sábado, 31 de marzo de 2012

Red, Blue, Yellow and Green

La Dance
Durante esta primavera, dentro de las exposiciones dobles que organizan el Museo Thyssen y la Fundacióm CajaMadrid (¿Bankia?) puede disfrutarse de una amplia retrospectiva del pintor ruso Marc Chagall.

No creo que a nadie le extrañe si digo que Chagall es uno de los pintores de las vanguardias históricas que más predicamento tiene entre el público en general. Otros quizás atraigan mayores multitudes, como es el caso de Picasso, pero a pesar de todo su nombre siguen pareciendo extraños y lejanos a la mayoría, a pesar de que la distancia entre nuestro presente y el de los ismos, se empiece a contar ya por siglos. No es el caso de Chagall, que se nos aparece especialmente humano, accesible y cálido, adjetivos que casi son antónimos del concepto de modernismo artístico.

Entre las razones que permiten explicar este fenómeno se halla la no-pertenecia de Chagall a ninguno de los ismos que sirven para orientarse en la maraña de fenómenos artísticos de la primera mitad del siglo pasado. Otros pintores fueron fundadores, figuras definitorias de algunos de estos movimientos, como es el caso de Picasso y el Cubismo, mientras que otros se ascribieron a algunas de esos estilos ya prexistentes y devinieron inseparables de ellos, como es el caso de Dali y el Surrealismo.

En este último estilo se ha intentado embutir muchas veces a Chagall, en parte por la obsesión de los surrealistas por convertirse en le único estilo posible y absorber el resto de las manifestaciones artísticas del siglo, en parte por la propia ignorancia de los aficionados que quieren reducir todo lo que ven a lo ya conocido, pero para cualquier que tenga unas cuantas horas de vuelo en exposiciones y el ojo un poco aconstumbrado a detectar matices, se hace claro que el adjetivo de surrealista es una mala elección para un pintor como Chagall, cuyo único punto de contacto es el onirismo de su propuesta, pero que nunca busca el hermetismo temático, ni muchos menos comparte el espíritu subversivo y revolucionario del núcleo duro del movimiento.

Es así como nos encontramos con una de esas figuras aisladas en el contexto del arte modernista de principios del siglo XX, que sólo pueden catalogarse con etiquetas cajón-de-sastre, como aquella de la escuela de París que engloba a todos los pintores que convivieron en el barrio de Montmatre, pero que no pueden adscribirse a ningún movimiento. Un pintor que como digo, está caracterizado por la amabilidad de sus temas, la accesibilidad de su pintura (todo ello por supuesto, dentro de la excentricidad de la vanguardia) y su compromiso constante con la belleza plástica y estética, un repudio consciente y constante de la fealdad, que le hace próximo a esos otros pintores favoritos del público que reciben el nombre del impresionistas.

La ventana en Zaoilchie
Dicho así, y para ciertos aficionados y críticos, lo anterior podría suponer una crítica demoledara, al encontrarnos con un pintor contemporáneo vació de un espíritu de crítica y revuelta, que, si no fuera por lo avanzado de su presupuestos estéticos, podría ser tildado de conservador y retrógrado, y aún así, podría ser despreciado como vulgarizador de los logros de otros pintores más avanzados pero menos afortunados (o avispados).

Por suerte, la realidad no es (fue) así, y el periodo en el que los pintores eran condenados o absueltos según su pertenencia a la ortodoxia hace mucho que han pasado.

De hecho, si se observa con atención la muestra y se mira más allá de ese originalísimo mundo onírico del pintor, rasgo característico suyo pero que puede llegar a ocultar otro aspectos esenciales de su pintura,  se lleva uno varias de esas sorpresas que no deberían serlo.

En primer lugar, que Chagall ha sido uno de los mejores coloristas del siglo XX. En sus obras más logradas, es capaz de utilizar sólo los tres colores puros, rojo, azul y amarillo, incluir algunas notas de colores secundarios, principalmente el verde, distribuyendo las manchas de color, en posición y tamaño, para conseguir una compleja armonía que no sólo deslumbra a la vista, sino que se muestra necesaria y única, imposible de modificar en cualquiera de sus elementos sin que el conjunto se desmorone... para en la siguiente obra, conseguir el milagro precisamente de alterar esa distribución de los mismos tonos, o de construir su negativo perfecto, para alcanzar esa misma perfección, simplemente como digo con los colores, sin que el tema tenga arte ni parte, para bien o para mal, en la calidad del cuadro, que puede y debe ser disfrutado de forma completamente abstracta.

Una primera sorpresa a la que se une la demostración visual de que Chagal no es el pintor de tópicos que podría hacer creer la selección de su obra que se suele elegir para ser reproducida en los libros. En la exposición, entre las obras más completamente Chagalianas, se cuelan otras que no son menos importantes, pero que parecen pintadas por otra mano completamente distinta. Incluso en aquellas que más se ajustan a la idea de lo que debería ser un Chagal, la convivencia en salas cercanas de obras separadas por decenios, permite constatar las enormes diferencias entre las etapas artísticas de Chagal, diferencias que no se expresan en modificaciones temáticas, sino en mutaciones estéticas, lo propio de un pintor que trabaja siempre con los mismos temas para representarlos de una forma nueva y renovada, sin adormecerse ni acomodarse en el estilo que le ha hecho famoso.

Y por último, pero no menos importante, la exposición nos muestra a un Chagal desconocido para casi todos los aficionados, un Chagal ilustrador/dibujante, capaz de cultivar la obra menor con la misma pasión y altura que su obra mayor, y que por derecho propio pasa a convertirse en uno de los grandes dibujantes de la vanguardia.


La Zorra y las Uvas