lunes, 7 de febrero de 2011

AMGD Capítulo II: Antioquía, año 67 d.C.

Lunes, nueva entrega de Ad Maiorem Gloriam Dei. Si en el capítulo primero se había presentado a uno de los personajes del bando judío, en el contexto de uno de tantos movimientos mesianico/políticos aplastados por los romanos, ahora toca el turno a conocer a parte del reparto romano, en el momento en que, tras los primeros reveses en la rebelión judía, Vespasiano toma el mando de las tropas romanas, completamente desmorializadas.

Así que, sin más dilación.


Capítulo II: Antioquía, año 67 d.C.

Las montañas cierran la ciudad. Altas, orgullosas, indiferentes. Entre ellas, se enrosca un río, ocupando el fondo del valle que dejan, partiendo en dos la ciudad. Nació al otro lado de la cordillera y, durante mucho tiempo, impedido por su altura, huyo del mar, pareció querer perderse en el desierto, hasta que aquí encontró el paso a su desembocadura. Cerca, muy cerca, hacia el oeste, allá donde la vista ya no encuentra  montañas, está Seleúcia y su puerto, la salida al Mediterráneo, la puerta al mundo, la ruta hacia quienes lo han sometido.
   
El centro del mundo. Bien pudiera haberlo sido, entre tantos otros lugares que así lo han proclamado. Si se va contra corriente, se llega a la llanura de Siria y, antes de que el desierto reine, al Eúfrates, y de allí, siguiendo su curso, a Babilonia y de ella, al Tigris y a la otra Seleúcia, desde donde de nuevo se ven las altas montañas, las mesetas de Persia, el hogar de los partos, la promesa de Bactra, el sueño de la India, la leyenda de Samarcanda, la fábula del país de los Seres.
   
Quedan las montañas. El camino del norte es arduo y difícil. Primero las soledades de Armenia y Capadocia, luego los peligros de Galacia, pero pronto se llega a Pérgamo, a las ciudades de Jonia, a Éfeso y Mileto, a Bizancio, a la Grecia que conquisto el mundo, a la Macedonia que fundó esta ciudad enorme y orgullosa. Si se prefiere el sur, la vía es la estrecha ruta que separa el mar de la cordillera, no hay posibilidad de perderse. Uno a uno los países se alinean, se presentan y desaparecen. Fenicia con sus ciudades volcadas al mar. Judea, tan similar a Grecia en sus costas, tan extraña e incompresible en su interior. Egipto y su capital Alejandría, la eterna enemiga, siempre en guerra con Antioquía, creyendo ambas que habrían de destruir a la otra y heredar su imperio, el mundo con él, hasta que jóvenes conquistadores, procedentes del oeste,  aplastaron a ambas.
   
Encrucijada. Tal es el destino de la ciudad. Fundador de imperios tras fundador de imperios, han cruzado por aquí, elegido un camino, desaparecido en el horizonte, desvanecido en la historia. Todos han dejado su huella, asirios y egipcios, persas y griegos, hasta incluso aquellos que nadie más recuerda, si no fuera por sus ruinas, por las altivas murallas protegiendo vados y pasos, por las estatuas gigantes que vigilan las rutas, por las inscripciones grabadas en las montañas, en letras tan grandes como los gigantes y tantas altas que nadie sino ellos alcanzarían.
  
Raza tras raza han venido y pasado, ya sea movidos por el ánimo de conquista, ya sea por el afán de comerciar. Una tras otra han llegado al cruce de caminos, e incapaces de decidir una ruta entre tantas, se han establecido aquí, fundado un barrio para ellos solos, crecido y prosperado. Los ciudadanos lo saben, lo proclaman con orgullo. No es necesario viajar, no es necesario salir al encuentro del mundo, todo él, por entero, está en Antioquía.
   
