martes, 5 de noviembre de 2013

Oral History (y VI)





















Con esta entrada quisiera terminar mis anotaciones sobre la obra maestra de Claude Lanzmann, Shoah, una de las pocas películas del siglo pasado de las que puede decirse será recordada durante largo tiempo, cuando tantas otros productos de temporada - incluyan aquí su lista - hayan encontrado al fin el puesto que merecen: el más profundo olvido. Como ya les he señalado en entradas anteriores, la revisión en la que me he embarcado durante las últimas semanas ha sido motivada por la magnífica edición en BR de Criterion, que no sólo incluye el film orignal, sino los epílogos que Lanzmann montó años más tarde con material descartado, además de largas entrevistas con el director y miembros del equipo de rodaje.

Antes de entrar en el análisis del más largo de los epílogos, el llamado Sobibor, 14 de Octobre 1943, 4 pm, y que recoge el relato de la revuelta en ese campo de exterminio, tengo que hacer una breve referencia a las entrevistas recogidas en la edición de Criterion. Antes de verlas, tenía la impresión que Lanzmann era una persona de convicciones pétreas, con un cierto punto de fanatismo en sus creencias que le hacía supeditar los individuos a los fines que pretendía. Esa concepción mía - falsa, ya se lo advierto - tenía sus raíces en las declaraciones escritas que había leído y la archifamosa escena del peluquero de Treblinka, emocionante, pero con un cierto tufo a manipulación.

Tras haber visto al propio director hablar y explicarse, tengo que admitir que debo retirar gran parte de mi prejuicios. No es que Lanzmann no sea un hombre con unos ideales y unos propósitos, muy al contrario, como demuestra el hecho de que el monumento que es Shoah exista y que no se parezca a ninguna otra película. Lo que me han mostrado estas entrevistas es la sencillez, la humildad y la sinceridad con que Lanzmann aborda su oficio y que contrasta con las justificaciones esteticistas, un poco pedantes, de los miembros del equipo.

Volviendo a la famosa escena del barbero de Treblinka, no tiene ningún reparo en señalar que hubo un esfuerzo de escenificación, de conseguir que el testigo volviese a ese tiempo del horror, expresado en detalles como que la persona a la que se cortaba el pelo no era un cliente de la barbería, sino un extra colocado allí por el director para que sirviese de ancla material al relato. Más que interesante es escuchar como en principio no tenía intención alguna de ir a Polonia y que fue la casualidad la que hizo que incluyese las largas secciones polacas, al encontrar que los lugares del horror eran lugares reales habitados por personas reales.

Fascinante es oírle hablar de como ciertas secciones se conformaron como filmes en sí mismos - la escena de la iglesia de Chelmno, que ya comenté - alrededor de las cuales se fue conformando la película o como escenas míticas. la del maquinista de Treblinka, por ejemplo, fueron preparadas y obraron el milagro de parecer más de lo que eran, de llevarnos a ese tiempo, puesto que en esa escena Lanzmann sólo alquilo la locomotora, pero el espectador tiene la sensación de estar conduciendo uno de los trenes del exterminio.

Como puede suponerse, y aún teniendo en cuenta la desmesurada extensión de la película, gran parte de los testimonios y los relatos tuvieron que quedarse fuera. Esta selección, como nos cuenta el mismo Lanzmann, se vio motivada por otra razón. Es sabido que Shoah intenta explicar el como del exterminio, y por tanto su objeto principal es el modo en el que se llevó a cabo el asesinato masivo de los judíos europeos. Esa obsesión con la muerte no tiene, por supuesto, raíces pornográficas, como la inmensa mayoría de nuestras películas de "denuncia",sino que obedece a un impulso profundamente moral, el de servir de memoria y de testigo de todos aquellos que perecieron y no pueden ya hablar de su sufrimiento.

La gran contrapartida de esta obligación moral es que cualquier elemento positivo, optimista, ha de quedarse necesariamente fuera. Las rebeliones en los campos de concentración de Sobibor y Treblinka son apenas indicadas, y si la rebelión del Ghetto de Varsovia es tratada con cierta extensión, es simplemente por su símbolo de la completitud del exterminio y por el cambio psicológico sin retorno que representa en la historia del pueblo judío. Por primera vez desde la rebeliones de los años 70 y 128 de nuestra era, los judíos se levantaron en armas contra sus opresores, dejaron de ser víctimas indefensas y decidieron, como muestra a cada instante la historia del estado de Israel, que nunca volverían a serlo.

No obstante, historias como la de la revuelta de Sobibor, no podían quedar en la obscuridad. Son demasiado grandes y demasiado importantes, a lo que hay que unir que Lanzmann contó con un testigo de excepción, un superviviente y protagonista del alzamiento, Yehuda Lerner. Su relato es casi una historia de aventuras, con él huyendo de campo de concentración en campo de concentración, hasta acabar en un campo de prisioneros soviéticos, finalmente "evacuado" hacia Sobibor en el otoño de 1943.

Lo que los nazis no sospechaban, tan aconstumbrados a la pasividad de sus víctimas, es que acababan de introducir un caballo de Troya en el campo, en la forma de un grupo de oficiales del ejército rojo. Estos no perdieron el tiempo, y al enterarse de que el campo iba a ser pronto liquidado - ya no quedaban judíos que exterminar en Polonia -  montaron en pocas semanas un plan de motín y huida, que una vez lanzado, en pocos minutos acabó con la vida de la mayor parte de los guardías alemanes y ucranianos, permitiendo que varios centenares de prisioneros huyeran - aunque muchos fueron recapturados y el resto perecería en los meses que aún quedaban hasta la liberación.

Lerner formó parte de los encargados de exterminar a los verdugos nazis y su relato detallado pone los pelos de punto. Especialmente por la evidente satisfacción que muestra - y que consigue que compartamos- , la de haber acabado con los monstruos que planeaban su muerte, que llevaron a cabo la de cientos de miles de personas, y que por esas acciones habían dejado de pertenecer a la humanidad.