lunes, 29 de julio de 2013

On the Road


La côte des Boeufs, L'Hermitage

 Se podría discutir largo y tendido sobre el modo en que el Museo Thyssen anuncia, presenta y vende su retrospectiva Pissarro - un nuevo paso en su lucha para demostrar que ellos son más impresionistas que nadie, cuando en realidad no es sino una excusa para atraer multitudes - pero sería hacer de menos a Pissarro que no tiene culpa de nada, ni él ni su pintura.

Así que olvidemos esas menudencias y disfrutemos de su pintura que es lo importante.



A lo largo de este verano he señalado varias veces como se está convirtiendo en un encuentro con ese pequeño grupo, pero por ellos menos importante, de artistas que son al mismo tiempo caminante. Personalidades que recorren el mundo con los ojos bien abierto, atentos a encontrar esos momentos mágicos que se nos escapan a la mayoría, atrapados en nuestras rutinas diarias, para describirlos con el mayor detalle y precisión, aunque esa copia perfecta lo sea tanto del objeto visible como de la imagen que de él se forman ellos en el interior de sus mentes. Única manera de ser veraz y al mismo tiempo inspirar a todos aquellos que forman parte de esa familia dispersa de los caminantes, pero que aún no lo saben.

A esa sociedad de vagabundos pertenecen escritores como Rousseau, Walser o Henry David Thoreau. Kafka y Proust son también miembros, a pesar de su tendencia al aislamiento y el autencierro, características que no son incompatibles con el vagabundeo, ya que la única diferencia que las separa es la elecciónentre una celda móvil y una estática, pobladas ambas por las fantasías, por los recuerdos, en los que tan ricos son las mentes de estos artistas nómadas.

Pissarro es también otro de estos artistas caminantes. Cuando veo sus cuadros, especialmente aquellos de sus primeros años, me lo imagino recorriendo los caminos rurales que rodeaban una de sus residencias. Marchando sin descanso y sin rumbo, hasta encontrar un emplazamiento, una perspectiva que, por alguna razón, mereciese ser trasladada al lienzo.

Le Chemin en pent du Côte des Boeufs, Pontiose.
 Hay un rasgo que le distingue radicalmente de otros paisajistas, como su compañero de movimiento, aunque mucho más joven, Monet. El pintor, el caminante Pissaro, no se borran del paisaje. En cuadro de Monet, el paisaje es exterior al pintor, se halla disociado de su presencia, sin caminos ni rutas que nos permitan adentrarnos, perdernos en él. La opción de Pissarro es completamente opuesta, en sus cuadros siempre aparece un camino, un sendero, la misma ruta por la que el pintor llegó hasta ese punto y que queda incorporado, conservado en la representación que este pintor hace del Paisaje.

La impresión conseguida con este recuerdo del camino es sencilla y directa. No nos encontramos en un espacio abstracto, sino en un entorno real, en el sentido de que podemos - a pesar de la distancia y el tiempo transcurrido - llegar a él, andar hasta que una vuelta del camino nos haga toparnos con la misma visión, la misma perspectiva que contemplamos en las salas del museo.

Este efecto se reforzado con la inclusión de figuras humanas en el espacio pictórico, no son unidades de medida, aunque contribuyan a reconstruir el volumen de lo representado, sino que en el pincel de Pissarro - cuyas ideas anarquistas encuentran aquí una plasmación estética - se convierten en presencias reales. Son los caminantes que recorren esas mismas rutas por las que Pisarro y nosotros sus espectadores, nos hemos adentrado. Pronto nos cruzaremos con ellos, habrán de saludarnos, se acercarán a preguntar los que hacemos.

Tan reales, tan naturales son, que algunos no son otra cosa que habitantes de las cercanías, cuya curiosidad les ha hecho acercarse a ver quién es ese extraño desconocido que pinta objetos, entornos sin valor alguno. Figuras atrapadas en el lienzo, como si en vez de pintura, estas obras no fueran otra cosa que instantáneas fotográficas, capaces de capturar  hasta lo completamente invisible para la mirada del artista


Paisaje de Varengeville

Pero hay muchos Pissaros. Más de los que podría ser posible encerrar en una cajita y etiquetar con un rótulo conveniente. No hay que olvidar que era ya viejo cuando se unió a un grupo de rebeldes al que los críticos calificaban despectivamente como impresionistas, como tampoco hay que olvidar que siendo aún más viejo se unió a otro grupo de rebeldes, los puntillistas, quienes se alzaban contra el adocenamiento de sus precursores impresionistas.

Un viejo entre los jóvenes. Extraña excepción. Mayor aún si consideramos que fue aceptado por ellos, no como mentor o guía, sino como un igual. Alguien que no estaba allí para darles lecciones, sino para caminar y descubrir nuevos paisajes, nuevas formas de ver, nuevas formas de expresar y de plasmar esa mirada.

Y asi, aunque paulatinamente la vejez impida que Pissaro se eche al camino, aunque ese encierro se traduzca en la desparición de los senderos de sus pinturas - porque ya no son lugares a los que haya llegado, sino vistas desde sus habitaciones - su pincelada, su elección de colores, siguen siendo tan libres, tan audaces como las de un joven.