martes, 8 de octubre de 2013

Oral History (y V)









































Con mis anotaciones de la última semana, habría terminado con la revisión de la Shoah de Claude Lanzmann. Sin embargo, la edición en BR de Criterion viene cargada de extras, con lo que seguiremos hablando alguna más de esta obra única e irrepetible.

Los "extras" a los que me refiero no son los habituales. Como se puede suponerse, Shoah no es más que una pequeña fracción del material que Lanzmann fue recogiendo a lo largo de los diez años que llevó la gestación de la película.  Sin exagerar, podría decirse que toda la obra posterior de este director - al menos la que merece la pena - no es sino una continua mirada retrospectiva a ese hito cinematográfico, en la que nuevos documentales, completan, ilustran o simplemente revelan, todo aquello que no se pudo contar en los años 80 del siglo XX, bien por falta de espacio, bien por razones de coherencia y estructura de la propia película.

Uno de los cortes obligados fue el que se realizó sobre la larga entrevista - dos días de duración - que Lanzmann sostuvo con Jan karski, oficial polaco y miembro de la resistencia durante la ocupación, que recibió el encargo de entrar en el Ghetto de Varsovia y memorizar un informe con lo que allí viera. En Shoah se dedica largo tiempo a lo que se podría llamar "el informe Karski", que este antiguo oficial, ahora catedrático de historia en los EEUU, relata con todo lujo de detalles, casi como si hubiera ocurrido ayer mismo, pero se calla lo que sucedió después, su salida clandestina de Polonio y su peregrinar por las capitales de los aliados occidentales, incluyendo entrevistas con Roosevelt y Churchill, en las que intentó concienciar a los gobernantes aliados sobre el horror que estaba aconteciendo en su país.

Es conocido que nada - nada útil - salió de esas entrevistas y de hecho una de las grandes sombras que pesa sobre la conducta aliada es la duda de si podrían haber hecho algo más, aparte de ganar la guerra, por detener el exterminio de los judíos europeos. Dejando aparte este problema histórico - al que volveremos más tarde - una de las consecuencias inesperadas de la filmación de Shoah, fue que Karski se sientio defraudado - cuando no traicionado - por Lanzmann, ya que su periplo informando del exterminio no figuró en la película, misión que el consideraba tan importante como su infliltración en la zona prohibida que era el Ghetto de Varsovia.

A modo de compensación, en 2010 Lanzmann estrenó The Karski Report, documental que recoge, sin cortes, ni manipulaciones, el contenido del segundo día de entrevista. Al verlo así, de una tirada, lo primero que descubrimos es el motivo por el que se le encomendó esa misión. No es ya que Karski tenga una memoria prodigiosa, capaz de recordar 35 años más tarde la lista de las personas a las que Roosevelt le encargó repetir el mismo informe que había escuchado unos días antes, es que claramente destaca por su capacidad para observar y sintetizar, extraer los rasgos esenciales de lo que ha presenciado y resumirlo en pocas palabras, las suficientes para que pueda ser repetido sin apenas cambios, sin sufrir los daños inevitables en su contenido producidos por el tiempo y el ovido.

Como bien dice el propio Karski, en ese tiempo el se convirtió en una máquina que repetía una y otra vez, sin implicación emocional lo que había grabado. Gracias a esa capacidad y a ese entrenamiento, Karski consigue hacernos ver - literalmente - lo que todo el mundo había ya olvidado, tal y como se produjo en ese instante. Esa habilidad tiene, sin embargo, un inconveniente. el proceso de reproducción, el antiguo militar polaco se enfrenta a una realidad no adulterada, sin las modificaciones y las enmiendas que el paso del tiempo - y las sucesivas justificaciones - han acumulado sobre nuestros recuerdos. El efecto de este enfrentamiento con el pasado, con lo que fue y con lo que vivió, puede ser devastador, como el espectador pudo presenciar en la propia Shoah, cuando Karski se derrumbó ante la cámara, incapaz de rememorar el horror que tuvo la misión de rememorar.

Ese derrumbe le pone aparte de los otros testigos no judíos que pueblan Shoah. Excepto unas pocas excepciones - el maquinista que transportaba a los judíos a Treblinka o el jefe de estación de Belzec, curioso que ambos sean ferroviarios - el resto parece no sentir ninguna empatía por el destino de los exterminados. En más de una ocasión el antisemitismo de antes de la guerra vuelve a surgir en sus declaraciones y los judíos se convierten en culpables de su propio exterminio, bien por ser el pueblo deicida, bien por tener (supuestamente) el poder económico en sus manos. Este tono de desprecio, de desdén, aparece incluso en protagonistas que jugaron un papel importante en el descubrimiento de los que estaba sucediendo y en su transmisión fuera de las fronteras de Alemania. Así, el delegado suizo de la cruz roja, engañado por los alemanes para que creyera que el campo de Theresienstadt era un lugar casi de veraneo, no puede evitar acusar a los judíos que allí habitaban de privilegiados, casi de traidores, aún conociendo perfectamente lo que realmente ocurrió.

En el caso de Karski, no obstante, no queda sombra alguna de bajeza. El mismo reconoce como ha estado hyendo de lo que vio, de lo que se vió forzado a conocer, hasta el extremo de que prácticamente es la primera vez que vuelve a analizarlo, ahora que charla con Lanzmann. Su honestidad intelectual le lleva a reconocer en el exterminio de los judíos un hecho único, sin parangón en la historia, nunca antes producido, nunca después repetido. Un suceso de una enormidad que no se puede racionalizar, introducir en el flujo natural de la historia, explicar e incluso disculpar, como algo que entra dentro de la normalidad de los hechos y los conflictos políticos, por muy monstruosas que sean sus consecuencias.

El holocausto, la shoah, se torna irreductible, sin explicación, sin justificación, como el summun de la locura, del absurdo, de la crueldad. El signo absoluto de la maldad humana, que nadie puede negar, del que nadie puede apartar la mirada, y que sin embargo, por su propia imposibilidad, por la imposibilidad de convertirlo en algo normal, como la guerra, las matanzas de civiles en combate, los bombardeos terroristas, se torna un tabú, algo impronunciable, no sujeto a discusión ni debate, puesto que escapa a toda explicación, a toda identificación.

Es este facto - y no otro - el que explica el fracaso de la misión de Karski. Al ser algo que nadie en su sano juicio podía concebir que existiera la más mínima posibilidad de repetirlo él, ni siquiera en la peor de las necesidades, en la mayor de las desesperaciones, no era posible creer lo que este enviado salido del infierno contaba.

Tenía que ser imposible, porque no era verosímil.