sábado, 20 de abril de 2013

The dark expanses of being


Visitaba esta mañana la exposición Maestros del Caos: Artistas y Chamanes, aún abierta en el CaixaForum madrileño - nunca se agradecerá bastante a esa institución su predilección por las exposiciones etnográficas - y no podía evitar pensar en las ramificaciones que su contenido, aparentemente neutro y enciclopédico, tiene en el mundo presente.

Hasta ayer mismo vivíamos en un mundo racional, en el que todos sus fenómenos eran comprensibles por nuestra inteligencia y todos sus procesos ocurrían a plena luz del día. La ciencia - sobre la que se sustenta mi edificio ideólogico - y la economía - transformada también ella en un ciencia más - parecían prometernos la solución de todos nuestros problemas, devenir en una herramienta mediante la cual el mundo fuera tan sencillo de manejar como cualquiera de las otras máquinas que utilizamos en nuestro mundo diario. No contábamos con los mecanismos de la mente humana ni con el azar caótico inherente a esa misma realidad que tan bien sabemos describir y predecir.



La mente humana, tan brillante en ocasiones, posee limitaciones más que evidentes, siendo quizás la más importante su tendencia a aceptar expliaciones falsa siempre que éstas sean sencilla, lo que explica el renacimiento actual del fanatismo religioso y el pensamiento religioso, que la ilustración creyó desterrar, pero que el postmodernismo ha vuelto a instaurar como iguales a la ciencia y la razón. Por otra parte, nuestras estructuras sociales y económicas se ven sometidas a tensiones - el calentamiento global, el agotamiento de los recursos naturales, la crisis económica en la que vivimos desde hace casi una década -  frente a los cuales somos tan impotentes como los hombres de las primeras civilizaciones y contra los cuales nuestras acciones son tan infructuosas como los conjuros de brujas y chamanes.

En cierta manera, seguimos siendo salvajes con un leve barniz de civilización, que se quiebra al menor contratiempo. Nuestros parámetros mentales, nos guste o no, siguen siendo los comunes a la especie, de manera que, en el fondo, consideramos que todas las fuerzas naturales que escapan a nuestro control no son sino el producto de divinidades caprichosas y arbitrarias, que juegan a placer con nosotros, como seres superiores que son, como nosotros podemos torturar a las hormigas de un hormiguero para pasar el rato.

En ese mundo en que el hombre se haya permanente amenazado, la figura del chaman es capital, ya sea como elemento central y reconocido de la vida de una sociedad - el chamán que todos conocemos de los relatos antropológicos - o como fuerzas obscuras y ocultas, situadas al margen de la sociedad y perseguida por ella - la bruja de las culturas occidentales, perseguida por un clero que no es sino un chaman funcionarizado -. En cualquier caso, el chamán es alguien que tiene la capacidad de vivir entre dos mundos, de viajar al mundo de dioses y espíritus, conocer sus deseos y caprichos, y transmitírselos a los seres humanos.


Un se, medio humano/medio divino, benéfico y maléfico al mismo tiempo, que se caracteriza por su excentricidad y su inmenso poder, que en ocasiones pueden llevarle a quebrar las normas por las que se rige la sociedad, hacer temblar las bases sobre las que ésta se asienta y a los mismos gobernantes que la presiden, sin que por ello se deriven castigos ni represalias. Aquel que se atreviese a levantar la mano contra el elegido de los dioses, no haría que atraer sobre y sobre los suyos la cólera de los seres superiores.

Existe por tanto, una dualidad evidente en el fenómeno del chamanismo. Por un lado quien mantiene el equilibrio de la comunidad, atrayendo el favor los dioses y aplacando su ira. Por otro, el del loco sagrado, quien destruye las normas de esa misma comunidad y muestra su absurdo. Es este segundo aspecto el que, según la exposición, conectaría el chamanismo con el artista moderno,  pero por mucho que me gustaría coincidir con esa conclusión, no puedo por menos que disentir. La razón es simple, esos artistas en realidad no están integrados en la sociedad, si desaparecieran - especialmente en este mundo donde todo es un producto y es comercializable - la sociedad moderna seguiría su camino, mientras que si el chaman de las sociedades primitivas fuera extirpado de su seno, ellas mismas se desvanecerían.

Lo cual dice muy poco sobre la papel que el arte, como medio de cohesión e identificación, tiene en nuestras sociedades ultratecnificadas.