lunes, 11 de julio de 2011

The TDS's Files V: Werckmeister Harmonies

Continuando con el rescate de los artículos que no se pueden consultar ya en Tren de Sombras, le toca ahora el turno a uno de lo mejores que escribí, el dedicado a Werckmeister Harmonies, de Bela Tarr, una película que me fascinó.

Hay algunos errores, algunas conclusiones equivocadas, pero sigue siendo de estas piezas de las que me siento más orgulloso.

Werckmeister Harmonies

Producción: 2000 Hungria/Alemania Göess Films, Von Vietinghoff Produktion, 13 Produktion
Dirigida por Béla Tarr
Guion de Laszlo Krasznahorkai y Béla Tarr
Basado en el cuento “La melancolía de la resistencia” de Laszlo Krasznahorkai
Interpretada por Lars Rudolph, Peter Fitz, Hanna Schigula
Música de Miháli Vig
Productores
: Franz Göess, Miklós Szita, Joachim von Vietinghoff, Paul Saadun

Introducción

Werckmeister, Andreas. 1645-1706. Compositor y teórico musical.

El mayor problema, aparentemente insoluble, de los teóricos musicales del renacimiento y barroco, fue encontrar el método con el que afinar los instrumentos musicales, de forma que los sonidos se correspondiesen con la notación musical creada en el medioevo y desarrollada basándose en las teorías platónicas y pitagóricas.

Werkmeister: Del alemán Werk, trabajo, obra, y Meister, maestro, amo, director.

Capataz, encargado, jefe de taller. Por extensión, el creador del universo.

La música de las esferas


En una taberna a punto de cerrar, un grupo de borrachos, de mendigos desarrapados, intenta lo imposible. Demostrar, con el movimiento de sus cuerpos, como se producen los eclipses. Uno hace de sol, otro de la tierra, otro de la luna, y un cuarto les indica como deben moverse.

Durante casi diez minutos, la cámara recorre la sala. Sigue a los personajes, sus evoluciones, se aproxima a ellos y se separa para dejarles espacio. Participa en la representación y baila con ellos. Sin acelerarse, ni detenerse, siempre al mismo ritmo pausado. Como la misma naturaleza que intentan imitar. Como el cosmos que siempre está en movimiento, ocurra lo que ocurra, sin detenerse jamás por nada.

Lo que en otro hubiera sido una escena cómica, la ocasión para reírse de necios e ilusos, en manos de Tarr obra el milagro. Por un instante se produce la transfiguración. Vemos, escuchamos, presenciamos, hipnotizados por las palabras del protagonista y por el baile de la cámara, el momento en que la obscuridad cubre el mundo. El fugaz instante en el que el tiempo se detiene y el instante siguiente en que vuelve a ponerse en marcha.

Los ciclos cotidianos



 Al igual que los astros giran en sus órbitas, así nos ocurre a nosotros. Día tras día, nos levantamos, nos vestimos, desayunamos, marchamos y volvemos del trabajo, realizamos en él, una tras otra, las mismas tareas cotidianas, sentimos hambre y la satisfacemos, nos agotamos y buscamos reposo en el sueño.

No hay elipsis en la vida, no hay cámara rápida ni lenta, no existe el montaje. Cada acción exige y reclama su tiempo preciso, ni más ni menos ¿Por qué debería representarse de otra manera en el cine?

De esta forma, desde que salimos de la taberna, la cámara acompaña al protagonista, presenciando la cadena de actos triviales que componen su vida, los hechos casuales de los que es testigo, los retazos de conversación capturados al vuelo y aparentemente sin sentido.

No, no lo acompaña, si por ello entendemos seguirlo o adoptar siempre su punto de vista. La cámara de Tarr participa en aquello que presencia nuestro protagonista. Se adelanta o se retrasa a su marcha, se fija en un rostro o se aparta para recoger un detalle que puede o no ser insignificante. Abandona al protagonista y sigue su propio camino, para luego reencontrarse con él, sin detenerse casi nunca, con un movimiento lento y pausado, pero nunca monótono, el ritmo de los relojes o de los planetas en sus órbitas.

Esta participación, sin embargo, también es limitada. Aborrecemos la rutina, pero ésta nos da seguridad y permanencia. Nos aporta la certeza de que lo sucedió ayer, sucederá hoy y habrá de suceder también mañana. Por eso, nosotros, como el protagonista, cerramos nuestra mente a lo que pueda turbarla, por muy real o próximo que sea, o buscamos en la novedad aquello que confirme nuestras ideas y las reafirme.

No es extraño entonces, que cuando el príncipe y la ballena disecada llegan al pueblo, nuestro protagonista sólo tenga ojos para la ballena, porque ésta no es sino otra maravilla de la naturaleza, al igual que los planetas y sus órbitas, la gloria de los cielos que tanto ama, igual también a los estudios musicológicos del hombre al que sirve, perfectos e inmutables, libres de la suciedad de este mundo.

La amenaza




No se puede vivir fuera de este mundo. Aunque se cierren los ojos, aunque se atranquen las puertas, la vida sigue su marcha y nos reclama.

