martes, 19 de noviembre de 2013

The Last Party





















Varias veces, a lo largo de esta larga revisión de la filmografía de Ozu, les he indicado como mi mayor sorpresa - o descubrimiento - ha sido que la obra de este director no se puede - mejor dicho, no se deja - reducir al puñado de tópicos que repiten sus admiradores, especialmente aquellos cuya producción no puede ser más distinta y distante que la de su supuesto inspirador.

Para demasiados, Ozu se reduce a un constante urdidor de sutiles dramas familiares consistentes en los problemas de un padre que quiere casar a su hija, en el contexto de la disolución de las constumbres tradicionales japonesas. Si bien es cierto que la familia - y su descomposición - son el núcleo temático de cualquier película de este director, no es menos cierto que el modelo que se supone el Ozu puro sólo se encuentra en apenas dos de sus filmes, la magnífica Banshun (Primavera tardía) de 1948 y la terminal Sanma no aji (El Sabor del té) de 1962.

Esta fijación ha contribuido a que los Ozus que se apartan de ese modelo hayan sido considerado salvo las grandes excepciones, como obras menores o incluso fallidas, como es el caso de la ejemplar Ohayo (Buenos días) de 1959 o la reconfortante Akibiyori (Otoño tardío) de 1960. Kohayagawa-ke no aki (El fin del verano) de 1961, la película que he visto este fin de semana, pertenece a ese subconjunto de obras difícilmente clasificables dentro de la obra de este director. Por resumirles el argumento, aunque hay también referencias al matrimonio de la joven generación - y a la importancia de una libertad de elección incompatible con la tradición japonesa - el foco narrativo se halla en la figura del patriarca familiar y en sus intentos - un tanto ridículos, no menos hilarantes - por recuperar y seguir gozando de una juventud ya perdida.

Como puede verse, este sería el elemento menos ozuniano de la cinta - aunque acabe siendo muy de Ozu como veremos. No nos encontramos ante un miembro de la generación vieja que busque preservar las constumbres ancestrales, ni que se preocupe por el futuro y la posición del núcleo familiar. El protagonista parece haber delegado esa tarea en su hijos, los auténticos gestores de la empresa familiar, al borde de la ruina y de la absorción de una gran empresa, mientras el se dedica a vivir los últimos momentos que le quedan con la mayor intensidad que sus fuerzas le permiten.

No es que cierta crítica y nostalgia por el pasado estén ausentes. De manera muy sutil, muy Ozu, se nos muestra como el Japón de los años sesenta poco tiene que ver con el de la generación anterior, la de los 30. La generación nueva se muestra como completamente occidentalizada, vistiendo a la moda americana de la época y cantando adaptaciones de canciones populares de los EEUU - impagable la versión japonesa de My Darling Clementina - mientras que la música tradicional japonesa sólo se oye de forma lateral y lejana o - en suprema ironía - tarareada por uno de los múltiples amantes occidentales de la hija natural del protagonista.

Sin embargo, lo que importa aquí es que Ozu se sitúa claramente en el lugar del inesperado protagonista. Como él, ambos están ya próximos a la muerte, a punto de ser substituidos por una nueva generación - lo que ocurríría en más de un sentido con la explosión de la Nouvelle Vage japonesa, los Teshigahara, Shindo o Yoshida, y su repudio completo y total de las formas de sus maestros -. Sin embargo, tanto Ozu como su protagonista no renuncian a seguir haciendo su santa voluntad pese a quién pese.

Unos últimos Caprichos - otro título que recibió la película en occidente - que no estriban en ejercer un poder omnímodo sobre su familia, sino en divertirse por última vez, sin importar los falsos moralismos de sus herederos, instalados y propagadores de los prejuicios y convencionalismos de la nueva sociedad japonesa. Así, esa llama final de vitalidad provoca que lo que no deja de ser un último antojo de viejo - inútil y ridículo desde el punto de vista de la sociedad y la familia - adquiera especial resonancia cuando se nos muestra su muerte y funeral, como si ése y no otro, fuera el auténtico modo de vivir.

Es asímismo revelador que los otros dos únicos personajes que son representados en una luz completamente positiva sean la pareja de hermanas interpretadas por Hara Setsuko y Tuskasa Yoko - madre e hija en Akibiyori, la película anterior - una y otra vez se muestran como disociadas de la familia y de sus intrigas - la lucha por mantener la destilería familiar independente - y buscan un aparte en el compartir sus confidencias. Ozu expresa el profundo lazo que une a ambos hermanas haciendo que vistan conjuntos de tonalidades similares - aunque uno sea el japonés tradicional y otro occidental -, pero sobre todo con la sintonía de sus percepciones vitales.

Porque ambas, aunque sea de forma sutil y callada, aman su independencia y no están dispuestas a que los intereses de sus familiares - o de la Familia con mayúsculas - arruinen su felicidad presente y futura.