domingo, 6 de octubre de 2013

The Beltesassar List (XVIII); The Periwig Maker (1999) Steffen y Anette Schäffler















En mi revisión semanal de la lista de cortos animados recopilada por el misterioso Beltesassar, le ha llegado el turno a The Periwig Maker, corto realizado en 1999 por los hermanos alemanes Steffen y Anette Schäffler.

Este corto es un magnífico ejemplo de las alturas a la que la stop-motion, en su variante de animación de muñecos, ha llegado en estas décadas de transición, obligada por el ascenso del ordenador, los CGIs y la 3D.  Debo confesarles que a medida que exploro el mundo de la animación, crece mi afición y mi admiración  por esta técnica animada, que en gran medida me parece depositaria de la esencia -el secreto - de esta forma de la cinematografía: el dotar de vida a los objetos inanimados, en este caso, los muñecos que pueblan nuestras casas y a los que los cuentos infantiles hacen cobrar vida cuando no están presentes.

El modo en que Schäffler anima a sus criaturas sigue un egregio modelo: el definido tras la segunda guerra mundial por el maestro checo Jiri Trnka. Esta escuela consideraba un error animar demasiado los muñecos que servían de actores, en especial la inclusión de todo tipo de expresiones faciales que tendían bien a ser demasiado forzadas, rompiendo el flujo de la animación, o bien acababan por ser estereotipos intercambiables, expresión A para el sentimiento C. Para Trnka, el rostro del muñeco debía permanecer inmóvil, congelado en una expresión permanente, pero sin llegar a ser un rictus o una mueca, sino casi inexpresiva. La idea basica es crear un misterio alrededor del personaje - indicio de un alma interior - que fuera traicionado por los rasgos faciales tallados en el muñeco, los cuales debían servir no sólo para identificarle, sino para personalizarle, huellas vivas de su pasado, adelantos de sus acciones futuras.

Ese mininalismo expresivo permite por otra parte abordar temas de especial resonancia y gravedad, sin caer en la exageración o el sentimentalismo. Este es precisamente el caso del corto de Schäffler en el que se ilustra el relato que hizo Daniel Defoe de la peste que asoló Londres en 1665. No obstante, si bien las palabras continúan siendo las del escritor británico, el animador alemán traslada ese relato a una situación dramática bien distinta, la de un fabricante de pelucas que observa el desarrollo de la peste - y su impacto sobre el vecindario - desde el interior de su tienda, en donde se ha encerrado para protegerse de ella.

Tal cambio sirve para dotar al espectador de un punto de vista - el del fabricante de pelucas - y así permitirnos entender lo que suponía una epidemia en los tiempos en que la medicina era aún un inmenso compendio de errores. Para nosotros, habitantes de la modernidad, el proceso de la enfermedad y su contagio son conceptos casi triviales, así como los medios que tenemos para defendernos de ellos, sea con medidas activas - antibióticos y vacunas - o pasivas - profilaxis. En los tiempos de Defoe, la única acción realmente efectiva era proceder a una doble cuarentena de la población. Por una parte, los enfermos debían ser aislados, abandonados a su suerte - la muerte, con demasiada frecuencia - en cuanto hubiera la menor sospecha de la enfermedad. Casas, calles, barrios enteros eran así clausurados, sin que se permitiera salir o entrar de ellos bajo pena de muerte, excepto para retirar y enterrar los cadáveres, tarea a cargo de "especialistas" cuya supervivencia no se estimaba esencial.

Por otra parte, los aún vivos se encerraban en sus hogares y evitaban salir en la medida de los posible, endureciendo su corazón a todo el sufrimiento que les rodeaba, aunque fuera el del sus amigos más queridos, el de sus familiares más cercanos. Tal es el caso de nuestro fabricante de pelucas, que observa como sus alrededores se van despoblando y mantiene su encierro, pese a quien pese, por parecerle la única garantía de su supervivencia. Sólo lo romperá una vez, por razones que no son en nada filantrópicas, sino relacionadas con su oficio, falta que, suponemos, habrá de ser causa de su muerte, al exponerle a esa enfermedad de la que había intentado apartar incluso su simple idea.

No les entretengo más. Vean el corto y dejense seducir por su clima malsano, por la extensión de nuestro egoísmo, por la crueldad y la brutalidad que somos capaces de tolerar si se trata de nuestra supervivencia.