martes, 27 de diciembre de 2011

The TDS Files (XXVIII): Varia

Con esta entrada, completo la recuperación de todo lo que antaño publiqué en Tren de Sombras y que ya no está disponible en esa web. Lo que pueden leer ahora son pequeñas reseñas, de unas líneas de longitud, que solíamos hacer los redactores a un tema propuesto el director. Espero que les gusten y que les parezcan un digno cierre a esta serie de entradas, entre las que se encuentra algunos de los mejores textos que he escrito...y que veo difícil igualar en el futuro.


 
La Bête Humaine/La bestia humana
Año de producción: 1938 Francia, Franco London Films
Dirigido por Jan Renoir
Guion: Jan Renoir
Interpretado por Abel Gance, Simone Simon, Julien Carrete

Dos ciudades, Paris y Le Havre. La línea férrea que los une. Maquinistas que conducen los trenes, un día en un sentido, el siguiente en el contrario. Dormir cada noche en una ciudad distinta, siempre en movimiento, sin hogar, ni familia, y al mismo tiempo ser prisioneros de ese círculo, casi del infierno, donde todos los días se repiten las mismas acciones, donde nada parece que habrá de suceder nunca.
Falsas Ilusiones, Falsas seguridades. Las pasiones crecen en una ciudad, estallan en el tren que lleva a la otra, donde hay que sobrevivir, si se puede,  a sus consecuencias.
La peripecia en la novela de Zola, como en la mayor parte de las obras, es sólo una excusa para realizar un descarnado análisis de la naturaleza humana. Renoir no es Zola, sin embargo. Renoir es un humanista y, para él, todos sus personajes, a pesar de sus miserias, son seres humanos. Conocemos sus motivaciones, conocemos sus fortalezas y debilidades, sabemos que la pasión habrá de volverles locos, llevarles a cometer las mayores atrocidades, pero también actos nobles y heroicos, aunque pasen desapercibidos. 
No basta con esto para ser un humanista, porque Renoir sabe también, y así nos lo transmite, que no hay un abismo entre sus personajes y nosotros, los espectadores, que los errores en que caen podríamos cometerlos también nosotros, que solo la suerte o la casualidad nos han colocado en lugares distintos.
Y en una de las escenas más terribles de la cinta, el jefe de estación, al que sabemos capaz de la mayor violencia, al que hemos visto autodestruirse sin remisión, encuentra el cuerpo de su mujer asesinada.
No vemos su rostro, sólo su mano que sujeta un reloj, y escuchamos sus sollozos de dolor. Nosotros, los espectadores, comprendemos ese dolor y lo compartimos, porque acaba de perder lo que más amaba en este mundo y él es también culpable.

Human desires/Deseos Humanos
Año de producción: 1954 EEUU, Columbia Pictures
Dirigido por Jan Renoir
Guion: Alfred Hayes
Interpretado por Glen Ford, Gloria Grahame, Brodericl Crawford

Nuevamente los trenes, nuevamente la novela de Zola, nuevamente, casi punto por punto, la misma historia sórdida. Los mismos elementos que en la película de Renoir, pero un director con un talante completamente distinto.
Lang no tiene confianza en la naturaleza humana. Ya desde los tiempos del mudo, desde su Krimilda asesina y vengadora, sabe que las pasiones transforman en monstruos a los hombres y que, una vez consumadas, no hay vuelta atrás ni liberación, excepto aquella que trae la muerte.
Muerte y violencia es lo que trae esta cinta. Matizada y sin sangre, debido a los tiempos y a las censuras, pero no menos terrible y repulsiva por ello. Lang no pierde tiempo en presentarnos a sus personajes, ni hacernos comprender sus motivaciones. Sabemos que el interés, su propio interés les mueve, y que nada, ni siquiera el asesinato podrá detenerles. Pasión, amor, amistad, confianza, son sólo palabras, disfraces con los que presentarse a los demás, desechables en cuanto no sirvan a los propios propósitos. Ni una lágrima se derramará por ellos, ni un reproche se dirigirá al otro. Todos conocen el juego perfectamente y saben cuales son sus reglas. Nadie puede engañarse, nadie tiene derecho a engañarse, excepto los necios, y ellos son las primeras víctimas.
Muchas veces, el propio Lang incluso, se ha hecho de menos a esta película, por no llegar a la exasperación trágica de la novela de Zola o la cinta de Renoir y, sobre todo, por salvar al personaje principal del remolino de pasiones y traiciones en el que cae, pero pocas veces el espectador ha podido ver un final más cínico y despiadado que el de esta película, rodado en un magistral montaje en paralelo, contraponiendo la frialdad de un rostro, libre ya de sus ataduras, con la tragedia que tiene lugar en ese mismo instante, sin que él lo sepa.




