martes, 21 de mayo de 2013

Sands of Time

Plano de la ciudad de Nippur de época sumeria
Esta entrada, dedicada la exposición Antes del Diluvio: Mesopotamia 3500-2100 A.C, abierta en el CaixaForum madrileño, iba a ser un cúmulo de elogios, pero las circunstancias han decidido lo contrario.

Los elogios iban a estar basados en lo inusual que es una exposición de estas características en un país que no participó en la investigación arqueológica de la región hasta las últimas décadas del siglo XX, de forma que nuestros museos patrios apenas tienen nada que mostrar al aficionado/estudioso. A esto hay que añadir que no estamos hablando de cualquier periodo (proto)histórico, sino precisamente del tiempo, centrado en el cuarto milenio antes de nuestra era, en que brilló por primera vez eso que llamamos civilización y que solemos asociar con la escritura, las ciudades, las obras públicas, la estructuración social, el gobierno, las leyes, la administración, los impuestos, la contabilidad y tantas y tantas creaciones humanas que no nos abandonado desde entonces.



La importancia de ese periodo (proto)histórico no estriba en la narración de estos logros, sino en intentar determinar porqué la humanidad (o al menos una parte de ella) decidió vivir de esa manera y no de otra, a lo que podríamos unir la pregunta de porqué esa forma de vida se extendió a lo largo y ancho del mundo, desplazando a los agricultores independientes y, por supuesto, a los cazadores recolectores. El problema histórico, como puede apreciarse, no es baladí, y es del mismo calibre del planteado por el paso a la agricultura, que nos parece un salto necesario, pero que en realidad nunca tuvo esa necesidad ineludible. De hecho ese fatalismo positivo es una ilusión nacida del hecho de que nosotros vivimos en sociedad agrícolas y urbanas que han alcanzado un grado de perfección que prohíbe la vuelta atrás, mientras que en el pasado las ventajas que ofrecía la agricultura o la ciudad eran mínimas, incluso inexistentes, con respecto a los modos anteriores, de forma que resulta difícil comprender cuales fueron las motivaciones de nuestros antepasados para preferir esta nueva forma.

Creo que queda claro, con estos dos apuntes, la importancia de esta exposición y lo mucho que podía esperarse de ella. Tengo que confesar que la primera vez que la visite la disfruté enormemente, dada mi pasión por la arqueología, pero como ya les he anunciado al principio, mi disfrute ha sido frustrado por los acontecimientos posteriores.

En primer lugar, el CaixaForum ha decido que la cultura y el conocimiento no son un derecho de todos los seres humanos, sino un privilegio, una mercancia a la que se accede pagando. Durante más de treinta años, añ menos desde 1982, cuando vi mi primera exposición en la antigua sede la Caixa (una magnífica retrospectiva de Marcel Ducham), esta institución era un espacio abierto a todos de la que se podía esperar lo mejor de lo mejor. Ya no lo es, y ahora todo el que quiera disfrutar de la cultura y la historia deberá apoquinar cuatro Euros, injuria a la que se añade el insulto de que se nos anuncia que es por nuestro bien, para ayudar a la Caixa a seguir organizándo estas exposiciones. Un argumento que sería válido - y que yo aceptaría - si no fuera por los cargamentos de dinero que estamos enterrando para salvar a los bancos y que salen de nuestros bolsillos (colectivos).

Por supuesto, de este cambio de política de la casa madre no tiene culpa la exposición. De hecho podía haberlo disculpado sino fuera porque tuve la malhada idea de comprar el catálogo, con el objetivo de profundizar en el estudio de la exposición... con el inesperado resultado de que acabé arrojándolo contra la pared, cosa difícil dado su volumen y peso. La cuestión es que según los "expertos" a cargo de los estudios iniciales, los sumerios nunca existieron como tales (?) y la lengua sumeria no fue otra cosa que un esperanto (!?), una lengua artificial creada para comunicar a gentes de la más diversa procedencia y orígenes (!!!?) que dieron por reunirse bajo el paraguas de las ciudades del sur del actual Iraq, las cuales por cierto, puede que ni siquiera tuvieran una agricultura basada en el regadío y los canales de riego (!!!?????).

Vayamos por partes.

