sábado, 23 de noviembre de 2013

A Proust Odissey: Albertine Disparue (II)

C'est même tout à fait la même chose. Car la femme qu'on revoit quand ne l'aime plus, si elle vous dit tout, c'est qu'en effet ce n'est plus elle, ou que c'est ne plus vous: l'être qui a rendu tout aisé et tout inutile. Je faisais ces réflexions, me plaçant dans l'hypothèse où Andrée était véridique - ce qui était possible - et amenée à la sincérité envers moi précisément parce qu'elle avait maintenant des relations avec moi, par ce côte Saint-André-des-Champs qu'avait eu au début avec moi Albertine. Elle y était aidée dan ce cas par le fait qu'elle ne craignait plus Albertine, car la réalité des êtres ne survit pour nous que peu de temps après leur mort, et au bout de quelques années ils sont comme ces dieux des religions abolies qu'ont offense sans crainte parce qu'on a cesse de croire a leur existence. Mais qu'Andrée ne crût plus à la réalité d'Albertine pourrait avoir pur effet qu'elle ne redoutât plus aussi bien que de trahir une vérité qu'elle avait promis de ne pas révéler, d'inventer un mensonge qui calomniait rétrospectivement sa prétendue complice. Cette absence de crainte lui permettait-elle de révéler enfin, en me disant cela, la vérité, ou bien d'inventer une mensonge, si, pour quelque raison, elle me croyait plein de bonheur et d'orgueil et voulait me peiner?

De hecho, es incluso lo mismo. Porque la mujer que se vuelve a ver cuando ya no se la ama, si os dice todo, es que en efecto ya no es ella, o que ya no eres tú: el ser que ha convertido todo en cómodo y todo en inútil.  Hacía esas reflexiones, me proponía la hipótesis de que Andrée era sincera - lo cual era posible - e inclinada a la sinceridad conmigo precisamente porque ella tenía relaciones conmigo en ese momento, por ese aspecto Saint-André-des-Champs que había tenido al principio conmigo Albertine. Le ayudaba el hecho de que ella no temía más a Albertia, porque la realidad de un ser no sobrevive mucho para nosotros tras su muerte, y tras unos cuantos años son como esos dioses de la religiones abolidas a los que se ofende sin temor porque se ha dejado de creer en su existencia. Pero que Andrée ya no creyera en la realidad de Albertine podía tener como efecto que tampoco temiera traicionar una verdad que había prometido no revelar, inventando un mentira que calumniase retrospectivamente a su antigua cómplice. ¿Esta falta de temor le permitía revelarme al fin, diciéndome aquello, la verdad, o bien inventaba una mentira, si, por cualquier razón, me creía pleno de felicidad y de orgullo y que quería hacerme daño?

 Hablaba en la entrada anterior de la muerte en tres tiempos de Albertine que constituye el núcleo central de Albertine Disparue. La primera muerte es por supuesto el final de su convivencia, mejor dicho, la idea, la certeza que una vez separados, esa vida común tiene la misma consistencia que un sueño del que se acaba de despertar, mientras que el estado de vigilia es un mundo donde esa relación no existe, ni existirá, puesto que el paso del tiempo sólo servirá para confirmar la posibilidad, la realidad de una vida en separado, en la que cada uno de los miembros de la pareja descubrirá que le está permitido vivir sin el otro, y que en realidad, ése y no otro es el estado que asegura su auténtica felicidad.

La segunda muerte es la muerte física de Albertine, su desaparición de este mundo y su conversión en un ser irreal, inalcanzable, inasible, de la misma consistencia que esos sueños cuyo recuerdo se desvanece al despertar, casi antes de que tengamos consciencia de ellos. Desaparición de una persona, del cuerpo, del objeto que representa esa persona que acarrea inevitablemente la de todos aquellos sentimientos que asociábamos con ella, hasta que al final no es que esa persona y su relación con nosotros nos sea completamente indiferentes, sino que simplemente nunca volvemos a recordarla, es extirpada por el olvido de nuestras vidas, hasta el punto que ningún suceso, ninguna ocurrencia podrá volverla a resucitar, aunque sea sólo por unos instantes, aunque sea sólo como fantasma sin rostro en nuestro recuerdo - como ocurre con todas aquellas personas que fueron nuestros amantes en otro tiempo y la que no hemos vuelto a ver en mucho tiempo, cuya evocación, si acusa ocurre, es en forma intercambiable e indefinible, como maniquí único al que se le puede vestir con cualquier ropa que encontremos.

Por ello, mientras el recuerdo - y el dolor - aún son agudos, aún se corresponden con la fuerza y la profundidad de ese amor único e irrepetible que fue descubierto demasiado tarde, demasiado a destiempo, el narrador de À la Recherche se embarca en una búsqueda desesperada de Albertine, de todas las personas que pudieron llegar a conocerla y que quizás - sólo quizás - pudieran narrarle, descubrirla quien era realmente esa mujer que nunca llegó a conocer por entero, a pesar de poseerla, de guardarla entre sus brazos todas y cada una de la noches que duró su amor, pero cuya realidad, cuya visión completa, se le escapaba inevitablemente, sumida en la tinieblas del pasado en que ninguno de los podía concebir - o esperar - la existencia del otro, obscuridad que amenazaba siempre con sumirla y arrebatarla - que acabaría siendo su inevitable destino final - y que incluso en el tiempo que vivieron en común se hallaba representado por los instantes en que ambos no permaneciían juntos.

Búsqueda - de esa Albertina desconocida - que pronto se revelaría huera e infructuosa. Simplemente porque todo aquel al que preguntase, según el momento en que tuviera lugar ese interrogatorio, según la actitud que tomase el interrogador, según los sentimientos que sintiese en ese momento hacia la Albertina buscada, ofrecerá testimonios que se contradirán indefectiblemente, no sólo con los de otras personas, sino con los que ellos mismos prestasen en diferentes instantes vitales, por todas las razones antes señaladas. No hay pues una Albertina, tantas como ojos las observaron, tantas como sentimientos inspiró, y es imposible, enfrentando ante ese laberinto de espejos deformantes, encontrar cual es el objeto verdadero, cual es el reflejo, cual es la imagen veráz, cual la distorsionada.

A pesar de todos nuestros esfuerzos, seremos incapaces de descubrir la verdad, enterrada bajo tantos testimonios, bajo tantas contradicciones, bajo tantas versiones interesadas, bajo tantos errores producidos por la fragilidad de nuestra memoria y nuestra falsas apreciaciones. Quizás la realidad es que la verdad no exista, que nunca existió, que en realidad dejaremos esta vida sin conocer cual fue la representación en la que participamos, cual fue nuestro papel, cual el de los otros actores, o si realmente tendrá, una conclusión, un final, en el que al final los espectadores - incluso los mismos actores - descubran las razones de sus conflictos, las consecuencias últimas de nuestras acciones.

Pero en realidad tampoco importa. Pasado algún tiempo aquello por lo que hubiéramos estado dispuestos a matar, por lo que nos hubiéramos suicidado, habrá perdido todo su significado, no nos moverá ni siquiera al bostezo, puesto que no podremos recordarlo. Nos será tan ajeno como los paisajes que ven los habitantes del otro extremo del mundo, como los afanes que no les dejan conciliar el sueño, al igual que los nuestros a ellos les dejarían completamente indiferentes.

Y esa será la tercera muerte de Albertine. Cuando pase a formar parte definitiva de las tinieblas eternas e insondables del pasado, ésas mismas a las que todo habremos de pertenecer más tarde o más temprano.