domingo, 7 de abril de 2013

The World at War: Hitler's Germany, Total War 1939-1945










En el episodio anterior la serie The World at War había mostrado como Hitler se había granjeado la fidelidad - o al menos la connivencia - de la mayoría de los alemanes. El secreto es bien sencillo: crear esa comunidad nacional en la que sus participantes fueran imbuidos de la consciencia de pertenecer a los elegidos, mientras que el peor de los castigos espera a cualquiera que fuera excluido del concepto de Alemania y los Alemanes. Ese sentimiento de superioridad, basado en la exclusión y la opresión de todo lo que no fuera alemán - judíos, disidentes, izquierdistas, enfermos mentales, asociales - emborrracho a demasiados, satisfechos con poder oprimir a una minoría identificada con todos los males y miserias que habían aquejado a Alemania y mantuvo a muchos otros en el terror y en el silencio, enfrentados a un estado omnipotente y omnipresente, contra el que no cabía rebelión alguna fuera de la que pudiera ejercerse dentro del propio cráneo.

No debemos considerarnos muy distintos de esa Alemania nazi, ya que nosotros también aceptamos la desgracia de sectores enteros de nuestra propia población e incluso les acusamos - y criminalizamos - por las propias penurias que sufren, de manera que esa reacción de los alemanes - yo soy feliz, tú no, j*dete - es perfectamente comprensible y asumible por nuestras sociedades. Lo que ya escapa a nuestra experiencia cotidiana es lo que ocurrió después cuando esa Alemania y esos Alemanes, adoctrinados en el concepto de ser la raza superior del continente - y autorizados por eso a ver satisfechos sus caprichos sin admitir oposición alguna - se hicieron amos y señores de toda Europa por la fuerza de las armas e impusieron " Pax et Lex Germanica" en todos sus rincones.

Es este Orden Nuevo el que intenta explicar el capítulo de esta semana de The World at War, visto siempre desde el punto de vista de los alemanes, los amos y señores de esa Nueva Europa que debería convertirse en el jardín privado de la raza  y la cultura superior. El sentimiento dominante en los primeros años de la guerra, especialmente tras la cataclísmica derrota de Francia, es el de una borrachera de triunfo. Todos los enemigos de Alemania habían sido derrotados o iban a serlo, y nada podía oponerse a la marea de los ejércitos alemanes. Esto explica que Hitler y sus generales se lanzasen sin titubeos a la campaña de Rusia o que se declarase la guerra a los EEUU, justo cuando la operación Barbaroja había sido parada en seco a las puertas de Moscú. Para Hitler y para Alemania entera, esos eran sólo contratiempos temporales, porque cada año traería nuevas victorias, nuevos éxitos hasta que el mundo entero - o al menos Europa - fuera únicamente alemán.

Esa euforía, esa consciencia de que nada podía detener a Alemania, de que todo le estaba permitido, se halla detrás de todas las atrocidades cometidas por el régimen nazi durante la guerra. Ellos eran los nuevos señores feudales de Europa y tenían derecho a disponer de las vidas de todos los seres inferiores que habían tenido la desgracia de caer bajo su dominio. Este derecho de vida y muerte no se restringía únicamente a los judíos, que debían ser erradicados de una manera u otra, sino que se extendía a naciones enteras, como los eslavos, que debían ser convertidos en esclavos del nuevo reich eliminando a sus elites y a toda la población innecesaria; a homosexuales, enfermos mentales y gitanos, y en general cualquiera que no se ajustase al ideal nazi, los cuales debían ser extirpados de la supuesta comunidad vigorosa que ese movimiento intentaba fundar; y a cualquier movimiento de resistencia y oposición en los países ocupados, de cuyas acciones se debía hacer responsable a la población entera, como muestran las acciones de represalia que llevaron a la eliminación de pueblos enteros como Lidice en Checoslovaquía, Oradour sur Glane en Francia o Marzabotto en Italia.

Si Alemania hubiera ganado la guerra, todo esto hubiera sido olvidado, omitido en la versión gloriosa que de sí hubieran narrado los vencedores, pero no ocurrió así, y desde 1942 la marea empezó a volverse en contra de Alemania. Pronto la venganza de todos aquellos que habían sido humillados y ofendidos, de los que habían sufrido exterminio o las represalias nazis, pudo alcanzar a sus antiguos opresores, de manera que una tras otra las ciudades alemanas fueron bombardeadas y aplastadas, sus ciudades tomadas al estilo medieval - saqueos y violaciones sin freno, sin tasa - por parte las tropas rusas, hasta que Alemania no fue otra cosa que un inmenso campo de ruinas en el que los supervivientes no esperaban otra cosa que la muerte les liberase de tanto sufrimiento.

Y fue entonces, cuando Alemania parecía a punto de desaparecer bajo los golpes de todos los enemigos que se había creado, de todos aquellos a los que había querido aniquilar y exterminar, cuando su Führer mostró su auténtica calaña. Porque él nunca se preocupó por el sufrimiento de los alemanes, ni intentó atenuarlo, ni por supuesto buscar una paz que evitase el apocalipsis, aunque él tuviera que ofrecerse como víctima propiciatoria para salvar a su pueblo. No, cuándo su mente al fin comprendió que el nazismo iba a perecer, simplemente decidió que los alemanes le habían fallado y que sólo merecían ser castigados por haber faltado a su destino. Alemania debía desaparecer como pueblo y todo aquello que le permitiese sobrevevir en la postguerra debía ser destruido, puesto que Alemanía no podía sobrevivir a su pueblo.

Una traición, una cobardía, que resulta aterrador oírla en este episodio en palabras de aquellos que habían creído en él y que se sintieron traicionados hasta lo más hondo por los actos de Hitler en sus últimos momentos. Un sentimiento por supuesto que algunos de los más fanáticos no comparten, como el abyecto Otto Remmer, viviendo tranquilamente en España bajo la protección de ese gran demócrata llamado Francisco Franco, y que aún proclama, en las imágenes finales de este episodio, cuánto bien hizo Hitler por Europa, poniendo los pelos de punta a todos aquellos que, si hemos podido vivir, es precisamente porque Hitler cayó.