sábado, 26 de octubre de 2013

A Proust Odissey: La Prisonnière (y I)

Bien plus, ces deux manies inverses de la jalousie vont souvent au delà des paroles, qu'elles implorent ou refusent les confidences. On voit des jaloux qui ne le sont que des hommes avec qui leur maîtresse a des relations loin d'eux, mais qui permettent qu'elle se donne à un autre homme qu'eux, si  c'est avec son autorisation, près d'eux, et, sinon même à leur vue, du moins sous leur toit. Ce cas est assez fréquent chez les hommes âgés amoureux d'une jeune femme. Ils sentent la difficulté de lui plaire, parfois l'impuissance de la contenter et, plutôt que d'être trompés, préfèrent laisser venir chez eux, dans une chambre voisine, quelqu'un qu'ils jugent incapable de lui donner de mauvais conseils, mais non du plaisir. Pour d'autres es tout le contraire: ne laissant pas leur maîtresse sortir seule un minute dans une ville qu'ils connaissent, la tenant dans un véritable esclavage, ils lui accordent de partir un mois dans un pays qu'ils ne connaissent pas, où ils ne peuvent se représenter ce qu'elle fera. J'avais à l'égard d'Albertine ces deux sortes de manie calmante. Je n'aurais pas été jaloux si elle avait eu des plaisirs près de moi, encouragés par moi, que j'aurais tenus tous entiers sur ma surveillance, m'épargnant par là la crainte du mensonge; je ne l'aurai peut-être été non plus si elle était parti dans un pays assez inconnu de moi et éloigné pour que je ne puisse imaginer, ni avoir la possibilité et la tentation de connaître son genre de vie. Dans le deux cas le doute eût été supprimé par une connaissance ou un ignorance également complètes

Marcel Proust, La Prisonnière

Más aún, esas dos manías inversas de los celos se extienden a menudo más allá de las palabras, sea que imploren o rechacen las confidencias. Hay celosos que sólo lo son de los hombres con los que su amante tiene relaciones sin su conocimiento, pero que permiten que se entregue a otros, si es con su autorización, a su lado, y, si no es ante ellos, al menos bajo el mismo techo. Este caso es bastante frecuente entre los ancianos enamorados de una joven. Saben de la dificultad de complacerla, a veces incluso de su impotencia por contentarla y, antes que saberse engañados, prefieren que venga a su casa, a una habitación vecina, alguien que creen no podrá darle malos consejos, pero sí placer. Para otros es el caso contrario, no permiten que su amante salga un sólo instante en una ciudad que conocen, la mantienen en la esclavitud, pero le conceden que marcha a un país desconocido, donde no pueden imaginarse que hará. Frente a Albertina yo sufría de esos dos tipos de manía. No habría padecido celos si sus placeres hubieron tenido lugar ante mi vista, si yo los hubiera supervisado. Ahorrándome así el temor de una mentira, yo tampoco lo hubiera sido si ella partiese a tierras completamente desconocidas para mí y tan alejadas que yo no pudiese imaginar, ni tener la posibilidad o la tentación de conocer su género de vida. En ambos casos, la duda habría sido suprimidad por un conocimiento o una ignorancia igualmente completas.

Al final de Sodome y Gomorrhe, se había producido una catástrofe irremediable en la vida sentimental del protagonista de À la Recherche. Si durante toda la novela había intentado convencernos de que no amaba a Albertine, de que sólo permanecía a su lado por hastio, rutina e indolencia, que en cualquier momento iba a romper con ella y recuperar una libertad de la que nunca había hecho buen uso, el resultado había sido completamente opuesto. De repente, la vida, la existencia se le aparecía como imposible sin la presencia de esa mujer, en negación absoluta de todas las largas y retorcidas excusas que se nos habían alegado una y otra vez.

