sábado, 30 de abril de 2016

Entre las rendijas

Fotografía de Gregorio Pietro utilizada en el manifiesto postista de 1945
Antes de visitar la exposición Campo Cerrado, arte y poder en la posguerra española, 1939-1953, recientemente abierta en el MNCARS, había leído la crítica aparecida hace una semana en diario El País.La tesis de ese artículo era que el erial cultural del primer franquismo, con su arte oficial cristianofascista, había sido condenado injustamente, ya que al contrario de la opinión consagrada, ése había sido un tiempo de hallazgos y caminos, en los que se había configurado un arte contemporáneo y vanguardista patrio que se distinguía por ser ascético y espiritual. La muestra del MNCARS, en la visión de ese articulista, se encuadraba así en el esfuerzo reciente por normalizar el arte de ese tiempo de penurias, que no habría sido una época de represión y autoritarismo en lo cultural, sino jardín de libertad y pluralismo.

Y un jamón con chorreras.


La propia exposición refuta explicitamente las razones interesadas y torticeras del citado artículo, ya que en uno de los últimos textos que explican lo que se ve en las salas indica dos hechos determinantes. Primero, que los movimientos artísticos europeos de 1945 en adelante, ese informalismo tan bien ilustrado en la exposición Lo nunca visto de la Fundación March, no llegaron a España sino una década más tarde. Un retraso que sólo puede explicarse por la existencia de una cultura represora oficial que se empeñaba en reconstruir la sociedad española al modo nacionalsindicalista y nacionalcatolico. El informalismo podría haber quedado reducido a lo que fue el romanticismo español del siglo XIX, un movimiento importando que nos llegó cuando empezaba a renquear y del que sólo copiamos las poses y los tics, sin que llegásemos a aportar nada original, ni mucho menos sincero.

Si no ocurrió así se debió a que el informalismo hispano contó con una pléyade de pintores de primera fila, que supieron ser ellos mismos dentro de un metamovimiento que afectó a todo occidente, incluyendo loa EEUU y Japón. Sin embargo, y este es el segundo punto remachado por el texto que cierra la exposición del MNCARS, este estilo artístico fue instrumentalizado por un gobierno autocrático, el franquista, que deseaba adular hasta la humillación a su nuevo amigo y salvador americano. Unos EEUU que, no se olvide, en medio del combate ideológico de la guerra fría habían elegido el expresionismo abstracto como bandera cultural occidental frente al realismo socialista del bloque del este. Este apoyo abierto en todos los ámbitos, económico y crítico, en el que intervino incluso la CIA, llevaría a algún historiador artístico posterior a tachar la vanguardia de retrógada y conservadora, olvidando la alineación política de la mayoría de los artistas de antes del conflicto mundial, en mayor o menor medida relacionados con el comunismo.

Parafragramus, Antoni Tapies
Sin embargo, en nuestro país esta alineación estética suponía representar una paradoja: un gobierno dictatorial, ultraconservador y ultramontano promoviendo todo tipo de experimentos artísticos completamente opuestos al arte que sabemos les gustaba realmente. Lo extraño es que ese ejercicio de tartufismo no produjera más de una embolia cerebral entre los altos prebostes del régimen, aunque sí llevó a fulminantes censuras y prohibiciones de obras que un instante antes habian sido ensalzadas hasta lo más alto, caso de la Viridiana de Buñuel. Porque lo que realmente les gustaba a nuestros mentores intelectuales de los años cuarenta, quienes, no olvidemos, habían ganado una guerra a los rojos y estaban enamorados de la Alemania Nazi y la Italia Mussoliniana, era un arte viril, que ensalzase el cuerpo recio del guerrero y la abnegación de sus mujeres. Un arte que además se viera transcendido por una fe sin fisuras en los valores eternos de un cristianismo triunfante, sin el cual y en su forma más radical e integrista, era imposible cualquier sociedad.

Y es ése arte, propagandista y adoctrinador, esteril y esterilizante es el que ahora algunos - demasiados, me temo - nos quieren vender como la más alta ocasión que vieran los siglos. 

Un tiempo baldio, en definitiva, pero donde no faltaron los intentos por quebrar ese marco, por retomar el contacto con la cultura europea, por recuperar el espacio y el tiempo perdido. Sólo que estos movimientos, como el postismo, como la figura solitaria de Miro, fueron acciones aisladas, espamódicas y sin continuidad, amenzadas siempre por la orden ministerial de cierre, por el secuestro de las publicaciones y las obras, por castigos aún peores. Y esto en el caso los más atrevidos, porque los hubo que quisieron nadar y guardar la ropa, aprovechar resquicios y rendijas - como el apoyo fascista al Futurismo - para hacer vanguardia sin asustar ni ofender a los ganadores de una guerra fraticida, que empujo al exilio a miles de sus compatriotas.

Tantos, que no es extraño que la historia del arte español de ese periodo, que realiza la muestra de MNCARS, tenga que completarse con la obra de aquellos que tuvieron que buscarse una nueva patria fuera de la suya. Contraste doloroso y cruel que muestra aún más a las claras esa condición de erial y de páramo que era la cultura que se quedó dentro de nuestras fronteras.