Una de las revoluciones silenciosas de finales del siglo XX (de 1960 para acá) en el campo de la Arqueología fue la disolución de lo que se llama la arqueología cultural. Esta modalidad de la arqueología intentaba identificar lo que se podría llamara "fósiles" directores, es decir, unos hallazgos tipos, como podrían ser una tipología de vasija, que fueran característicos de un estrato arqueológico y de lo que se llamaba "cultura". La utilidad de estos fósiles directores era innegable, ya que permitía construir una cronología relativa entre yacimientos aislados (=eran más o menos de la misma antiguedad) y permitía rastrear la extensión geográfica y temporal de esas supuesta "cultura", al detectar cuando se producía la substitución de un fósil director por otro, de una cultura por otra.

El problema, por supuesto era adivinar que había detrás del concepto de cultura y porqué se producían esos cambios culturales, explicación en la que la arqueología cultural fracasó de plano. Para esta corriente arqueológica, nacida en una Europa donde el nacionalismo era una religión, los cambios culturales implicaban cambios de pueblos, entendidos estos como unidades sociales que compartían costumbres, lenguaje, religión y rasgos étnicos. O expresado en terminos más crudos, los cambios culturales sólo se producían en el contexto de migraciones, invasiones y guerras, en los que la población autóctona era "reemplazada" por los recién llegados.

Lo falta de adecuación de esta teoría con la realidad era tan evidente que resulta difícil comprender como pudo sobrevivir tanto tiempo, especialmente cuando había casos - como el problema del vaso campaniforme en Europa occidental - en que dos fósiles directores aparecían en el mismo estrato de un yacimiento, llevando a los arqueólogos a proponer teorías cada vez más delirante. La arqueología contemporánea, por tanto, ha puesto de manifiesto fenómenos como la difusión, la emulación y el comercio, para explicar como una cultura puede expandirse territorialmente sin que se produzca un remplazo de poblaciones, pero en contrapartida ha acabado por negar la influencia de guerras e invasiones en este proceso, llegando a un absurdo similar al de la arqueología cultural, ya que en ese afán se han llegado a rechazar de plano las fuentes escritas que relatan procesos no pacíficos, como incompatibles con el ideal teórico.

En el caso de Sumer y los sumerios, la arqueología cultural presuponía la llegada de este pueblo a Mesopotamia en un tiempo remoto como una unidad que traía consigo un idioma único  y todos los rasgos culturales encontrados durante las excavaciones arqueológicas, como si labradores que se limitan a sembrar en un terreno fertil. Con el tiempo se habría producido una segunda migración, la de los semitas y el idioma acadio, que habrían desplazado a los Sumerios y convertido su lengua en otra más de las lenguas muertas. Por supuesto, la supuesta patria de los sumerios se habría localizado en los lugares más disparatados, desde el Cáucaso a la India, a gusto de la fantasía del historiador.

Lo que sí sabemos es que la agricultura no es nativa de los cursos bajos del Tigris y el Eúfrates, sino que surgió, hace 10.000 años, en el inmenso arco de montañas que enmarca, de Jordania a Kuwait, esa cuenca fluvial. También sabemos que la expansión de la agricultura - al menos en Europa - sí supuso una substitución de población, en la que una mayor densidad de agricultores fue expandiéndose, comiendo el espacio a los cazadores-recolectores, que bien se adaptaron a las nuevas circunstancias o fueron desplazándose a regiones cada vez periféricas. Un proceso que no fue tan simple, ni tan lineal como se puede pensar, ya que en esas épocas de transición existieron conglomerados urbanos - piénsese en Jericó o Catal Hüyük - que fueron capaces de subsistir durante milenios sin utilizar la agricultura.

En este sentido no resulta difícil pensar en una población de agricultores montañeses que colonizase las planicies aluviales - y que su idioma fuera el Sumerio. Que hubiese coexistencia con otras poblaciones existentes - por ejemplo los hablantes de Acadio  - y que esa sociedad fuera mucho más abierta y menos monólitica que los estados nacionales del XIX y XX es la hipótesis más probable, si tenemos en cuenta que esos conceptos de estado aún no existían - tendríamos que esperar a mediados del tercer milenio para ver aparecer el primer Imperio - y que los individuos tenderían a poner su lealtad en su ciudad, como ocurriría en la Grecia de varios milenios más tarde.

Por supuesto, esta hipótesis tiene más puntos de contacto con la realidad que la de un Sumerio como herramienta contable, y seguiría de cerca el proceso tantas veces repetido por el que una lengua hablada, acaba por convertirse en una lengua escrita de uso ritual - lo que ocurrió con el Sumerio en el segundo milenio, sin tener que postular que fuera una creación ex-nihilo, que plantea más problemas de los que resuelve y que, por otra parte, no deja sino un enorme vacío, que obliga al historiador, como es el caso de los artículos de este catálogo, a seguir hablando de los sumerios aun cuando no crea en ellos.