jueves, 28 de noviembre de 2013

Under the Shadow of Postmodernism (VIII)

In 1412 Castile and the Crown of Aragon came to be ruled by closely related members of one family, The Trastámaras, with Ferdinand of Antequera as king of Aragon, and John II, his young nephew, as king in Castille. Illegitimate by birth having come to throne by assassination, the Trastámaras - Isabella and Fernando were direct descendants of Henry of Trastámara - fought against great odds while slowly building the foundations of Spain's hegemony in Europe and the known world in the early modern period. If the particular stories of Castile and the Realms of Aragon were strongly linked in cycles of familial alliances and violent antagonisms before 1412, by the early fifteenth century their stories became inexorably intertwined. In spite of frequent marriages between the two branches of the family throughout the fifteenth century - incestuous ties one may call them - of which the fabled union of Isabella and Ferdinand was only the most productive, the relations between the two realms were anything but peaceful. In reality any hope of a working partnership seemed nearly impossible.

Teófilo F. Ruiz, Spain's Centuries of Crisis.

Continuando con la revisión de la historia de España dirigida por John Lynch - ya casi estamos en el punto donde se recupera la sincronía con la de Crítica/Pons, cuya comparación era el motivo principal de esta entrada - este tomo se centra en los dos últimos siglos de la Iberia Medieval, 200 años que a pesar de su son habitualmente descuidados, cuando no sencillamente despreciados.

Como bien indica el título del libro de Teófilo F. Tuiz, el principal problema para los diferentes nacionalismos de esta península es que se trata de un tiempo de crisis. El reíno de Castilla, tras su expansión triunfal por el sur de España en el siglo XIII, fue incapaz de completar la conquista del reíno moro de Granada y aún tuvo que sufrir los constantes ataques de los Benimerines, cuya derrota le llevó la primera mitad del siglo XIV. Únase a esto que la historia de este reíno en los siglos XIV y XV es una larga lista de regencias y minorías reales, reyes débiles, validos y continuas rebeliones nobiliarias, así como una cruenta guerra civil que se transforma en un conflicto internacional en el marco de la Guerra de los Cien Años, y se comprenderá que los propagandistas del Imperio del XVI no hayan mirado con buenos ojos a ese tiempo.

De manera análoga, la corona de Aragón sufre un parón similar. Tras la espectacular creación de su imperio mediterráneo al final del siglo XIII, tras la cual la historia de Cerdeña, Sicilia y Nápoles se vuelve inseparable de la del reino peninsular, los dos siglos posteriores son una larga serie de reveses y reintentos, de guerras infructuosas y divisiones patrimoniales, que sólo alcanzarán una conclusión en forma de unión permanente y definitiva en tiempo de los Reyes Católicos y el Gran Capitán. A este complejo y enrevesado discurrir histótico, poco atractivo a los ojos de los propagandistas nacionales, hay que unir que la parte económicamente más activa en el siglo XX y XXI de la antigua corona aragonesa, Cataluña, cae en una profunda crisis durante todo este periodo quedando reducida a un papel secundario, sin contar que los problemas estructurales de la corona común acaban por tornar la unión en casi ingobernable.

Aún así, la historía de Castilla y Aragón no sería muy distinta de la del resto de Europa en estos siglos: la larga crisis que pone punto final al mundo medieval pleno del siglo XIII y pone los fundamenos de la Europa renacentista y de los estados modernos. De hecho, si se mira con atención, en realidad el siglo XVI acabaría siendo un tiempo mucho más tumultuoso, confuso y descorazonador que los dos que le antecederion, ya que muchas de las esperanzas creadas por el humanismo de finales del XV acabarían siendo destrozadas por la Reforma y la Contrarreforma subsiguiente, culminando en la inmensa matanza universal de la Guerra de los treinta años. Sin embargo, y en el caso de la península Ibérica, existen unos protagonistas incómodos - pero insoslayables - que han sido desde siempre objetivo común de los dardos y los insultos de los diferentes nacionalismos peninsulares.

Se trata, como pueden imaginar de los Trastámara. La familia de bastardos reales que acabó siendo la dinastía gobernante de casi todos los reinos ibéricos.


Para el nacionalismo castellano-español, enamorado de Isabel la Católica - y sólo de ella, no de su consorte Fernando - como fundadora del Imperio Universal de Carlos V y Felipe II, los trastámara son una presencia incómoda. No se trata ya de que su fundador, Enrique I, fuera un bastardo de Alfonso XI y que ascendiera al trono tras una larga guerra civil y el asesinato del rey legítimo, Pedro I, es simplemente que los sucesivos reyes no parecen apropiados para encarnar la fortaleza y la autoridad que se supone en los fundadores del Imperio, como se le supone a Isabel, aunque todos sepamos que la auténtica mente política del matrionio era el olvidado Fernando, si creemos a Maquiavelo.

En esa larga lista de reyes débiles ocupan un primer lugar Juan II, siempre bajo el dominio de su valido el Condestable de Luna, y cuya indolencia culminaría en la cobardía de abandonarlo a la venganza de sus enemigos. La mala fama de ese rey sólo sería superada por Enrique IV, sobre el que se han acumulado toda clase de infundios y leyendas, muchas de ellas con origen en la propaganda creada por la propia Isabel para justificar la usurpación del trono que debía heredar la auténtica heredera, Juana la Beltraneja - la impotencia del rey y la bastardía de Juana -, y que continuaron hasta bien entrado el siglo XX bajo el disfraz de praxis médica y autopsia histórica, como demuestran los escritos de Gregorio Marañón, tan aficionado a los diagnósticos irrefutables escritos en lenguaje médico, pero que a pesar de su seguridad no hizo otra cosa que equivocase.

Si bien en el lado castellano los Trastámara son en cierta manera tolerados - Isabel al fin y al cabo, era una Trastámara -, desde el lado de la antigua corona Aragonesa, en concreto de Cataluña, no ha habido compasión con ellos. Para la historiografía catalana, los Trastámara son poco menos que traidores, reyes extranjeros sin preocupación alguna por los asuntos de la corona y cuyo único interés era la subyugación y el sometimiento de los componentes de la federación, objetivo que afortunadamente no consiguieron, para gloria del constitucionalismo y el parlamentarismo catalán, aunque sea patente que esas instituciones medievales poco tenían de democráticas y si mucho, demasiado, de oligárquicas y excluyentes.

El problema de ambas visiones, la hispano-castellana y la aragonesa, no es ya que la figura de monstruos políticos como Fernando el Católico quede completamente en la penumbra y que tenga que venir otro monstruo político como Maquiavelo a descubrírnoslo - mi gran sorpresa en el lectura de El Príncipe -. El gran problema de este desprecio compartido por ambos nacionalismos enemigos y contrarios es que no se reconoce que a partir de 1400 la historia de la península es una historia común, mucho antes de la ascensión de los Reyes Católicos. Desde esa fecha, aunque sea simplemente por egoísmos y conflicts familiares, la intervención de Castilla en los asuntos aragoneses y de de Aragon en los asuntos castellanos es continua y constante, haciendo imposible narrar por separado la historia de ambos reínos, si no se quiera tornarla incomprensible.

Y aún así, porque sólamente la historia de un Juan II de Aragón, pretendiente perpetuo a la corona castellana, hasta llegar al conflicto y la rebelión armada, para luego llegar rey de Navarra y finalmente coronarse rey de Aragón, es una de las más fascinantes del siglo.

En otros ambientes culturales ya estaríamos hartos de verla en películas y novelas.