Dicho así, este giro argumental no diferiría mucho de las aconstumbradas novelas rosas. Sin embargo, como recordarán de otras entradas, Proust, aunque sentimental, es profundamente arromántico - o al menos su romanticismo no es de El Corte Inglés (tm) -. El desencadenante de esa conclusión no fue otro que el descubrimiento sin posibilidad de apelación de la homosexualidad - en realidad bixesualidad - de Albertina, frente a la cual el protagonista se siente desarmado e impotente. La catástrofe de la que hablaba, no obstante, no tiene su origen en que el protagonista vea a su amada como una perdida, en el sentido que nuestros antepasados conferían a ese término, sino que en su relación, en su historia de amor, no ha habido ni habrá entrega completa, que en ella quedan, irreductibles, vastas regiones desconocidas, a las cuales el protagonista jamás podrá llegar, ni siquiera concebir o comprender..

 Albertine es libre, irremediable y esencialmente libre. La ruptura de la relación que les une no es una cuestión que dependa del capricho del protagonista, es Albertine y no otra persona quien decidirá cuándo y cómo termina, y nada podrá hacerse contra ese decreto. La existencia de ese otro mundo, el del lesbianismo, del que Albertine es una de sus ciudadanas, implica un otro universo de placeres y goces, que el narrador no podrá nunca remedar, replicar o substituir. Su derrota es, por tanto completa y segura, su posibilidades  nulas.


Queda una única solución, desesperada y a la larga inútil. Consiste en arrancar a esa mujer a la que se dice amar del mundo en el que habita, encerrarla y custodiarla como si fuera un objeto precioso, de los que se guardan en una vitrina para que no cojan polvo ni los manoseen los desconocidos, y que sólo se saca de su reliquario en ocasiones muy contadas, para nuestro único y exclusivo disfrute.

Decisión desesperada e inútil a largo plazo. Seguir ese camino supone asumir que el amor - o eso que damos en llamar amor - ya no es un elemento de esa relación, como una y otra vez se ve forzado a confesara, a regañadientes, muy a su pesar, pero que su honestidad no le permite dejar de ver. Encerrando, aprisionando, encarcelando, atando y aherrojando a quien conoció como un ser libre e independiente, y que le enamoró precisamente por ello, sólo llevará a una única conclusión, a matar en esa persona aquello que se ama, puesto que aquella vida, aquella vitalidad, eran producto y origen de la libertad que ahora le negamos, por nuestro propio egoísmo, por nuestra propia ceguera.

Porque además esa encierro nunca será completo, su propia existencia hará que el prisionero busque evadirse, que hallé cómplices entre quienes creemos nuestros aliados y que, por aburrimiento, por hastío, por indiferencia, por odio hacia nosotros, por compasión a nuestra víctima, le franquearan las puertas que nosotros creemos cerradas con siete llaves y le suministraran los medios con que saborear los placeres prohibidos que nosotros le negamos. Seremos traicionados por aquellos que más amamos, por aquellos en quienes confiamos y sin embargo, esa traición no será tal, sino justo castigo al sufrimiento que infligimos a alguien que nos amaba sinceramente y que no hacía otra cosa que seguir su propia naturaleza.

Quedarán por tanto sólo dos vias, la de transigir - o la de fingir ceguera - y consentir en esos placeres que nos repugnan, sólo porque nosotros no sabemos proporcionárselos, en la esperanza que así conseguiremos que permanezca junto a nosotros, aunque sepamos que sólo será un alivio temporal, una medida provisoria que sólo hará que retrase brevemente lo inevitable. El otro camino es más efectivo, pero su precio es tan elevado que pocos se atreven a pagarlo, ya que supone renunciar a nuestra humanidad, a cualquier aspiración futura de contarnos entre nuestros semejantes.

Se trata, por supuesto, de devenir un monstruo, por entero, sin paliativos y sin excusas. Convertir ese encierro que una palabra puede quebrar, en una prisión real, de muros y puertas infranqueables.