miércoles, 24 de julio de 2013

A Proust Odissey: Du Côte de Chez Swan (y II)

Je me détournais d'elles un moment, pour les aborder ensuite avec des forces plus fraiches. Je poursuivais jusque sur le talus qui, derrière le haie, montait en pente raide vers les champs, quelque coquelicot perdu, quelques bluets restés paresseusement en arrière, qui le décoraient ça et là de leur fleurs comme la bordure d'une tapisserie où apparaît clairsemé le motif agreste qui triomphera sur le panneau; rares encore, espacés comme les maisons isolés qui annoncent déjà l'approche d'un village, ils m'annonçaient l'immense étendue où déferlent les blés, où moutonnent les nuages, et la vue d'un sole coquelicot hissant au bout de son cordage et faisant cingler au vent sa flamme rouge, au-dessus de sa bouée graisseuse et noire, ma faisait battre le cœur, comme au voyageur qui aperçoit sur une terre basse un première barque échouée que reparait un calfat, et s'écrie, avant de l'avoir encore vue: La Mer!

Marcel Proust. Du côte de chez Swann

Me separaba de ellas un instante, para abordarlas a continuación con fuerzas frescas. Perseguía hasta el talud que, tras el seto, ascendía en una pendiente abrupta hacia los campos, alguna amapola perdida, algunos acianos que habían quedado perezosamente retrasados, que lo decoraban aquí y allá de sus blores como el bordado de un tapiz donde aparece espaciado el motivo campestre que triunfará en el panel; aún más raras, espaciadas como las casas aisladas que anuncian la cercanía de un pueblo, ellas me anticipaban la inmensa extensión donde rompen los trigos o se reúnen las nubes en rebaños, y la vista de una única amapola tirando del final de su cordón y haciendo ondear al viento su llama roja, por encima de su boya negra y grasienta, hacia latir mi corazón, como el viajero que percibe sobre una depresión la primera barca embarrancada que repara un calafateador y grita, antes de haberlo visto aún: ¡El mar!

Ya he señalado como,  en los tiempos de la modernidad que cubre los dos últimos siglos largos de historia, de la ilustración al postmodernismo, una figura característica en el arte y la literatura es el del caminante/vagabundo. A ese club selecto, en el cual creo figurar, han pertenecido nombres como Thoreau, Rousseau o Walser, y en este verano que se haya a su mitad he reconocido a dos nuevos integrantes, Giacometti y Pissaro, y me he reencontrado con un viejo conocido, Proust.

Puede resultar extraño que hable de Proust como caminante, como vagabundo. Es más que sabido que murio casi como un eremita, un prisionero, encerrado en una habitación de la que apenas salía, trabajando a horarios inverosímiles en los que la presencia humana no podía molestarle, dentro de una habitación acorchada para atenuar cualquier ruido que pudiera distraerle de su trabajo. Tal personaje más parece una anticipación de esos solitarios asociales, tan comunes en la era de la Internet, que se apartan de todo comercio humano y a los que, en casos excepcionales, como es el de Proust, les salva la calidad del trabajo realizado en la celda en la que ellos mismos se han recluido.


Sin embargo todo el que haya leído con atención Du Cóte de Chez Swan, mejor dicho que se haya dejado seducir por esa novela y haya adaptado sus ritmos internos a los que marca la inmensa y inacabable descripción que la conforma, sabe que en su interior, bajo el disfraz de dos mayores del protagonista, tía y abuela, aparecen dos perfiles contrapuestos, irreconciliables, aparentemente imposibles de embutir en el interior de un único individuo. Uno, el de la tía, prefigura al Proust de los últimos años. Ella es también una reclusa voluntaria, incapaz de escapar del estrecho ámbito de sus habitaciones personales, a las cuales sólo puede acceder un cada vez más reducido grupo de seres humanos. El otro, su abuela, es el de alguien siempre en movimiento, a quien un día no parece completo si no ha caminado cuatro, seis, diez kilómetros, sean cuales sean las condiciones atmosféricas, los peligros y dificultades que pueda hallar en la ruta.

Perfiles opuestos y sin embargo, en el fondo la única imagen. Porque en el fondo, como ocurre con Proust, como ocurre con Kafka, como es la regla de todas las personalidades extremas, este tipo de caminante/vagabundo no es más que un prisionero cuya cárcel es el mundo. A él no le importa el destino, ni la utilidad de su paseo, sino encontrar algo, quizás a sí mismo, quizás una revelación, que el mismo no sabría definir. Nada hay de sistemático en esa búsqueda, nada prefijado, su esencia es el vagar, el dejarse perder en la confianza de que un giro en el camino produzca esa casualidad afortunada que tanto se desea. Y sin embargo, a pesar de esta aparente dejadez e indolencia, exige una atención redoblada, ésa capaz de no dejar perderse ningún detalle, de apreciarlos y absorberlos en todas sus dimensiones - incluso aquellas que no tienen o desconocen - puesto que en ellos puede radicar la pista, la chispa, que abra todas las puertas y demuela la realidad.

Por ello, estas páginas iniciales de Á la Recherche, que en el caso de Du Côte de Chez Swan es bastante más que la mitad de la novela, nos son otra cosa que una inmensa descripción. Una reconstrucción del mundo realizada pincelada a pincelada, con la forma única de ver propia de un caminante, aún jóven, aún capaz de asombrarse por las objetos, las situaciones, los cambios más nímios, transfigurándolos en tesoros que todo el dinero del mundo no podrá pagar, que todo el poder humano jamás podrá tornar realidad ni dominar, ni controlar, sino es de manera negativa, mediante su eliminación, su erradicación.

Porque este mundo Proustiano, soñado, pero al mismo tiempo vivido y por tanto real y alcanzable, es el auténtico paraíso, el único que a los hombre nos será concedido alcanzar. Paraíso, es cierto, y por eso mismo, conteniendo en sí la semillas de su propia desaparición, de nuestra expulsión inevitable. Porque en medio de esta alegría, de este entusiasmo, de este abandonarse rayano en la simple borrachera, se filtra la amenaza de la muerte, ésa que habrá de alcanzarnos inevitablemente, arrebatándonos todo lo que somos, todo lo que nos caracterizó, todo lo que amamos, todo por lo que luchamos. 

Ce qui avait commencé pour elle -  plus tôt seulement que cela n'arrive d'habitude - c'est ce grand renoncement de la vieillesse qui se prépare à la mort, s'enveloppe dans sa chrysalide, et qu'on peut observer, à la fin des vies qui se prolongent tard, même entre les anciens amants qui se sont les plus aimés, entre les amis unis par les liens le plus spirituels, et qui à partir d'une certaine année cessent de faire le voyage ou la sortie nécessaire pour se voir, cessent de s'écrire et savent qu'ils ne communiqueront plus dans ce monde.

Lo que había comenzado para ello - solo más temprano que como ocurre de ordinario - es la gran renuncia de la vejez que se prepara a morir, se encierra en su capullo, y que se puede observar, al final de las vidas que se alargan demasiado, incluso entre los viejos amantes que más se han querido, entre los amigos unidos por los lazos más espirituales, y que a partir de un año determinado dejan de hacer el viaje o la visita necesaria para verse, cesan de escribirse y saben que no se comunicarán más en este mundo