martes, 6 de marzo de 2012

Lights and Shadows

La vision

Debo decir que exposición a exposición la fundación Mapfre se está convirtiendo en una cita inexcusable en el panorama expositivo madrileño. Esta vez nos obsequia con una magnífica muestra dedicada a Odilon Redón, ese pintor simbolista que tuvo la mala suerte de ser coetáneo de Impresionistas y Postimpresionistas.

Digo mala suerte, porque a pesar de compartir ese mismo tiempo y de ser él mismo un pintor cuya obra es en sí misma una ruptura con la pintura anterior, al igual que la de sus colegas impresionistas, nunca ha llegado a convertirse en un nombre conocido por el gran público, ni sus exposiciones consiguen atraer multitudes que colapsen las calles, e incluso entre el aficionado más experto, su figura es de la de esos grandes pintores que no le vienen a uno a la cabeza cuando se trata de hacer listas y demás.

Hay varias razones para ese olvido. La primera y obvia es que en una narración que describe el paso del XIX al XX como una transición del realismo a la abstracción, Odilon Redon, como su compatriota, Gustave Moreau, es una figura a trasmano, uno de esos simbolistas que no primaron los aspectos formales, aunque los cultivasen con una pasión similar a la de sus camaradas impresionistas y postimpresionistas, al mismo tiempo que intentaban crear obras con un mensaje, susceptibles de una lectura que revelase su significado, y no simplemente admirables por esas cualidades formales a las que hacía referencia.

Otro aspecto, esta vez más personal de Redon, es que durante gran parte de su carrera, el artista francés básicamente fue dibujante y grabador, aficiones estas que se toleran/toleraban en lo que se podía llamar un pintor de caballete, pero que en alguien dedicado exclusivamente a ellas eran peligrosamente cercanas al papel de un ilustrador, alguien que no cultivaba las bellas artes, sino las aplicadas, siendo por tanto en cierta manera, algo mercenario. Incluso cuando en la segunda parte de su vida comience a trabajar en obras de gran formato, la técnica utilizada será de la del pastel, otra técnica menor, al contrario que el óleo, y muchas de sus obras serán encargos decorativos para adornar las casas de sus mecenas, en clara oposición nuevamente con las formas nobles y el mito del artista independiente

La Luz
Dejando estos aspectos a un lado, la obra de Odilon Redón se caracteriza por dos etapas bien diferencias, una primera, la llamada de los "Noirs", donde Odilon Redón se restringe casi completamente al dibujo y al grabado, para crear una serie de imágenes paradójicas, inquietantes y turbadores, que a muchos les parecen un anticipo de lo que harían luego los surrealistas, y que en el caso de Redón merecen con toda justicia el adjetivo tan mal usado de visionario. A esa etapa de revelación de mundos imposibles seguiría otra en la que el color, subrayado por el uso del pastel, se adueñaría de su obra entera, y que para muchos parece una caída en la calidad de su obra, desprovista de ese aspecto profético anterior y en muchos aspectos limitado a la reutilización de sus logros anteriores.

Es cierto que en la época de los "Noir" Redon se revela como un dibujante y un grabador casi genial, a la altura de sus más ilustres predecesores (y no quiero nombrar a Durero, Rembrandt o Goya, para que no parezca que acumulo nombres indiscutibles para acallar con ellos a quienes puedan disentir de mis apreciaciones). Es la exactitud de su trazo, unida a su capacidad para descubrir la capacidades expresivas del un no color como el negro (el más sincero de todos, en su propias palabras) así como su ojo para distinguir y describir las más pequeñas variaciones de tono en esos negros casi absolutos, la que consigue un doble efecto contradictorio: por un lado hacer posible que esos mundos imposibles, esas existencias hibridas que los pueblan, nos parezcan reales, habitables y animados de vida, para al mismo tiempo dotar a esos nuevos horizontes que se extienden ante nosotros parezcan especialmente tétricos y amenazadores, a punto de arrastrarnos a ese lugar al que no pertenecemos, pero del que sólo nos separa la superficie del papel.

Un efecto, el umbral franqueable a ese otro mundo de posibilidades imposibles, que se ve reforzado por un detalle que las reproducciones no pueden transmitir y que quizás sea lo que más me ha sorprendido de la exposición. El hecho de que esos dibujos y gravados son de enormes proporciones, casi de libro de arte lujoso, y por tanto el ojo puede perderse en ellos, dejar de tener consciencia de los límites en los que se haya restringido.

Ramo de Flores

Es en la época post noir cuando, como digo, se produce la irrupción del color en la obra de Redon. Es cierto que se pierde esa calidad alucinatoria y visionaria del periodo anterior y que Redon recicla muchos de sus temas, lo que ha llevado a  muchos a considerar esa etapa como menor. Sin embargo, en lo que los críticos no parecen haber reparado es que esa fiereza en la construcción de imágenes se ha trasladado al modo en que Redon aplica los colores, en completa libertad y sin miedo a los constrastes, una audacia reforzada por el uso de los pasteles, cuya luminosidad es imposible de alcanzar con el óleo, y que a muchos pintores da miedo, por la imposibilidad de controlarlo y la facilidad con que es posible caer en la cursilería y el exceso de azúcar

De nuevo, es aquí donde la exposición nos da una gran sorpresa. Antes de verla, yo era de los que creía que la étapa colorida de Redon era un retroceso, casi una traición, pero era simplemente que las reproducciones me hurtaban el brillo cegador de estos pasteles Redonianos, Por poner, un ejemplo, en el mismo catálago, el rojo intenso de una de las obras, titulada L'homme rouge, se ha convertido en casi pardo, lo que le roba todo el efecto, al igual que en el resto, aunque las tonalidades son mucho más ajustadas, se pierden la inmensa cantidad de tonalidades intermedias con la que Redon es capaz de transitar de un color a otro y que convierten a una pintura como La coquille, en un placer estético absoluto, admirable sólo por sus valores formales, esos de sus coetáneos y que parecían completamente extraños a Redon.

Juana de Arco