Musashino Fujin (La dama de Musashino)
Año de producción: 1951, Japón, Toho
Dirigido por Kenji Mizoguchi
Guion Toshitaka Yoda
Interpretado por Kinuyo Tanaka, Masayuki Mori, Yukiko Todokori

Un amplio campo de cultivo y, atrás en el horizonte, espesas columnas de humo sobre una ciudad apenas visible. En el camino que cruza los campos, uniendo al público con la ciudad lejana, dos personas avanzan, cargadas con lo poco que han podido llevar.

La guerra ha llegado, durante largo tiempo parecía imposible adivinar su final, hasta que de repente se ha consumido a sí misma. La derrota ha sido tan completa que nada de lo antiguo puede ser ya cierto o válido. Es preciso emprender nuevos caminos, aunque no se sepan cuáles son, aunque sólo se esté seguro de que deben ser radicalmente distintos.

No todos tienen el valor, sin embargo. Tampoco todos tienen la capacidad. Los hay que prefieren encerrarse entre los campos, los arroyos, los árboles centenarios, la luz del día, su reflejo sobre los lagos, entre aquello que parece aún no haber sido tocado por el progreso, entre las pocas cosas que se muestran inmutables y perdurables.  Aunque lo nuevo y lo viejo provoquen el mismo hastío, aunque las melancolías y los sueños pertenezcan a un mundo inexistente.

Sueños, fantasías, engaños. El mundo nunca se detiene. Lo nuevo es bueno porque es nuevo. Su juventud y su ímpetu le dan derecho a todo. Nuevas costumbres, nuevos estilos. Calles rectas, coches potentes, casas modernas. Noches bulliciosas donde se camina en círculo, diversiones artificiales. Siempre lo mismo, repitiéndose sin variación hasta que el tiempo concedido se acabe.  Substituyendo y remplazando lo que ya haya caducado, para que no quede nada, fuera de sí mismo, con lo que pueda compararse.

Al final, aquellos que permanecen unidos al pasado, mueren irremediablemente. Sólo los ciegos o los suicidas podían suponer otra cosa. Si se quiere seguir con vida, apenas queda un camino, y lleva hacia adelante, hacia el futuro que es necesario aceptar, amar y compartir, por mucho que nos desagrade.




La vida de Oharu, mujer galante (Saikaku ichidai onna)
Año de producción: 1952, Japón, Toho
Dirigido, producido y escrito por: Mizoguchi Kenji
Interpretado por Kinuyo Tanaka, Toshiro Mifune, Ichiro Sugai

En una de las escenas claves del film, Oharu, antigua doncella noble, devenida anciana prostituta, es conducida por un viejo a una posada. La cámara les sigue, mientras el anciano la muestra a unos jóvenes para que abominen de la mera idea de tener contacto con una mujer. Destruida, agotada, Oharu y la cámara se marchan cuando, en una arranque de dignidad, la protagonista vuelve, se encara con sus torturadores y hace ademán de arañarles, mientras éstos encogerse, aterrorizados por su audacia.
Pocas escenas como ésta, resumen el ideario de Mizoguchi y el rigor expresivo con que lo transmite.
Ideario centrado en la defensa de la mujer y en la denuncia de las múltiples servidumbres a la que son sometidos por los hombres y la sociedad creada por ellos. Terrible destino, asímismo, el de los hombres. O bien sacrifican a sus mujeres, llevándolas a la muerte, convirtiéndolas en prostitutas, para obtener el reconocimiento social, o bien son a su vez castigados, y la mayor parte de las veces muertos, por esa misma sociedad. Terrible destino, porque nunca llegan a tener la lucidez  que les permita descubrir este conflicto. Extraña excepción que sea un hombre el creador de estos filmes, un hombre nacido en una sociedad patriarcal, donde la mujer se define por el placer o el beneficio que reporta al hombre.
Rigor expresivo y coherencia intelectual. Porque está escena ha sido rodada de una sola vez, con la cámara siempre en movimiento y la vista fija en Oharu, nuestra protagonista, la víctima y la única inocente en ese mundo despiadado, sin distraerse un sólo instante en lo que sucede a su alrededor, excepto si Oharu así lo hace, acompañándola siempre en sus experiencias, pero manteniéndose a distancia, sin entrometerse, protegiendo su intimidad y su humanidad, algo que el mundo no la ha concedido, pero que Mizoguchi le regala. 
Y es que en el mundo de Mizoguchi. Libertad significa dignidad, dignidad significa libertad, aunque el precio sea la propia muerte.


