jueves, 11 de agosto de 2011

Longing for death



Como ya he dicho en otras ocasiones, este año no está siendo de los mejores para el anime, salvo excepciones muy concretas, que ya comentaré. Si a esto unimos que últimamente no le estoy dedicando el tiempo que le dedicaba, por razones externas e internas, llegamos a la situación actual, en el que el número de entradas dedicadas al anime en este blog, se va reduciendo constantemente, en contraste con otros tiempos, en que parecía ser su unica utilidad.

Como efecto secundario, las pocas entradas dedicadas al anime son aquellas dedicadas a la revisión de series que me llamaron la atención en su momento y que, por aquello de la rabiosa actualidad, no tuve tiempo de ver por una segunda vez, a ver si la ilusión, en ambos sentidos se mantenía fresca o no. Una de las agraciadas, por el puro azar de hallarse en lo alto de la pila de series por ver, ha sido Casshern Sins, serie del otono de 2008 y una de las penúltimas grandes producciones de Madhouse, antes de perderse en las adaptaciones de los héroes de la Marvel (¿o era DC?)

La serie en sí no es sino una actualización de la serie del mismo nombre de los años 70, esos que podríamos llamar los fundacionales del anime actual, y que, como muchas de las producciones de aquellos tiempos, no era más que un producto de consumo rápido donde un héroe de poderes sobrehumanos luchaba semana tras semanas contra los monstruos que le mandaba un señor de las tinieblas... como Mazinger Z pero sin robots gigantes, en poca palabras.

En estos tiempos postmodernos, la revisión de un material como este habría servido para realizar un lectura seminostálgica, semirónica de las ingenuidades de antaño, entre el rechazo de ese arte de consumo para las masas y la admiración más rendida, con la justificación de estar realizando algún tipo de actividad subversiva contra los fundamentos del arte. Nada hay de esto presupuestos en la actualización de Casshern Sin y sí mucho de tomar ese material de usar y tirar, para transformarlo en arte de primerísima categoría, ese que se plantea cuestiones y no encuentra respuestas.

Simplemente, porque nada queda en esta serie del heroísmo ingenuo de esas décadas, ni de su división del mundo en blanco y negro. El mundo que nos retrata Casshern Sin es el de un planeta que se dirige rápidamente hacia la muerte, y donde una misteriosa "ruina" (horobi en la versión japonesa) está destruyendo por igual a robots humanos, sin que nada ni nadie sepan como detenerla o retrasarla. Un tiempo y un paisaje, ocupado por desiertos, ciudades y abandonadas, y donde los pocos supervivientes intentan sobrevivir de cualquier modo y manera, aunque sea a costa de los demás.

En esta premisa argumental somos arrojados los espectadores, desconocedores de lo que está ocurriendo, al igual que quien era el héroe en la primera versión, el Casshern del título, pero que en esta ocasión ha sido convertido en un auténtico antihéroe, perseguido sin piedad por los supervivientes puesto que su destrucción parece ser el único medio de curar la ruina que amenaza con consumirlo todo... y de la que, como sabremos más adelante él es el culpable, al haber destruido a la protectora, Luna, que mantenía el mundo en vida.


Como digo este desconocimiento de lo que está sucediendo se extiende tanto a Casshern como a los espectadores y es en los primeros capítulos mediante encuentros con diferentes personajes, siempre de final más o menos trágico, que tanto él, como nosotros iremos descubriendo lo que esta sucediendo en un mundo que se revela tan despiado como el propio Casshern, ya que cualquier amenaza le hará entrar en una locura destructiva durante la cual no distinguirá amigos y enemigos.

Un mundo desquiciado, donde reína la violencia absoluta y destinado a la muerte, en claro contraste con las ingenuas fantasías de buenos y malos de antaño, y en completa oposición con las ambiguas revisiones postomodernas de los fans ya maduros. Un mundo cuya dureza es representada plasticamente con los paisajes desolados a los que hacía referencia antes, pero sobre todo con un dibujo voluntariamente burdo y sin acabar, y una paleta fría y apagada.

Y sin embargo, de enorme belleza.

Porque al contrario de otras ficciones apocalípticas, los personajes con los que Casshern se encuentra en su vagabundeo, aún sabiendo de su condena, buscan una belleza que no por efímera es menos poderosa, e intentan gozarla plenamente en lo poco que les queda, aunque su final inevitablemente sea trágico y confluya en la muerte, ya sea en escena o fuera de ella. Unos encuentros en los que Casshern va humanizándose, experimentando una cierta redención, dejando de ser una máquina de matar ciega, para encontrar la admiración y el cariño de sus semejantes, aquellos que, como él, se encaminan irremediablemente a la nada.