martes, 12 de noviembre de 2013

(Not so) Holy History

One of the most fascinating features of early Christianity is that so many different Christians teachers and Christian groups were saying so many contrary things. it is not just that they said different things. They often said just the opposite things. There is only one God. No, there are many gods. The material world is the good creation of a good God. No, it comes from a cosmic disaster in the divine realm. Jesus came in the flesh. No, he was totally removed from the flesh. Eternal life comes through the redemption of the flesh. No, it does not come through the redemption of the flesh. Paul taught those things. No, Paul taught those other things. Paul was the true apostle. No, Paul misunderstood the message of Jesus. Peter and Paul agreed on every theological point. No, they were completely at odds with one another. Peter that that Christians were not to follow the Jewish law. No, he taught that the Jewish law continued to be in force. And on and on and on, world without end.
Not only did those on every side in all of these debates think that they were right and that their opponents were wrong; they also maintained in all sincerity and honesty that their views were the ones taught by Jesus and his apostles. What is more, they all, apparently, produced books to prove it, books that claimed to be written by apostles and supported their own points of view. What is perhaps most interesting of all, the vast majority of these apostolic books were in fact forges. Christians intent on establishing what was right to believe did so by telling lies, in an attempt to deceive their readers into agreeing that they were the ones who spoke the truth.

Bart D. Ehrman, Forged.

Debido que este fin de semana he estado medio pachucho - o más concretamente, me he sentido completamente vacío de energías - me ha dado tiempo a devorar dos libros del estudioso bíblico Bart D. Ehrman, títulados respectivamente, Jesus, Interrupted y Forged - citado al principio, que se centran en analizar las contradicciones internas del nuevo testamento y los complejos problemas de autoría, cuando no sencillamente de falsificación, de estos escritos fundacionales del cristianismo.

Para que me entiendan bien, cuando digo "Estudioso bíblico", no me estoy refiriendo a un estudio teólogico o desde el punto de vista de un creyento del contenido de los evangelios y demás libros del nuevo testamento. Me estoy refiriendo a un estudio científico que utilizando las herramientas del análisis textual y situando esos documentos en su contexto histórico, busca averiguar quién escribió esos documentos y cuál era su intencionalidad política y religiosa. Con ese punto de partida, Ehrman simplemente intenta divulgar a un público no especializado los resultados de la investigación académica en los últimos dos siglos, de 1800 en adelante, tare para la cual demuestra unas aptitudes didácticas bastante notables, aunque no deje de reciclar material de libro en libro, sin enseñar todo lo sabe en uno solo, en una maniobra comercial más que efectiva.

En sí, esa intención no debería ser especialmente polémica, sobre todo si se tiene en cuenta que Ehrmann se limita a contar lo que son hechos archisabidos. al menos en el entorno académico. Como se puede imaginar, tal intención no sentó muy bien en los sectores más radicales del protestantismo americano, aquellos que proclaman la infabilidad de la Biblia y la fabilidad de toda lo demás, y que no ha permanecido callados a la hora de denunciar y atacar a Ehrman. Esa obsesión no deja de ser paradójica cuando ese autor nunca ha negado la historicidad de Jesús, mientras que proclama que el conocimiento de como y quién escribió la biblia es esencial para comprender el cristianismo y no tiene porque entrar en conflicto con las creencias personales de cada uno.


Por supuesto, una cosa es lo que se dice y otra lo que realmente ocurra. En cierta manera, los temores del cristianismo radical están fundados, ya que si se empieza a discutir lo que habla la Biblia, es más que probable que se acabe discutiendo la pertinencia de su contenido y se desemboque en el agnosticismo y el ateísmo, como le sucedió al propio Ehrman. No obstante, esa posición de partida, cerrar ojos y oídos para negar la evidencia, no es más que una muestra de cobardía ante la realidad, de una fe que realmente no puede soportar las pruebas que le pone el señor, al contrario de esa fortaleza de la que tanto presumen los radicales cristianos y de otras religiones.

Para que se hagan una idea de lo que se cuenta en estos libros y de sus consecuencias, voy a poner un ejemplo poco conocido - al menos lo era para mí - y que Ehrman narra con bastante detalle. Se trata de la conversión del apostol Pablo, hecho central en el cristianismo, y que es narrado en dos libros independientes del Nuevo Testamente, las epístolas del propio apostol y los Hechos de los Apostoles. Dicho así, el hecho tendría bastante visos de ser real, ya que lo recogen dos fuentes independientes -veremos luego lo independientes que son - pero nuestras certezas y nuestras confianza en ellas se derrumban cuando se examina lo que ocurrió después.

Según el propio Pablo, tras su conversión en el camino de Damasco, el marchó a Arabia - lo que parece lógico en alguien que desde ese momento no tenía más que enemigos, los cristianos a los que perseguía y sus antiguos jefes a los que había traicionado - y tras tres años de exilio marchó a predicar a tierras de Siria y Turquía, sin pasar por Jerusalém ni tener contacto con los apóstoles. Ese encuentro sólo tendría lugar muchos años después, durante un breve periodo - un par  de semanas - y sólo con dos de ellos, Pedro y Santiago. Lo que se intuye del relato de Pablo y de otras referencias de su cartas, es que la iluminación recibida en el camino de Damasco le bastaba y le sobraba, por lo que no necesitaba recibir las enseñanzas de aquellos que habían conocido a Jesús, porque el ya sabía toda la verdad.

