martes, 30 de agosto de 2011

Our history


Acaban de inaugurar (sí, por una vez voy a hablar de una exposición que no está a punto de cerrar) en el CaixaForum madrileño, la exposición Teoticuahan, ciudad de los dioses, dedicada a la antiquísima metrópolis mejicana que durante mucho tiempo fue dueña y señora absoluta de ese país, hasta las lejanas tierras de los mayas (ya veremos como, o mejor dicho, ya lo vimos hace unas entradas) pero antes de comentar esta magnífica exposición, que seguramente será de las que tengan asistencia masiva, me gustaría señalar un par de puntos.

El primero es el olvido en el que los españoles tenemos las tierras americanas. Nuestra presencia allí puede resumirse a un periodo de conquista en el siglo XVI en el que destruimos y borramos la culturas nativas (si, nosotros hicimos eso, no tiene sentido negarlo) para establecer una copia imperfecta, anticuada, incapaz de evolucionar de la civilización europea, periodo que acabó en el siglo XIX con la rebelión de los antiguos emigrantes hispanos, los criollos, contra sus gobernantes peninsulares y el establecimiento de un sinnúmero de repúblicas... que continuaron explotando y oprimiendo a los naturales del lugar que sólo muy recientemente y tras multitud de conflictos han podido recuperar, aunque sea en parte, sus derechos, único rasgo que iguala a los estados sucesores del imperio español con sus poderosísimos vecinos del norte.

Mi opinión puede parecer cínica, pero la historia no es un cuento de hadas, ni los hombres que lo habitan santos y sabios. No obstante, mi intención era destacar el olvido español por las amñericas al que hacía referencia antes, ya que desde la independencia de las colonias, España dio la espalda a sus antiguas posesiones como si nunca hubieran existido y no tuviera responsabilidad en su destino, desprecio encarnado en el latente racismo que aún pervive a todos los emigrantes de esas regiones, a los que, a pesar del idioma común, se les sigue viendo como exttaños y ajenos, pertenecientes a esas razas indígenas a las que hicimos el favor de destruir su cultura (lo anterior era irónico) y que culturalmente se expresa en que un Museo magnífico como el de América en Madrid esté permanentemente vació.

No es un ejemplo inútil. Dada nuestra presencia de siglos en esas regiones, lo lógico habría sido que la investigación del pasado de esas gentes hubiera sido encabezada por arqueólogos españoles. Dejando aparte nuestra pobreza de los dos últimos siglos (ésa que como pesadilla ha vuelto para atormentarnos) no nos dejaba muchos recursos para esas empresas inútiles, lo cierto es que incluso la labor de salvaguardar los testimonios de tiempo de la conquista, esa de la que tanto se ufanaban nuestros defensores de las esencias nacionales, cayo en manos de investigadores extranjeros (como los citados en la entrada que dediqué hace unos días a los mayas) que salvaron, tras rebuscar en archivo tras archivo, aquellos tesoros que a nosotros nos parecían basura.

Pero hay otro punto que quería señalar. En el caso de la cultura maya, al menos la del periodo clásico, la presencia de textos nos ha permitido acercarnos, aunque sea de manera borrosa y llena de lagunas, al modo de pensar y actuar de esas gentes. En el caso de Teotihuacan, sin embargo, es el de una cultura muda, que aparte de unas cuantas fechas calendáricas, no nos ha dejado registros de su historia, por muy imperfectos y propagandísticos que estos pudieran ser. Esto quiere decir que dependemos por completo de la investigación arquelógica, la cual como bien se sabe, tiene una precisión que alcanza a distinguir únicamente detalles que abarcan varios siglos... o las grandes catástrofes como el incendio y destrucción de una gran urbe.

Esto implica, en general y en el caso de Teoticuahan, que aunque tengamos multitud de restos, inmensas pirámides, palacios en ruinas, esculturas, pinturas, cerámicas, objetos de uso común y de prestigio, en muchos casos no sabemos con qué fin fueron utilizados o que significado podrían tener para los hombres de ese tiempo. Podemos intuirlo, es cierto, realizar comparaciones con los testimonios antiguos, los de tiempos de la conquista o las constumbres ancestrales de los pueblos menos contaminados por la civilización y llegar a avances insospechados, como fue la identificación de los objetos llamados antiguamente bastones de mando como lanzadores de dardos, pero cuanto más se retrocede en el pasado, cuanto más lejos está el objeto de nuestros testimonios más antiguos, más imprecisos son sus márgenes temporales, más especulativa se hace cualquier interpretación, especialmente en el caso de una civilización como la Teotihucana, desaparecida en el siglo VI d.C y mítica, misteriosa e impenetrable para Toltecas y Aztecas.

Y aún así, qué fascinante. Que grande y que poderosa debió ser, que influyente y decisiva, cuando la arqueología nos descubre en la misma Teoticuahan que había barrios donde habitaban emigrantes de todas las culturas mesoamericanas contemporáneas, representadas por objetos trabajados en sus estilos locales, y cuando los testimonios escritos de otras culturas, como la Maya, nos revelan que no sólo el estilo de Teotihuacan era copiado en esas lejanas tierras, sino que invasores provenientes de la Metrópolis conquistaron ciudades como Tikal y Kaminaljuyo (y por representantes, la misma Copán) para establecer dinastías dependientes de Teotihuacan en un ensayo general para crear un único estado centroamericano, que fracasó por razones que se nos escapan...