miércoles, 28 de diciembre de 2011

The King is Back (y I)


Supongo que los escasos lectores de este blog estarán más que hartos de mi jeremiadas referentes al anime, pero a pesar de mis quejas, debo decirles que en este año, esta escuela de animación nos ha regalado con dos obras maestras, una al principio del año y la otra al final, producto de dos personalidades orginales y claramente identificables, a pesar de moverse en el ámbito de las producciones comerciales.

La primera, que ya recibió la atención que merecía en este blog, es Mahou Shoujo Madoka Magika, realizada por Shaft al mando de su director y alma rectora, Akiyuki Shimbou. No tengo mucho más que contarle sobre esta serie y su director, ya que tanto él como Shaft, son habituales en este blog, pero cualquiera que tuviera ojos en la cara, sabe que es una de las personalidades más interesantes del anime reciente, por su capacidad de incluir modos y soluciones avanzadas e inusuales, en las fórmulas más manidas y rutinarias.. o de dar la vuelta por completo al complejo moe, utilizándolo como cebo para atraer al público, para luego desmontarlo y negarlo. Ya la magnífica Bakemonogatari mostró lo que Shaft, con el presupuesto suficiente para dar rienda suelta a su libertad creativa podía conseguir, nivel que Madoka a venido a confirmar, consiguiendo una serie de una audacia formal y visual poco habitual, enhebrada a su través por una impecable estructura narrativa, donde poco a poc se nos iba suministrando nuevos elementos que al final acababan por construir un todo coherente y único... a lo cual no es ajeno su guionista, el no menos brillante Urobuchi Gen.

La otra obra maestra de este año, que a punto estuve de perderme distraído por otras series más llamativas y nuevas (o que parecían más "serias" a priori) posee también un nombre largo e incompresible, Mawaru Penguin Drum, que traiciona las vueltas y revueltas de su argumento, pero que en su jugueton absurdo no deja traslucir los muchos niveles y matices que oculta... siendo el primero de ellos el tratarse del retorno de un nombre mítico en la historia del anime, Ikuhara Kunihiko, quien a finales de los 90 del siglo XX firmara uno de los clásicos absolutos del anime, Shoujo Kakumei Utena, tanto en versión serie como en largometraje, pero que desapareció durante más de una década hasta volver este año con esta serie.

No es el único retorno que ha tenido lugar recientemente. El más llamativo para el aficionado corriente, ha sido la reescritura que Anno Hideaki está realizando de la no menos mítica serie de los 90 Neon Genesis Evangelion, No obstante, en este último caso, los resultados no están resultando del todo redondos, como si la altura a la que se llegó con Evangelion hubiera sido mera cuestión de suerte, conjunción de una serie de factores que no pueden volver a reunirse (por ejemplo, la depresión del propio Anno, que hizo que la serie reflejara una serie de problemas existenciales que la versión actual deja de lado). En el caso de Mawaru y Ikuhara, el resultado ha sido completamente opuesto, revelando que Utena no fue una casualidad y que su director, a pesar de su largo silencio, es un artista con una visión y unos presupuestos estéticos bien definidos que imbuyen toda su obra.

En pocas palabras, para que quede claro, Mawaru, a pesar de tener un argumento y unos personajes completamente distintos a los de Utena, es una revisión completa de lo visto en esa serie. Cualquier conocedor de la misma comprobará a medida que esta se despliega como elementos similares, e incluso personajes con un mismo diseño, lo que haría pensar en una mera copia, el autor intentando repetir el éxito anterior, sino fuera porque esos elementos no pasan de ser citas, recuerdos de que nos estamos moviendo en un mismo paisaje estético y temático, mientras que la mezcla final es completamente distinta, reflejo claro de la evolución en esta década del anime, la sociedad y el mismo autor.



