jueves, 7 de julio de 2011

The Great North


Otra consecuencia de mi viaje a Oslo la semana pasada, fue la visita a los museos situados en la península de Bigdoy, dedicados en su mayoría a la exploración y la historia marítima, ergo, las naves de la época vikinga que fueron descubiertas en el XIX convertidas en lugares de enterramiento, el museo dedicado a las balsas en las que Thor Heyerdal ha navegado por medio mundo, la Kon Tiki y la Ra, pero sobre todo, el edificio en el que se conserva el Fram, barco ligado a dos de los grandes de las exploraciones polares, Nansen y Amundsen, del cual justo al ladito se puede contemplar también el Gjoa, aún a la intemperie, pero pronto protegido con un edificio similar al del Fram.

Debo confesarles que todos esos nombres tienen para mí un significado especial, el de esos recuerdos de la niñez que nunca se olvidan y que acaban influyendo en el modo en que aprecias y sientes el mundo cuando se llega a la edad adulta.

Me explico.

Durante mi niñez y mi primera juventud, la tele española, aparte de disponer sólo de un canal y medio, era fundamentalmente lo que se conocía con el nombre de televisión educativa, es decir plagada de programas, espacios culturales y documentales. Dicho así, no resultaría nada fuera de lo común, pero hay que recordar que en este mundo de hoy, el concepto de televisión cultural se reduce a poner documentales de animalitos una hora al día, los canales de documentales han sido desterrados a las televisiones de pago, y aún estos espacios especializados desde hace unos años parecen dedicados exclusivamente a hablar de extraterrestres, profecías de Nostradamus, crónica de sucesos y proezas basadas en el puro músculo.

Sin embargo, en esa época que les digo, podían encontrarse sesudos debates históricos sobre la sociedad en el medievo o comentarios sobre La Montaña Mágica de Thomas Mann (gracias a lo cual conocí a ese escritor, por cierto).

Ya sé parece exagerado y seguramente mis recuerdos están embellecidos, pero el caso es que un niño en esa época se veía expuesto a una inundación de datos históricos y culturales impensable en nuestros días. Entre esos programas, aún recuerdo una larga serie (he olvidado quien la presentaba y casi que prefiero no saberlo) sobre los viajes polares de Amundsen, en concreto sobre el paso del noroeste, el cual fue el primer hombre en navegarlo por completo. Gracias a esa serie Amundsen se convirtió en uno de mis héroes de infancia, y  no había para menos, ya que el explorador noruego tardo tres años y dos invernadas en pasar del Atlántico al Pacífico cruzando el laberinto de islas que se encuentran al norte del Canadá. Una proeza que se realizó con los medios de 1900 y en un barco de vela, el Gjoa, que no era otra cosa que una cáscara de nuez.

 Así que ahí estaba yo, muchos años tras terminar mi niñez, observando el barco en el que mi héroe de antaño había consumado aquella proeza y por supuesto maravillado y asombrado ante lo que suponía pasar tres años entre los hielos encerrado en ese espacio mínimo...sin ningún medio de comunicarse con el exterior para poder señalar cualquier problema y sabiendo que cualquier expedición de rescate sólo se pondría en marcha cuando se tuviera la certeza de que se habían perdido, es decir, pasados varios años de su partida, cuando ya no tuviera remedio.

En otras palabras, que estaban completamente solos y que todo dependía de ellos, de lo que pudieran llevarse en esa cáscara de nuez, de su resistencia y de su capacidad para solventar cualquier imprevisto, como así ocurrió, puesto que en las dos invernadas que tuvieron que pasar, debieron recurrir a la ayuda de un pueblo inuit que habitaba en la bahía que habían adoptado como refugio... y ya en el camino de vuelta, se vieron obligados a cruzar media Alaska en trineo para reponer las reservas de comida y combustible que casi se les habían acabado.

Pero en mi visita, aún me quedaba lo mejor, porque el otro barco, sólo un poco mayor que el Gjoa y que da nombre al museo, no era otro que el Fram, un navío construido para dejarse atrapar por los hielos sin que estos lo quebraran, de forma que pudiera ir a la deriva con ellos, durante meses, sin temer naufragar. Así hizo Nansen, en la esperanza de ser conducido hacia el polo, para en un rasgo de valor, abandonarlo con un compañero y dirigirse a pie hacia ese punto mítico, cuando comprobó que las corrientes lo rodeaban en vez de atravesarlo.

Un intento que fracasó, puesto que tuvieron que dar la vuelta al comprobar que apenas avanzaban debido a la deriva de los hielos, pero que en sí es un auténtico triunfo, ya que Nansen y su compañero no volvieron al Fram, sino que caminaron hasta el límite de los hielos y luego navegaron hasta llegar a las islas frecuentadas por los balleneros, arribando a Noruega antes que el propio Fram.

En cuanto a éste, su leyenda no terminaría aquí, sino que unos años más tarde conduciría a Amundsen a la Antártida, a la conquista del polo sur, en esa carrera que le enfrentara al británico Scott y que acabaría con la trágica muerte de éste.

Así que no deben extrañarse que me temblaran las piernas al caminar sobre la cubierta de ese barco, mito de la exploración de las regiones polares.