martes, 9 de julio de 2013

A parallel history (y VIII)










Como ya he dicho en varias ocasiones las dos últimas compilaciones de films experimentales realizadas por Kino (2 y 3 de acuerdo con su numeración), están centradas en la vanguardia americana de postguerra, un periodo que abarca los últimos 40 y los primeros 50. Como Jonas Mekas definiera en su momento, justo antes de que los 60 trajeran una nueva hornada de obras vanguardistas, los cortos de esa época parecían estar cortadas por un mismo patrón, los problemas existenciales de un joven de raza blanca, narrados con métodos surrealistas.

Hay excepciones, sin embargo. Una de ellas es Plague Summer, rodada en 1951 por Chester Kessler basándose en la novela The Journal of Albion Moonlight escrita por el poeta norteamericano Kenneth Patchen.

Tengo que confesar que aunque no he leído nada de Patchen, su nombre no me es desconocido. Fue uno de los grandes poetas de mediados del siglo XX, una de tantas personalidades que han quedado medio olvidadas - y completamente desconocidas para el lector no anglosajón -. Como tantos otros intentó escapar del marco asfixiante de la poesía tradicional, encarcelada en el enrejado de la rima y la versificación, creando poemas visuales en el que la pintura y la palabra formasen una solo unidad, o la colaboración con músicos de jazz para crear una suerte de jam session poético-musicales, en la que ambos participantes, poeta y músico improvisasen líbremente.

la novela que da origen al corto, The Journal of Albion Moonlight, fue escrita por Patchen al inicio de la segunda guerra mundial e intenta reflejar los sentimientos de pérdida, confusión, impotencia y muerte del autor en el verano de 1940. Éstos se pueden resumir en una frase que podría convertirse en la divisa del corto, como en tiempo de guerra el soldado es alabado y ensalzado, mientras que el poeta es perseguido y denostado. No de otra manera se veía Patchen en ese tiempo, no ya como alguien inútil, lo que hubiera supuesto una cierta justificación y aceptación de la guerra y los ejércitos, sino como un enemigo esencial del conflicto bélico y la matanza colectiva de seres humanos, alguien peligroso que tenía que ser silenciado, anulado, puesto que su propia existencia le convertía en refutación completa de la locura que se había apoderado de los seres humanos.

Por supuesto, la repulsa de Patchen no se plasma de una forma directa, sino a través de imágenes desconcertantes, en parte surrealistas, en parte surgidas de ese mismo ámbito que más tarde se conocerá como teatro del absurdo, y que sirven para mostrar sin ninguna duda la irracionalidad de la guerra, la destrucción inevitable, la uniformización aplastante, a la que abocan a todos los seres humanos sean cuales sean sus biografías anteriores.

La forma en que estas intenciones, estos efectos literarios, son traducidos a la pantalla es ciertamente sorprendente, utilizando una seríe de dibujos - las propias ilustraciones del libro, podría decirse - cuyo significado es explicado por el narrador, ese Albion Moonlight que da título a la novela. El hecho de tratarse de una proyección de diapositivas, sin animación alguna, podría despertar sospechas de baratura, de intento de abaratar costes mediante el uso esterotipado de fondos y patrones, como aquella animación de fin de semana de los años 60 y 70. Es cierto que el dinero no es algo que sobre en una producción experimental, pero la calidad de los dibujos, la fuerza y la expresividad basta para desmentir cualquier acusación.

Unos dibujos que su por caracter desmañado e impresionista, por su propia sucesión implacable en la pantalla, aislados los unos de los otros, sin transición que los ligue, acaban por ser la mejor representación del mundo dislocado de la segunda guerra mundial, aquel en que el poeta pacifista Kenneth Patchen se veía arrojado contra su voluntad.











El siguiente corto es de un viejo conocido, una presencia casi constante en estas compilaciones de Kino. Se trata de Willard Maas, quien junto con su mujer Maria Menken fue uno de los impulsores de este primer florecimiento del cine experimental en los EEUU... aunque para algunos sea más conocida su conflictiva vida marital.

En sí, Image in the Snow de 1952 sería otro más de los cortos tan caústicamente etiquetados por Mekas en su definición. En él nos encontramos de nuevo con el joven sumido en una crisis existencial, en este caso reflejada por el descubrimiento de su orientación homosexual, que le lleva a romper con su madre y la religión familiar. Un camino de autodestrucción que es mostrado tanto en imágenes, como en la voz de un narrador que a veces contradice, a veces corrobora lo que el espectador percibe de manera directa.

Sin embargo, hay una diferencia importante en este corto. Ésa crisis juvenil parece observada desde la distancia de la edad, por aquel que ya conoce la desoladora respuesta a las preguntas y afanes juveniles. Uno de los temas de la película es, precisamente, como el protagonista parece recibir un don de caracter divino, de cuya custodia y florecimiento es el único responsable. Pronto, tras la ruptura con familia y religión, el corto transita a un paisaje de ruinas urbanas, donde la belleza, cualquier belleza, ha sido transformada en basura, donde las urnas que guardaban los tesoros, esos mismos tesoros que la juventud prometía, han quedado finalmente descartadas, vacías ya abandonadas.

Hay un camino, se nos repite una y otra vez. Un camino que conduce a la salvación, a la felicidad, al contacto con sus semejantes. Así se promete continuamente, pero el vagar del protagonista conduce solamente a una doble muerte, a un cementerio donde esas promesas de salvación están enterradas en las tumbas y del que es imposible encontrar la salida, puesto que es nuestro destino. Una antesala de la muerte que será cubierta por el blanco sudario de una nevada, a través de la cual, entre las tumbas, nuestro joven continuará vagando sin rumbo, sin que la belleza que aún es capaz de encontrar, de sentir o de apreciar, le sirva para nada, excepto para atestiguar y confirmar su fracaso.