¿Y qué tiene de grande esta serie? De las capturas es evidente la calidad de su animación (aunque de vez en cuando pegue un resbalón), que hace que Utena parezca pertenecer a otra dimensión completamente distinta, aunque sólo hayan transcurrido 13 años entre ambas series. Sin embargo, esta brillantez y esta fluidez, son sólo un efecto secundario de los avances técnicos de este último decenio, básicamente la introducción del ordenador en el ámbito de la animación tradicional, y como ya deberían saber, no deben utilizarse como único elemento de juicio, puesto que series completamente prescindibles presumen de esa misma perfección en su acabado.

Lo que realmente distingue a Mawaru, y que convierte en irrelevantes a la gran mayoría de series de este año, es que Ikuhara sabe moverse al perfección en un doble plano simbólico, tanto temático como visual, consiguiendo que lo narrado se refleje en lo visto y viceversa, sin miedo a adentrarse en la abstracción y el simbolismo (como de manera parecida y al mismo tiempo distinta, hace Shinbou  en su Shaft). Así,  mientras que otros buscan exclusivamente un fotorrealismo a ultranza, Ikuhara hace retroceder el tiempo quince años y nos devuelve al tiempo del anime que nos enamoró a muchos, el de un forma de expresión preñada de imaginación y posibilidades, y no perdida en obsesiones de adolescentes que no mojan.

No es que el creador de Utena o de Mawaru, carezca de sentido del humor o crea estar a unas alturas inalcanzables por el resto de seres humanos. No, el mismo es capaz de jugar a la comedia más alocada (impagables la representación del mundo imaginado por Ringo en el episodio 4), llegando incluso a reírse de sí mismo, de su trabajo y de la supuesta gravedad de los conflictos que ilustra, algo que también sabía hacer, y de manera perfecta, en Utena. Es más, la serie parece recorrer, si apenas esfuerzo todos los registros posibles, de la parodia al drama, de la comedia a la tragedia, e ilustrar, como digo, lo abstracto de forma concretra, adentrándose en territorios impensables y completamente prohibidos para el cine de personajes reales.

He hablado de la multiplicidad de registros que la serie es capaz de condensar en un sólo episodio, siendo capaz de transitrar de uno a otro, y de volver al original, sin apenas esfuerzo. El riesgo de ese enfoque, el ir moviéndose de personaje en personaje, de ambiente en ambiente, de estilo en estilo, es el acabar acumulando una infinidad de escenas inconexas, sin relación alguna, o de agotar a los personajes y sus relaciones, obligando a introducir de manera continua nuevos participantes, nuevas situaciones, para olvidar inmediatamente a los ya presentados, en una huida hacia adelante demasiado títpica en el anime reciente.

Es peligro lo sortea Ikuhara, podría decirse que incluso juega con él, reduciendo a su reparto a un número mínimo de actores, algo que subraya visualmente reduciendo el resto de seres humanos a figuras escapadas de la señales de tráfico, cuyos conflictos, su dinámica y resolución, no hacen otra cosa que enredarles cada vez más. Una red de relaciones en la que los elementos aparentemente arbitrarios se revelan como esenciales, el siguiente escalón sobre el que la serie construirá sobre su historia, y que ¡Oh sorpresa! no son producto de improvisación semana a semana, sino que poco a poco se nos revela que el edificio estaba ya construido de antemano y que sólo es la niebla al levantarse la que nos lo revela por completo.

Una unidad interna, una coherencia y un rigor creativos que sólo necesitan de una prueba, el hecho de que a medida que avanza la series, todos y cada uno de los elementos que se muestran en los intro de la serie, se revela pleno de significado, completamente pertinente, lejos de la acostumbrada presentación plana del reparto y sí presagio y símbolo de lo que habrá de acontecer después.

Por último, decirles que llevo ya demasiado escrito sobre esta serie y que deberán esperar a próximas entradas (y a que me la vuelva a ver en los próximos días) para que continúe su análisis... o al menos les señale algunos de los símbolos que la pueblan.