martes, 26 de julio de 2011

Phantasmagoria


Creo no haber ocultado mi satisfacción con las exposiciones que organiza la Fundación Mapfre en sus sedes de Madrid. En unos cuantos años se ha puesto a la cabeza del panorama expositivo madrileño, desbancando a los habituales (la Caixa y la Juan Marc), manteniendo un altísimo nivel que empieza a ser difícil de mantener, por lo que un patinazo parece próximo.

No es el caso de la exposición que voy a comentar brevemente y que he estado a punto de perderme, ya que el nombre de Eugène Atget no me decía nada (seamos sinceros, a pesar de lo mucho que presumo no soy más que un ignorante que se da precisamente eso, aires de). Mal hubiera hecho en no ir, puesto que he descubierto un fotógrafo excepcional, de esos de los que se enamora uno en instante, sentimiento compartido por otros fotógrafos como Man Ray, que compilo un albúm de sus fotos, al considerarlo como un artista en bruto, sin desbastar, de esos que les gustaban tanto a los surrealistas, porque su creatividad no se había visto limada por una educación académica.



¿Y quién era este Atget? Pues se podría decir que era un aficionado de finales del siglo XIX, principios del XX, parecido a tantos de nosotros que nos hacemos con una cámara y salimos a hacer vistas, con las que documentar nuestras andanzas y cuyo resultado acaba al final por no ser de interés ni siquiera para nosotros. La primera diferencia, entre Atget y un aficionado cualquiera, estriba en que este fotógrafo utilizó durante años y decenios la misma cámara, un aparato que cuando empezó ya estaba anticuado y que cuando murió en los años 20 era una auténtica pieza de museo, una de esas cámaras de un único negativo que precisaban larguísimas exposiciones, difícil de manejar y de transportar, pero que, como se verá, dota a sus imágenes de una magia particular.

La segunda diferencia y más importante es que ese trabajo de decenios tenía un único objetivo: documentar su ciudad tal y como era en ese instante, para transmitirlo a la posteridad y que no se perdiera en el olvido. Pero no hay que equivocarse. Ese esfuerzo por documentar no implicaba fotografíar los grandes monumentos, todo aquello que el progreso y la modernidad estaba trayendo a un París en perpetuo cambio, sino al contrario, las personas, las casas y los barrios a los que la piqueta y la vejez iba a derribar y extinguir, borrar para siempre de la faz de la tierra, como si nunca hubieran existido, como si desde siempre París hubiera sido una ciudad de amplias y anchas avenidas, de hermosos edificios, de aceras impolutas.

El espejo en el que el mundo debía mirarse.



Así, el Paris que Atget retrata, es un París de estrechas callejuelas, de patios olvidados, de casas de contrucción frágil a punto de derrumbarse, de tiendas donde se acumula la mercancía imposible de vender, de barrios periféricos donde crecen las chabolas. Todo lo que ese París moderno no quería ser, no quería ver y se esforzaba en eliminar.

Un Paris perteneciente al pasado, a punto de desaparecer y tan anacrónico, o tan opuesto al signo de los tiempos, como la propia máquina que Atget manejaba. Un aparato que, como he dicho al principio, exigía larguísimas exposiciones y por eso mismo, obligaba al fotógrafo a realizar sus tomas cuando no había nadie en la calle, para evitar que se le colasen figuras fantasmales (y aún así de vez en cuando sombras borrosas aparecen en sus placa) o a hacer posar a sus modelos, las personas que habitaban ese París agonizante, en poses estáticas y hiératicas, aquellas en las que se cansarían menos.

Una limitación técnica que en manos de Atget se convierte en una de esas virtudes, porque esas vistas de ese Paris agonizante, cochambroso y miserable, al hallarse desprovistas de seres humanos, consiguen transmitir una mayor impresión de angustia, de ahogo, de catástrofe inminente, de muerte y desolación inevitables.


Y así, en las fotografías de Atget, París, ese París que todos asociamos con las ciudad más bella del mundo, deviene una fantasmagoría, un espacio tétrico e inquietante, un lugar fuera de este mundo, procedente de quién sabe qué malos sueños, y que se desvanecerá en un instante, en cuanto el sol salga y la luz inunde ese mismo mundo.