miércoles, 3 de agosto de 2011

Last Ride














Se podría decir que Jalsaghar (La Sala de Música) de Satyajit Ray es un acúmulo de contradicciones.

La primera y fundamental aunque no visible en la película es que el personaje principal, un melómano hasta la obsesión, está interpretado por un actor que no tenía ningún sentido musical y tenía que fingir las emociones que su personaje debía sentir, incluso simular que tocaba el mismo algún instrumento. Hay que dar todo el crédito a Chhabi Biswas y al director, por conseguir que esa impostura se haga creíble. La segunda contradicción no es menos sutil y tiene ribetes políticos, ya que ese personaje principal no es otra cosa que un señor feudal, acostumbrado a mandar y ser obedecido pero al que la película observa con más que evidente simpatía en su decadencia, utilizando como medio para fundamentarla ese amor loco por la música a que hacíamos referencia.

Cualquiera de esas dos contradicciones habría bastado para tirar por tierra el trabajo de cualquier director menos dotado, pero aquí estamos hablando de Ray una personalidad única, alguien que acabó componiendo la música de sus propias películas, y que en este caso traslada su propio amor por ese arte a su personaje principal, contemplado casi como una alter ego suyo, a pesar de las diferencias. Un amor que también se trasluce en todo el trabajo directorial, en el exquisito cuidado con que están rodadas las tres interpretaciones musicales, cada una  un momento de transición y ruptura en la trama de la película, y donde Ray muestra un profundo respeto por los intérpretes, cada uno un maestro en su estilo, alternando entre los detalles que muestran lo esencial y distintivo de la interpretación que estamos presenciando, así como las reacciones del público, que sirven asímismo como medio de describir la personalidad de los personajes, sin necesidad de largos flashback o explicaciones habladas.

Hay que prestar atención a esto último que he dicho, porque aunque parezca un lugar común es esencial al trabajo de Ray. Su estilo, su forma de abordar la narración de las historias de sus películas puede pillar un poco a contrapelo al espectador aconstumbrado a los usos del cine comercial anterior, ya que requiere un esfuerzo de adaptación hasta que todo empieza a cobrar sentido. Ray, como narrador visual, nunca irá directamente al meollo de la cuestión, sino que se acercará lateralmente, sin forzar la máquina ni apresurarse, buscando crear una atmosfera mediante pequeños detalles, sutiles apuntes y anotaciones, que van acumulándose y reforzándose hasta que todo encaja, como si hubiéramos presenciado a un pintor ir aplicando manchas de color sobre un lienzo hasta que finalmente la forma surge clara y definida ante nuestros ojos, provocando ese mismo sentimiento de maravilla y sorpresa.

De esta manera, Ray renuncia a todo lo que podrían ser escenas introductorios, largas explicaciones textuales y permite que sean los silencios, las pausas, el lenguaje corporal de los actores, el modo en el que se mueven y comportan en ese mundo recreado, el que nos dé las pistas y las claves de lo que está sucediendo, como si fuéramos un recién llegado que tiene que adivinar una situación sobre la marcha, sin ayudas externas. Esta confianza en el trabajo de los actores y en lo que su cámara recoge, características heredadas del mudo, hacen de Ray un cineasta eminentemente visual, no literario, capaz de reproducir y hacernos ver los más complejos sentimientos anímicos con total claridad.

Así, a pesar de todas la barreras que imponen la posición o los rituales podemos sentir con toda claridad, sin que nos lo señalicen con antelación, el amor que la mujer de este señor feudal siente por él, la fidelidad de sus sirvientes o como el prestamista va creciéndose a medida que la posición de su antiguo señor va haciéndose más precaria y el va tomando la riendas (y de nuevo, esto no se nos cuenta, sino que lo descubrimos por el lenguaje corporal de este actor, cada vez más seguro de sí mismo y que empieza a mirar por encima del hombro a su señor, como una antigualla) pero sobre todo el profundo e inextinguible amor de este hombre por la música, que le llevará a celebrar una última velada en la sala de música clausurada desde hacía años, aún a sabiendas de que será la última y que tras ella, sus arcas estarán completamente vacías y su posición definitivamente arruinada.