A medida que deambulamos por el pueblo, los retazos de conversación nos avisan de lo que se avecina. El miedo se palpa y se siente. En otros lugares ya ha ocurrido, la estela de destrucción y muerte ha recorrido ya todo el país y nada hace pensar que en esta ciudad vaya a ser distinto. Ha bastado la llegada del príncipe, de sus ideas, para que su seguidores se concentren en la plaza del pueblo, para que la violencia y la locura se desencadenen.

De un pasado desconocido surgen personas que reclaman acción a nuestros protagonistas, una reacción pronta contra lo que se supone va a acontecer, la unión de todos, los buenos, los decentes, las gentes de bien, contra el enemigo común.

Al principio, nuestros protagonistas, amo y sirviente, no creen que sea necesario. ¿Qué puede ocurrir de malo en este mundo? Ni el sol ni las estrellas varían su ruta de noche en noche. Dios, aburrido, se entretiene en crear leviatanes como el que se expone en la plaza. No merece la pena intervenir. Sólo lo hacen, a regañadientes, cuando su rutina diaria se ve interrumpida. Es sólo un momento de incomodidad, confían, tras el cual, luego podrán retornar al ciclo, a la tranquilidad eterna de sus vidas que nunca debieron abandonar.

Pero nada puede evitar lo que está escrito. Hora tras hora, la multitud crece en la plaza donde se ha alzado la barraca del príncipe. Esperan que él les hable. Su tardanza no hace más que aumentar su inquietud y su ira. Poco a poco, la ciudad desciende en el caos, llegan noticias de saqueos, la gente se oculta en sus casas, vemos coches a medio quemar en las calles. La policía desaparece, la autoridad se desvanece.

Finalmente, en el silencio del mundo, escuchamos las palabras del príncipe.

Todo lo que construimos, todo lo que construiremos, estará siempre a medio hacer, sólo destruido estará completo.

Es entonces cuando la multitud abandona la plaza y en silencio marcha por las calles.

La justificación de la violencia



El cine moderno es el cine de la violencia y el dolor, de la desesperación y la condenación. Tan hipócritas somos que buscamos darle una razón, fingir que fuerzas extrañas a nosotros mismos, necesidades inexcusables nos han obligado a incluirla.

No refugiamos tras los ideales, hablamos de libertad, de justicia, de un mañana mejor, pero, si nos vemos acorralados, acusamos a las palabras del mal que hemos traído a este mundo.

Porque la violencia nunca es excusable, ni en su ejecución, ni en su representación. La ejercen los que en un momento dado son los fuertes contra los que en ese lugar, en ese instante, son los débiles. La ejercen, no por ideas absurdas y vacías de sentido, sino porque les gusta y disfrutan en la destrucción que provocan, en el dolor de sus víctimas, en el sufrimiento que ellos, los verdugos, no experimentan.

Así, la multitud, silenciosa, con su corazón cerrado a la compasión, asalta el hospital de la ciudad. Los enfermos son apaleados en sus camas, arrastrados por los suelos, violados, muertos. Todo aquello que fue construido para aliviar el dolor y las miserias humanas, el fruto de siglos de trabajo y desvelos, es destruido en un instante.

Nosotros, el protagonista, la cámara que representa nuestros ojos, marchamos a través de ese infierno. Lentamente, sin participar en el caos, volviendo nuestra vista a un lado y a otro, apartándola inmediatamente, aún inocentes, pero tan culpables como los verdugos, puesto que nada hacemos, nada hicimos, para evitar el Apocalipsis.

Sin embargo, al descorrer una cortina, aparece el cuerpo consumido de un anciano, idéntico al de los esqueletos andantes que fueron rescatados de los campos de exterminio. Ante esa visión, la multitud vacila, arroja sus armas y abandona el hospital, cabizbaja, abatida, avergonzada.

¿Es que aún es posible la redención? ¿Es que aún existe la posibilidad de salvarnos de nosotros mismos?

¿Es que acaso aún queda bálsamo en Galaad?

Moralia


No.

La violencia no ha cambiado nada. Tanta muerte y tanta destrucción sólo han servido para que los que antes estaban abajo, ahora estén arriba.

Como si nada hubiera ocurrido, una nueva violencia se desencadena sobre el pueblo, tan ciega como la anterior, pero con una intención mucho más clara. Inocentes y culpables de esa noche deben pagar por igual por lo ocurrido. Es necesario que el terror y sus motivaciones escapen a nuestra comprensión, de forma que nadie tenga la tentación de rebelarse.

Frente a esto, no hay huida posible. Nadie puede bajarse del mundo, ni buscar refugio frente él. Tarde o temprano vendrán a buscarte, tarde o temprano te encontrarán. Sólo queda una vía, perderse en la locura, negar el mundo y lo que te exige.

Afuera, abandonada en la plaza, incólume en medio de la destrucción, ha quedado el inmenso cuerpo de la ballena disecada, el único símbolo que no ha sido explicado.

Ocupando en nuestras vidas un espacio que no se corresponde con su utilidad. Tan absurda y sin sentido como la idea de Dios.

Conclusión

¿Por qué rodar en blanco y negro?

Lo que antes era una imposición técnica, ahora es una decisión artística consciente.

Quizás porque es más hermoso y más noble que los colores.

Quizás porque es abstracto, porque nos aleja y disocia del tema.

Quizás porque nos obliga a pensar sobre lo que presenciamos.