martes, 26 de abril de 2016

Ciudades como cárceles









































Hace unas semanas les hablaba de la desilusión que había sentido al ver de nuevo Bubblegum Crisis 2040 (1998). Aunque no había llegado a ser de mis favoritas absolutas, ya que el sólido guion de Chiaki J. Konaka se desmorona al final de la serie, lo que más me repelía ahora eran las estrecheces de presupuesto típicas del anime de finales de los 90, tanto más visibles y demoledoras ahora cuando el ordenador ha permitido hacer habitual lo que era un reto insuperable hace apenas veinte años.

Bubblegum Crisis 2040 era solo la última entrega de una franquicia que comenzó en 1987 con Bubblegum Crisis, ambientada en 2033, y que en el intervalo entre ambas dio algunas otras series y OVAS, de mucha menor fama y recuerdo entre los aficionados. Por supuesto, en la mente de los aficionados la original  de 1987 quedaba siempre identificada como la mejor de todas, efecto en el que colaboraban a partes iguales la nostalgia de otros tiempos mejores ya pasados, buenos por cualesquiera causas que fueran, a lo que contrubia la dificultad, hasta hace unos años, de encontrar copias decentes de esos animes de la época "heróica".

Por ello, hace casi ya una década, me hice con una edición restaurada - y limitada - en DVD que acababa de salir en UK, al igual que hace unos meses me hice con la edición en BR que había sido sufragada mediante una campaña de Kickstarter. Sin embargo, en ambas ocasiones, terminé mi visionado sintiéndome defraudado, más hace diez años que ahora, que ya sabía lo que iba a ver. El problema con Bubblegum Crisis no es propio de esta seria, sino que lo comparte con muchas otras producciones de su tiempo. En primer lugar, a pesar de que es visible que cuenta con un presupuesto holgado, las imperfecciones de la técnica animada de entonces y la necesidad de cortar gastos para no malgastar lo presupuestado, provocan que se dejen sin corregir todo tipo de errores e imperfecciones, de manera que el producto final tiene mucho de inacabado, torpe y desmañado.

Sin embargo esta tosquedad técnica sería disculpable, al tener en cuenta las dificultades de producción de esa época. Lo peor es la tendencia de los animes de los años ochenta a descuidar el guión, sin acabar atar bien los hilos, las peripecias y los personajes, además de admitir en sus historias todo tipo de clichés, sensiblerías y deus ex machina. Como digo, esto es común a todo el anime de esa época y llegaba a extremos ridículos como el de Gunbuster (1988) donde una historia ejemplar de Ciencia-Ficción se ve astragada por los excesos melodramáticos de varios de sus episodios.

Es una pena, porque si algo sobra, precisamente, a las producciones de esa época es estilo visual, además de una concepción muy próxima a la del cómic vanguardista y underground europeo de aquella misma época, pleno en distopias pesimistas y visiones críticas. Poco o nada conformistas, en definitiva. Un modo que ha desaparecido casi por entero, substituido por naderías complacientes completamente hueras, y que como ya les he indicado en otras ocasiones, los aficionados viejos echamos mucho de menos. Aunque en esta impresión haya mucho de nostalgia que se desmoronaría enseguida si viéramos de nuevo esas series que tanto ensalzamos, y nos enfrentáramos con su tosquedad técnica y su ingenuidad temática.

Pero volviendo a Bubblegum Crisis, si esta serie de 1987 sigue teniendo valor, no es tanto por la historia que cuenta, llena de tópicos y de excesos melodramáticos, sino por su ambientación y lo que ésta sugiere. El mundo de esta serie es el de una inmensa megalópolis, enferma y moribunda, donde conviven y se contrastan zonas de deslumbradora riqueza junto a suburbios de aterradora pobreza, donde la policía no se atreve a entrar, policía por cierto más concentrada en reducir la amenaza tecnológica siempre a punto a estallar. Una ciudad que parece haber sido víctima de una tragedia, quizás un terremoto, que ha reducido amplias zonas de su geografía a auténticos campos de ruinas cuyas cicatrices siguen bien presentes en su tejido urbano, en forma de ríos cegados y autopistas cortadas.

Un mundo lleno de desvíos y posibilidades fascinantes, de muchos mundos incompatibles dentro de uno sólo, que la serie nunca llega a describir, pero que permanecen siempre ahí, ciertos y presentes. Sombras y presencias que gravitan sobre la trama e influyen sobre el modo en que interpretamos los sucesos que en ella tienen lugar, las peripecias en que se ven envueltas los miembros de las Saber Knights, ese grupo de mujeres en la penumbra, fuera de la ley, que luchan contra la amenaza tecnológica que representan los Boomers, ciborgs manufacturados por Genom Inc.

Porque ese es el último giro, el último aviso de esta serie en su papel de buena distopia. El enemigo último contra el que luchan las Saber Knights no es otra cosa que un inmenso conglomerado empresarial, que busca rehacer el mundo según sus deseos. Caiga quien caiga, sufra quien sufra, en aras, solamente, de conseguir mayor poder y gloria para sus dirigentes.