Estas declaraciones de Pablo son desconcerantes e intrigantes - el propagandista de una religión que no muestra interés por conocer a los fundadores de esa religión - y sirve de fundamento a los proponentes de la teoría de un Jesús no histórico, sino inventado. En mi opinión, se ajusta más a la imagen que Pablo muestra en sus cartas, la de alguien que decide crearse una religión propia partiendo de algo que ya existe, sin reconocer otra autoridad que la suya propia mientras acusa a cualquier otro predicador cristiano de falso y equivocado. Sin embargo, lo que nos interesa aquí no es esto, sino lo que se cuenta en los Hechos de los Apostoles.

En ese libro la versión es completamente opuesta. Pablo, recién convertido, marcha a Jerusalén y allí pasa una larga temporada en compañía de todos los apostoles y aprendiendo sus enseñanzas. Está claro que quien escribió el librio de los Hechos intentó demostrar que la armonía entre Pablo y los apóstoles originales era completa, como ocurre después en la controversia sobre si los gentiles deben convertirse primero al judaísmo antes que al cristianismo, en la que Santiago y Pedro apoyan sin reservas la opinión paulina: los gentiles son gentiles, y los judíos, judíos, de manera que unos no tienen porque seguir la opinión de los otros.

¿Quién tiene razón entonces? Evidentemente, la palabra de Pablo, al menos en las cartas que sabemos autógrafas suyas - la mitad en el nuevo testamento no lo son - es más creíble que lo que ocurre en los Hechos de los Apóstoles. Por alguna razón el autor de ese libro - atribuido tradicionalmente a Lucas, aunque esto tampoco es cierto - no nos ha contado toda la verdad o ha preferido "decorarla". Existen dos motivos principales. En primer lugar, el autor de los Hechos demuestra una y otra vez que el relato de los viajes de Pablo le ha sido transmitido de segunda o tercera mano, ya que de forma regular contradice lo que el apóstol cuenta, no en temas de doctrina, sino en detalles como con quién viajó, cuando y a donde.

Parece claro que el libro de los Hechos fue escrito por alguien que no conoció a Pablo, mucho tiempo después de su muerte - si el autor es el mismo que el de el evangelio de Lucas, hacia la década de los 70 o los 80, entre diez y veinte años tras la muerte de Pablo. Los errores y discrepancias podrían ser efecto simplemente de la romantización creada por la tradición oral, que habría tejido todo tipo de historias maravillosas sobre una estructura preexistente.  No obstante, la cuestión no se reduce a eso. Uno de los rasgos más curiosos del libro de los Hechos son los repentinos cambios de la tercera persona del singular a la segunda persona del plural, en la narración de los Hechos, como si el narrador hubiera viajado con Pablo en algún instante.

Sabemos que no es así, ni que tampoco esos pasajes son el registro de la narración de un tercero que sí viajo con el apóstol, como si nos encontrásemos con un texto periodístico avant-la-lettre, Lo desmiente el hecho de que los errores y las discrepancias también abundan en esa secciones supuestamente obtenidas por un testigo ocular. Sólo queda una solución, por tanto, que el redactor de los Hechos mintiera a propósito sobre su identidad para dotar a su relato de una autoridad - la del testigo - que el no tenía.

Con lo que volvemos al punto de partida ¿Por qué varían tanto las versiones de Pablo y la del redactor de los Hechos en lo que ocurrió tras la conversión del Apóstol? Simplemente porque los Hechos son un escrito con una clara intencionalidad política: demostrar que ni hubo disensiones entre los apóstoles. Así la opinión de Pablo - los gentiles no deben someterse a la ley judía - había sido reconocida como válida por los seguidores originales de Jesús. Desgraciadamente, la realidad es la contraria como muestran otros escritos del Nuevo Testamente, así que nos encontramos con un autor, el de los Hechos, que modificó a sabiendas los hechos para que se adoptaran a la posición que defendían.

Un defecto muy humano, el de mentir para servir la causa de la verdad, que desgraciadamente es común a todos los libros del Nuevo Testamento. En realidad no hubo una sóla cristiandad, fundada por Jesús y propagada por Pablo, sino muchas, que se enfrentaron agria y violentamente, sin mostrar ningún reparo a falsificar documentos que sirvieran para hacer triunfar su visión del cristianismo.

El resultado final no puede ser más paradójico. Tanta mentira ha acabado por ofuscar cualquier grano de verdad que pudiera existir. Apenas es posible decir nada de cierto sobre la existencia de ese hombre llamado Jesús, mucho menos de su pensamiento, con lo que no es de extrañar que cada vez sean más - yo entre ellos - los que piensan que nunca existió. Lo cual no deja de ser cierto en parte, ya que Jesús nunca fue cristiano y esa religión fue creación de otros, Pablo en su mayor parte.