentas de los bienes raíces, mientras que en nuestra sociedad esa proporción se ha reducido a mínimos.  Ya no somos una economía de terratenientes y caseros, que se limitaban a vivir de sus alquileres y arrendamientos. Sin embargo, esta verdad innegable no deja de ser un espejismo: lo que ha ocurrido es que el capital se ha transformado. De hecho, ni siquiera en tiempos de la Belle Epoque la importancia de las propiedades era determinante, una buena fracción de los ingresos provenía de inversiones en bolsa, no sólo nacionales, sino también internacionales. Es precisamente este tipo  de inversión el que se ha disparado, conduciendo a un incremento incontrolado de la proporción del capital, y no de la producción, en nuestras economías.

Son bienes sin respaldo físico, inversiones cuyo aval se fundamenta en otro aval y así sucesivamente, casi sin término. Un sistema piramidal que alcanzó una extensión inusitada antes de la Gran Recesión de 2008, infiltrándose como un hongo en todos los niveles y rincones, de forma que el estallido de esa burbuja produjo el derrumbe de todo el sistema. Sin embargo, a pesar de ese naufragio, no parece que haya cambiado nada en nuestros usos y convicciones. A pesar de todos los sacrificios y miserias causados por la crisis, los privilegiados han continuado enriqueciéndose, mientras que las llamadas clases medias se han visto empujadas hacía las clases bajas.

Es lo que viene a indicar la primera gráfica con la que se abre esta entrada. En EE.UU, el porcentaje de riqueza nacional en manos del 10% de la población se ha puesto a niveles de 1900: más del 45%. En Europa aún no, sólo un 35 por ciento, pero una tendencia creciente es innegable. Más importante aún es la comparación con el fondo de la U, correspondiente a los Glorious Thirty de 1950 a 1980. En un periodo de 30 años, desde 1980, los ricos de los EEUU se han hecho con un 20% de la riqueza nacional, mientras que en Europa sólo con un 5%.

¿De dónde ha salido esa riqueza? Nótese que no hablamos en términos absolutos, sino relativos. Es decir, lo que gane una clase -o un segmento- tiene que salir de otras. Las clases acomodadas están extrayendo riqueza de las clases inferiores, pero ojo, no de las más desfavorecidas, sino de la antigua clase media, cada vez más reducida. Se podría objetar que esto no tiene impacto en términos absolutos, puesto que las tasas de crecimiento económica harían que el pastel sea más grande. Aunque mi porcentaje se reduzca, no estaría perdiendo poder adquisitivo, sino que el excedente se utilizaría, con criterio meritocrático, para premiar a quienes están haciendo crecer a la economía. ¿Cierto? No.

Para empeorar las cosas, no estamos en una coyuntura de fuerte crecimiento económico, sino de estancamiento. Comparados con las tasas de crecimiento de los Glorious Thirty, normalmente del orden de dos dígitos, las nuestras no superan el dígito y les cuesta mucho superar el 1 ó 2 por ciento. No se nota porque las tasas de inflación, de los años 2000 para acá, han pasado de ser cercanas al 10% para estar cerca del 0%, cuando no negativas. Estamos, en especial desde que comenzó la Gran Recesión de 2008, en un extraño escenario de estancamiento mezclado con deflacción. El pastel no crece, por tanto, o al menos lo hace a un ritmo menor que el de extracción a manos de las clases pudientes. El resto de la población, en consecuencia se está empobreciendo.

¿Por qué no ocurrió eso en los Glorious Thirty? En parte fue debido a las convulsiones del periodo 1914-1950. La clase de rentistas de la Belle Epoque desapareció por completo debido a dos factores: la destrucción de bienes raíces debido a las Guerras Mundiales y la superinflación que redujo a nada el producto de las rentas. De manera análoga, también debido a esa superinflación, las deudas estatales se evaporaron, lo que les permitió comenzar los años 50 con una hacienda saneada. Nos podríamos quedar aquí, en estas dos razones, pero hay un caso que no cuadra: EE.UU. Allí no hubo destrucciones generalizadas ni inflación desbocada, pero sus curvas son idénticas a la del resto de países.

La razón fundamental, para Piketty, estriba en el crecimiento del sector público - aún decisivo en nuestro presente-, debido a la construcción de los estados de bienestar. Unos servicios -educativos, médicos, pensiones, paro-, financiados mediante un sistema de impuesto progresivos en donde las rentas más ricas tenían tasas que superaban el 50% e incluso llegaban al 90%, como pueden ver en la otra gráfica que abre esta entrada. Esas tasas tan altas tenían un efecto benéfico sobre 𝛼 y 𝛽. Los sueldos más altos no crecían de forma desmesurada, como ahora, puesto que cualquier aumento sólo servía para financiar al estado, vía impuestos. De igual manera, no tenía sentido invertir en propiedades, ya que los impuestos de transmisión y herencia obligaban a venderlas, de forma que era mejor destinar el capital a actividades productivas y no especulativas o de rentas.

La conclusión es obvia, la desregulación y reducción de impuestos no han servido para aumentar la riqueza, sino para que esta se concentre en pocas manos, además de favorecer la especulación. La economía se ha fragilizado - como demuestra la Gran Recesión de 2008-, al tiempo que se han incrementado las desigualdades. Desigualdades que ha llevado al descrédito de los sistemas políticos y al ascenso del populismo de derechas: racista, nacionalista y excluyente. A lomos de todos aquéllos, en las clases medias, que ven peligrar su status ante un reparto cada vez más injusto del pastel.

¿La solución? Utilizar los poderes recaudatorios del estado para corregir estas deformaciones. Algo que, me temo, nuestros nuevos creyentes liberales no estarán dispuesto a permitir.

Véase sólo lo que está ocurriendo durante la crisis mundial del COVID.

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