viernes, 19 de julio de 2013

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Tras el paréntesis de las dos películas que he comentado en las entradas anteriores, Shoshun y Tokyo Boshoku, la que he visto este fin de semana, Higanbana (1958), o Flores de Equinoccio, si lo prefieren, supone la vuelta del Ozu aparentemente más reconocible y reconocido. Frente al pesimismo y la sordidez de los filmes anteriores, en aparente contradicción temática, que no estética, con lo que se supone era el estilo Ozu por antonomasia, Higanbana es un giro en redondo, casi una vuelta al hogar, que destaca y sorprende por dos factores principales: su tono y ritmo de comedia, unido al descubrimiento gozoso del color por parte del director japonés.

Ya les había indicado que uno de los rasgos más notables, a mi entender, de Ozu es su calidad de comediógrafo en el sentido teatral. Esta característica no ha sido suficientemente explorada en la mayoría de los análisis, el cine no es teatro, ni debe serlo, dicen los entendidos, pero para mí es inseparable de su peculiarísimo e inimitable estilo. En Ozu, el ejercicio del arte de la comedia teatral al estilo clásico, le permite dejar respirar a sus personajes, no apresurar sus acciones y reacciones, sino dedicar tiempo y esfuerzos a aconstumbrar al público a vivir con ellos, a conseguir que el espectador aprenda en que entorno se mueven, que relaciones les unen, en clara replicación fílmica del primer acto, el planteamiento, de una obra teatral.

Por supuesto, la comedia teatral en Ozu no se limita a cuestiones estructurales. Cualquier autor cómico es ante todo un perfecto observador de las costumbres humanas, incluyendo, mejor dicho, subrayando, todo lo que de ridículo, pretencioso y falso se oculta tras nuestros más elevados y puros ideales. Como puede suponerse, Ozu no lleva nunca este registro de nuestras debilidades al terreno de la farse, pero lo utiliza a la perfección para reducir la distancia que nos separa de sus criaturas, tan vulnerables como nosotros mismo, al tiempo que utiliza los pequeños gestos en los que nos reparamos, las irritantes manías que todos notan menos nosotros,  para dotar a sus personajes de una vitalidad y una presencia que muy pocos cineastas han conseguido igualar.

Este aspecto de comedia se halla presenta en mayor o menor medida en todas las obras de Ozu, incluso en las más dramáticas, pero en Higanbana - y en la posterior Ohayo - alcanza su mayor expresión, hasta el punto de que las peripecias cómicas acaban por ser el motor que mueve toda la obra y la herramienta de resolución de sus conflictos. Como es de esperar, Ozu no se mueve en el terreno del slapstick, su elegancia y sencillez natural se lo impedirían, pero esto no evita que Higanbana se convierta en una auténtica comedia de enredos, en la que el reparto se confabula contra uno de sus componente, las mujeres de la familia contra el patriarca, hasta derribar su autoridad por el medio de llevarle a una situación en que las contradicciones de su pensamiento no le dejan otra opción que claudicar aunque sea a regañadientes.

Antes de continuar debemos volver al segundo aspecto, al del color. Higanbana, obra de un Ozu ya a las puertas de su vejez, es también su primera película en color. De un cineasta de su edad, educado en el mudo y en los grises, se hubiera esperado un tratamiento más comedido del color, en sintonía con un Ozu que evita todo exceso, todo subrayado  en su cine. Sin embargo, el resultado es completamente el contrario, ya que Ozu aborda el uso del color con una alegría y un empuje más apropiados de un director varias décadas más joven.

Debo decirles que pocas veces he visto un uso más gozoso del color. Si otros directores, como mi amado Mizoguchi, fracasaron completamente en la transición, Ozu triunfa de un modo inesperado. Da la impresión de un niño que hubiera descubierto un juguete nuevo y que buscase apurar todas sus posibilidades, divirtiéndose al máximo y, lo más importante, intentando transmitir ese mismo gozo a sus espectadores, sin preocuparse por cuantas normas escritas o tácitas está infringiendo. En determinados momentos, los intentos de Ozu por exprimir al máximo este nuevo invento, por prensar cuantos más colores, más vivos y más llamativos, dentro del plano, llegan casi a la auténtica borrachera, de la cual como digo somos partícipes, cómplices más o menos voluntarios, y en mi caso completamente convencidos de su necesidad.

Queda un último punto que señalar. Normalmente se suele pensar en Ozu como cronista de la desaparición del Japón tradicional, circunstancia que se presenta con cierto tono elegiaco, propio de un Ozu que se acerca en la vejez y se sabe consignado a la desaparición. Es por ello sorprendente - ¿o quizás no? - por lo de refutación que tiene de esta idea, que en sus últimos filmes se ponga claramente de lado de la generación joven a la que da la razón en su búsqueda de la felicidad personal por su propios medios, en oposición a un mundo en el que la vejez y los patriarcas tienen poder sobre las vidas de sus inferiores y sus familiares.

La visión de Ozu, tal y como se expresa en la ridiculización y neutralización que sufre el patriarca protagonista de Higanbana es aterradora en su simplicidad. Este mundo ya no es el nuestro, sino el suyo y debemos ceder el puesto a los jóvenes para que lo moldeen a su manera, sin interferir en sus decisiones, sino queremos resultar más risibles y ridículos, rancios y anticuados de lo que la edad nos ha tornado ya.