sábado, 9 de abril de 2016

El arte de la adulación

Charles le Brun, Cartones para la decoración del Palacio de Versalles
No deja de ser irónico, con un punto de justicia poética, que hayan coincidido en Madrid dos exposiciones que ilustran mundos artísticos opuestos y excluyentes. Por un lado la abierta en el Prado sobre Georges de la Tour, pintor provinciano afincado en una región, la Lorena, que aún no era francesa a principios del siglo XVII, y quien en su aislamiento creativo llegó a trascender los temas que le encargaban, hasta alcanzar un nuevo mundo estético, místico e irreal, que nos sigue fascinando hoy. Por otro, Charles le Brun, pintor al servicio del Rey Sol francés, Luis XIV, quien le encargó la realización del ciclo pictórico con que decorar Versalles, catapúltándole por tanto a la cumbre de los pintores de su tiempo.

De su tiempo, recalquemos. Porque lo cierto es que la visión de esas pinturas hoy en día no puede provocar otra reacción que no sea el sonrojo y la idealidad. Le Brun es el prototipo del pintor aúlico, cuyo labor y compromiso artístico consiste en adular a sus comitentes, exaltando sin reparos o vergüenza sus glorias reales o ficticias. Como se puede suponer, este perfil creativo ha existido siempre, siendo inevitable en un tiempo en el que los financiadores del arte eran precisamente los poderes fácticos, iglesia, corona, nobleza, burgueses, quienes querían ver representados en imágenes sus idearios y objetivos políticos. No habría motivos, por tanto, para considerar esta labor como un demérito del artista, puesto que la idea del artista como rebelde obligatorio no surgiría hasta principios del XIX.


Sin embargo, en el caso de Le Brun la exageración laudatoria llega a niveles inauditos. De nuevo, no es que esta ambición por acumular elogios sobre los magnates, comparándolos con estadistas de la antigüedad y dioses del Olimpo, fuera infrecuente. Rubens, por ejemplo, era muy dado a ella, pero en él la hipérbole es consustancial a su carácter, tan proclive al exceso pictórico, de manera que esa adulación abyecta queda oculta por el tour -de-force  estético y técnico que constituye cada una de sus obras. Siempre a punto del ridículo, pero siempre encontrándo el truco, la acrobacia y la prestidigitación, para salvarse. Él y su pintura.

Le Brun, por supuesto, no era Rubens, de manera que al ver su obra lo único que vemos es la propaganda, tanto más chirriante cuanto poco queda ya, en el presente, de los ideales de esa monarquía francesa absoluta que pretendía la supremacía sobre Europa y al final se vio contenida y detenida por la oposición del resto de potencias. De esa manera, la representación de Luis XIV como semidios  - auténtico Dios, en ocasiones - siempre previsor, magnánimo, defensor de los oprimidos, desfacedor de los entuertos, y restaurador de la justicia y el orden, alcanza niveles de autentico teatro de marionetas, discordancia que es extraño se escapase al ojo de sus contemporáneos

Mejor dicho, de personaje de cómic, porque a lo único con que se pueden comparar esas representaciones en nuestra cultura actual, lo único que despierta el mismo grado de respeto y de admiración, son los superhéroes de DC y la Marvel. Luis XIV sería así el Batman o el Superman del siglo XVII, alguien capaz de desempeñar una profesión de manera excelsa - ya sea ésta dirigir un conglomerado de empresas o un estado - mientras que al mismo tiempo protege al inocente y defiende a los débiles frente a las asechanzas de malvados de todo tipo - sea el taimado Lex Luthor o la insidiosa corona española -. 

Representaciones, la del cómic y la de Le Brun. igual de ridículas, banales e intrascendentes, pese a quien pese. Con el agravante de que, si se deja a un lado su proclividad a la adulación desbridada, es un pintor excelente. Otro gran ejemplo de la cumbre que la pintura figurativa alcanzó en el siglo XVII, tras la cual no se queda sino hallar otras vías estéticas

Necesariamente distintas.

Charles le Brun, Cartones para la decoración del Palacio de Versalles