martes, 7 de mayo de 2013

Old Tales




















La ascensión de Hosoda Mamoru a primera figura del anime ha sido meteórica. Con sólo dos películas, Toki wo Kakeru Shoujo (La Chica que saltaba a través del tiempo) y Summers Wars, se ha hecho un lugar entre los más grandes, sin que afortunadamente todavía nadie le halla calificado como el nuevo Miyazaki, preludio de una caída inevitable en la irrelevancia, como ocurrió con Shinkai Makoto.

Parte de ese falta de etiquetas innecesarias se debe a que aparentemente el estilo de Hosoda es indistinguible del anime tradicional, sin las virguerías hiperrealistas de un Shinkai, lo que llevó a algunos comentaristas a menospreciar a Toki wo Kakeru Shoujo, tachando su animación de pobre y burda. Esta calificación errónea lo único que demostraba es una grave falta de percepción entre los espectadores, demasiado común entre los otakus, ya que cualquier aficionado entrenado en otras tradiciones enseguida descubría como Hosoda individualizaba a sus personajes a base de pequeñas pinceladas que reflejaban sus personalidades a través de sus movimientos , sin contar que la tosquedad de la animación era reflejo de toda una larga tradición de la animación, la que no tiene miedo en deformar y desdibujar a sus personajes para hacerlos más expresivos. Todo lo contrario de esa fidelidad absoluta al diseño original que encorseta y fosiliza tantas y tantas series actuales.

La tercera película de Hosoda, Ookami no Kodomo: Yuki to Ame (Los niños lobo: Yuki y Ame) ha venido a confirmar el talento de Hosoda, si es que esto hacía falta alguna. No obstante, aunque en mi opinión no tiene nada que envidiar a sus hermanas anteriores, ha pasado sin levantar especiales pasiones, quizás por su tono menor, sin pretensiones ni la pirotecnia de sus dos filmes primeros, a pesar de lo fantástico del material de partida, profundamente arraigado en ese realismo en el que lo maravilloso se filtra, tan caro al anime japonés.

Debo decirles que, justo al principio de la película, se comete un error que se está conviertiendo en demasiado habitual en el anime reciente. Para abaratar costes y al mismo tiempo evitar los planos de multitudes congeladas como los fondos sobre los que se mueven los protagonistas, se ha optado por crear y animar a estos secundarios con ayuda del ordenador, disfrazando luego la 3D como si fuera 2D, produciendo un efecto completamente contrario al que se pretendía, ya que estas multitudes acaban moviéndose y actuando como robot, contradiciendo la fuerza vital y la expresividad de los personajes principales.

Es el único defecto y apenas dura unos minutos, porque enseguida Hosoda restringe dramáticamente el ancho de su encuadre, se olvida del resto del mundo, y pasa a narrar la historia de amor de los protagonistas, la joven estudiante y el ser anfibio, medio hombre medio lobo, del que acaba enamorada. En manos de otro director, ahí se habría quedado todo, como mucho convertido en una peripecia de acción con malos y buenos de opereta. No, de hecho, esta historia podría haberse contado sin necesitar los aspectos sobrenaturales, que sólo sirven para subrayar la universalidad - no, la cotidianidad - de su mensaje: la dureza y los muchos retos que supone el vivir - el sobrevivir - en este mundo nuestro.

Así la historia se convierte pronto en una historia de supervivencia, la de la joven madre que tiene que sacar adelante por si sola a los dos hijos que ha tenido con su amante, Yuki y Ame, niño y niña, ambos también seres anfibios, cualidad que impide que puedan tener una vida normal. Es en este instante cuando se produce el tercer giro argumental de la cinta, cuando descubrimos que la voz del narrador no es otra que la de Yuki y que en realidad la película no trata de otra cosa sino de la decisión que ambos niños tendrán que tomar según se hagan mayores, si elegir el mundo de los hombres o abandonarlo para volver a la naturaleza.

Caminos que cada uno tendrá que tomar por separado, en solitario, sin poder contar con el resto de su familia, por mucho que les ame, y que acabarán por romperla y deshacerla, como ocurre con todas las familias, de una manera u otra.

Unas decisiones vitales, que Hosoda ilustra con una sensibilidad inusual no desprovista de humor- virtudes ambas que brillaban en sus dos obras anteriores - y con escenas e imágenes de una belleza a veces sobrecogedora, que no tienen miedo a la digresión, tan necesaria - y tan olvidada ahora - para crear la atmósfera que nos haga compartir las vivencias de los personajes cuyo mundo será, por unos instantes, más real que el nuestro.