miércoles, 24 de abril de 2013

A parallel history (y V)






No puedo estar más agradecido a las compilaciones de cine experimental editadas por Kino Video, ya que me están descubriendo mundos desconocidos. El único reparo que puede hacérsele es que no se ha hecho ningún esfuerzo por restaurar el material - lo cual puede ser difícil dado los materiales con los que la vanguardia trabajaba - ni se han  preocupado por crear un master digital en condiciones, sin los efectos de ghosting y entrelazado tan propios de las primeras ediciones DVD.

El volumen 2, que esto volviendo a revisar estos fines de semana, es curiosamente homogéneo, ya que se centra en la vanguardia americana en los primeros años tras la segunda guerra mundial, aproximadamente en el periodo comprendido entre 1945-1955. Hay algunas excepciones, como el magnífico manifiesto letrista Traite de Bâve et d'eternité de Isidore Isou, pero incluso ellas sirven para confirmar la tónica general de la compilación, al pertenecer al mismo periódo histórico y compartir un cierto aire de familia.

Ese aire de familia consiste en que las películas experimentales de ese periodo han servido para conformar la idea popular del cine de vanguardia, llegando incluso a la parodia. Según ese concepto tan extendido, el cine experimental se reduce a la expresión de las angustias existenciales del protagonista - hombre blanco joven - plasmadas con ayuda de recursos surrealistas, que hagan la lectura e interpretación del contenido casi imposible. Un tópico que es especialmente cierto en el caso de estos cortos, en muchos casos surgido de las recién creadas cátedras de artes visuales en las universidades americanes, pero que niega de plano muchas otras formas de la vanguardia, como la abstracción de un Fischinger, Belson o los Whitney; o el cine-yuxtaposicion, casi impresionistas, del Brakhage pleno o de un Mekas.

En realidad, estos cortos de entre 1945-1945 no pueden estudiarse aislados del arte y la sociedad de su tiempo. Esa época es testigo del ascenso de los informalismos en arte y del existencialismo en filosofía, movimientos que surgen como respuesta al horror de la segunda guerra mundial y cuya aportación fundamental es el abandono de la belleza como objetivo fundamental de la búsqueda estética, unida a la negación de un orden subyacente que pueda explicar el devenir de los hechos históricos... mucho antes de que el postmodernismo negara la posibilidad de establecer gradaciones y comparaciones en esos ámbitos.

House of Cards, rodada por Joseph Vogel en 1947, al que pertenecen las capturas que abren esta entrada, es un ejemplo muy apropiado de como estos conceptos se aplicaban al cine. La anécdota argumental de la cinta gira alrededor de un hombre encerrado en la su casa, convertida en su propia cárcel/escondrijo, en la que intenta refugiarse del recuerdo de unos hechos ocurridos en un pasado indefinido. La tensión entre el estado presente y lo ocurrido en el pasado se ve complementada por un viaje/huida al exterior durante la que el protagonista principal, en sus dos apariencias, se ve envuelto en una serie de hechos y acciones aparentemente sin relación alguna con la historia principal.

Por supuesto, esta confusión narrativa es completamente premeditada, y lo que realmente importa es la sucesión de imágenes fascinantes por su carácter enigmático e inquietante, que van entretejiéndose a lo largo del corto. Una yuxtaposición que en ningún instante resulta forzada, sino que, como en las mejores obras inspiradas por el surrealismo, parecen obrar de acuerdo con una lógica implacable, de la cual desgraciadamente desconocemos la clave, y entre las cuales llegan a infiltrarse pequeños fragmentos animados, debidos a una pareja de hermanos John y James Withney, que acabarían figurando entre los indispensables de esta forma.










El otro corto que vi este find de semana es The Potted Psalm, dirigido en 1948 en colaboración entre Sydney Peterson y James Broughton. La principal diferencia entre ambos cortos es que si en House of Card llegaba a atisbarse una historia subyacente que unificaba la secuencia de imágenes, The Potted Psalm alterna entre los sucesos en un cementerio abandonado, donde extrañas figuras vagan sin descanso, y una más que peculiar orgía en una casa de placer, escenas unificadas por la coincidencia en ellas de un mismo personaje al que de vez en cuando se le ve vagabundear por una ciudad americana, sin que se sepa si va o viene de uno de estos lugares.

Es obvio que The Potted Psalm, a pesar de las particularidades de sus dos localizaciones, no tiene nada que ver con el film de horror o el erótico. En ambos lugares, como era de esperar las acciones se reducen al ritual y al ciclo sin fin y sin sentido tan caro a los surrealistas. Los sucesos, por tanto adquieren un claro carácter de círculo vicioso, desprovisto de cualquier significado ulterior, conocido solo por los iniciados, sino que aparentan ser algún tipo de condena, en el que los personajes se debaten sin poder - ni desear - salir de él, efecto subrayado por la aparición de figuras grotescas y absurdas, como el juerguista sin cabeza, al cual diferentes objetos colocados en el espacio vacío le sirven para suplirla, o la cabeza de maniquí que recorre el cementerio envuelta en un blanco sudario.