The Iron Horse
Año de producción: 1924, EEUU, Twenty Century Fox
Dirigido por John Ford
Guion: Charles Kenyon
Interpretado por George O’Brien, Madge Bellamy, Cyril Chadwidk

Llanuras inmensas. Sin puntos de referencia válidos. Da igual dirigirse al norte o al sur, al este o al oeste, el paisaje no cambiará, continuará siendo hostil e inhumano. Excepto el viajero, no hay otra presencia humana a la vista, pero sabemos que están allí fuera, acechando. Indios, forajidos, fuerzas del orden, tan peligrosas éstas últimas como las dos primeras. 
Tales son los signos del Western. Por esta razón, no es extraño que muchos de ellos tomen la forma de un viaje a través de la soledad, con inicio y destino fuera de los límites de la cinta, en busca de un sueño que siempre permanece en el horizonte, tentador e inalcanzable.
En este Western fundacional, todo un pueblo está en camino. Traviesa tras traviesa, raíl tras raíl, avanzan hacia el horizonte, su única referencia la misma línea recta que construyen. Ésa cordón les une a la civilización y a través de el llega todo lo que necesitan, provisiones, combustible, materiales, pero el hogar está demasiado lejos, fuera de la vista, al otro lado del horizonte. En cada parada deben reconstruirlo, fundar una nueva ciudad donde poder disfrutar brevemente tras el largo día de trabajo, donde surgirán todos los vicios y virtudes que transportan consigo.
Es solo una ilusión de permanencia. Pronto, la obra que construyen habrá alcanzado el horizonte y está nueva ciudad quedará demasiado lejos. Será el momento de abandonarla al desierto que la reclama, de llevarse consigo todo aquello que pueda ser transportado a la nueva fundación. Rápidamente, sin tolerar retrasos. El progreso, el futuro de un país así lo reclama.
Nada recordará su paso, excepto las tumbas de los muertos.

Le trou (La evasión)
Año de producción: 1960, Francia, Titanus
Dirigido por Jacques Becker
Guion Jacques Becker y José Giovanni
Interpretado por Michel Constantin, Jean Keraudy, Philippe Leroy, Raymond Meunier.

Dentro del genero de películas de tema carcelario, existe un subgénero, el de la evasión, que ha dado por sí solo un buen número de películas memorables, en una proporción demasiado elevada para un número exiguo de películas dedicadas al tema.

A caballo de 1960, tres directores, uno americano, dos franceses, retomaron el tema de la huida, de la libertad y de los medios para conseguirlas. Los presupuestos estéticos de cada director eran muy distintos, sus propósitos no menos dispares, pero sin embargo, las tres películas acaban por contar casi la misma historia, por converger, cada una a su manera, en la misma conclusión.

Cada película que aborda el tema de la evasión, y lo hace con seriedad, termina por convertirse en un canto al espíritu humano, a su resistencia y a su ingenio. El  enemigo exterior, soldados, guardias, carceleros, se difumina, pierde toda su importancia. El combate se traslada al interior de los prisioneros, entre ellos y su propias limitaciones, a los obstáculos y enigmas que deben resolver por sí solos, sin ayuda de nadie, sin recursos que no sean un clavo, un trozo de cristal, los cordones de los zapatos.

Un entorno donde lo ínfimo, lo que consideraríamos inútil, basura, en nuestra vida real, adquiere una importancia capital, única, donde el espectador redescubre la importancia de lo que nos rodea, donde él mismo aprende a pensar, a maravillarse, a admirar el tesón de la gente normal situada en condiciones extraordinarias y consiguiendo, inesperadamente, resultados también extraordinarios.

Si las películas, las tres que hemos señalado, y le Trou en particular, se quedarán ahí, no pasarían de ser un simple problema de ajedrecista, un episodio de MacGyver con más pretensiones. Las tres cintas nos descubren, nos obligan a recordar que cosa significa la solidaridad humana. El hombre en realidad no está sólo y su único camino de salvación, si se permite esa palabra desaforada, está en los demás, en confiar y confiarse en ellos, en aceptar que su destino depende del de los demás y que si ellos fallan, el fracasará también, que al final la libertad es un asunto interior, y que no hay mayor tesoro en este mundo, que una mano, un cigarro compartido o unas palabras sin sentido alguno para los extraños.

Las evasiones pueden fracasar. Los sueños ser hecho añicos, la muerte aguardarnos a todos, pero sólo hay un tipo de hombres que pierden, los que no han sabido mantenerse leales, los que han sido incapaces de reconocer a los suyos.