Todo él, por entero. Así es. Al igual que los países se crean fronteras y se encierran en sí mismos, los barrios construyen muros alrededor de sus límites, cierran sus puertas de noche para estar seguros, vigilan de día que nadie entre sin permiso. Son pequeñas naciones en sí, más orgullosas de sus tradiciones que sus tierras de origen.  Cuando por cualquier razón se ven forzados a salir de sus barrios, portan con orgullo esas diferencias que los distinguen, ese doblez del manto apenas perceptible, esa prenda de más, ese nudo en las sandalias, todo aquello que permite reconocer y reconocerse.  En el  interior de sus ghettos, celan para que nadie contravenga el más mínimo detalle, la más mínima disposición. ¡Ay de quien  se aparte de la ortodoxia! ¡Ay de quien copie a los vecinos!  ¡Ay de quien se atreva a mutar lo inmutable!
   
Como el mundo exterior. Así es Antioquía. Todo lo que hay fuera, se refleja aquí dentro. Hasta la guerra, porque de vez en cuando, los miembros de una comunidad se enfrentan a los de otra, luchan en las calles, se matan en las callejuelas. Esos conflictos No suelen durar mucho, sin embargo. El río, al cruzar la ciudad, se separa en dos brazos, dejando una isla en medio. Allí es donde habitan los gobernantes de Antioquía, en una ciudad dentro de otra ciudad, capaz de resistir un asedio prolongado, capaz de acantonar tropas suficientes para dispersar cualquier ejército. No importa de qué raza o etnia provengan los gobernantes, religión y costumbres son irrelevantes para ellos. Al menor signo de desorden, los soldados invaden las calles. Sus armas se vuelven contra los alborotadores sin piedad, sin miramientos, sin tener en cuenta su origen, sin considerar si son ofensores u ofendidos.
  
Nadie se queja, nadie protesta por esta arbitrariedad. Tal es la forma en la que los dioses deberían comportarse, repartiendo castigos y premios por igual, si no se hubieran olvidado del mundo. Podrá ser cruel y ciega esta justicia, llenar los patíbulos de inocentes, pero dura poco, es rápida y, gracias a ella, la paz reina en la ciudad, las contiendas no se alargan año tras año, siglo tras siglo como en el mundo exterior.
  
El viajero puede, por tanto, engañarse a voluntad, dejarse seducir por el espectáculo de esta ciudad, donde todas las razas viven en armonía, donde todas las culturas florecen y son respetadas.
  
Así podría hacerlo, en efecto, y en esa ilusión, vagar por las obscuras y retorcidas callejuelas. Descubrir cuantas lenguas aún desconoce. Asombrarse con las ropas de las gentes. Disfrutar de la variedad de los zocos, de los artículos que en ellos se apilan, de los olores y los colores.
  
Hasta que en una vuelta del camino, el sol le ciegue, obligándole a protegerse los ojos con la mano. Frente a él ya no hay casas. Sólo una vasta extensión abierta, cubierta de escombros, de la que sobresalen maderos carbonizados, en donde las trazas de las calles se han borrado.
   
En vano retrazará sus pasos. En vano llamará a las puertas de las casas aún intactas. Nadie querrá abrirle. En vano preguntará a los escasos transeúntes. Ninguno querrá darle respuesta.
   
Sólo entonces reparará en el miedo. En las ventanas que se cierran a su paso. En las miradas que le siguen desde la obscuridad. En las sombras que aparecen fugazmente en la siguiente esquina para desaparecer antes de que la alcance.
   
Volverá entonces al espacio vacío en medio de la cuidad. Elegirá una piedra donde sentarse. Entonces, en medio de la destrucción, rodeado por el silencio, sin nada más que ver que los escombros y las mudas fachadas de la casas, comprenderá todo.
    
Nadie presta atención al viajero, sin embargo. Toda la noche la ciudad ha permanecido en vela. Sin interrupción, desde que se puso el sol hasta el sol, columna tras columna de soldados ha atravesado las calles. En completo silencio, pero atronando la ciudad con el estruendo de su marcha. Alguno, los más valientes o los más insensatos se han atrevido a subir a las azoteas y observar, escondidos, el paso de las tropas.
   
Un mar de cascos, todos iguales, indistinguibles, cuentan ahora con cierto tono de orgullo por su proeza, una vez pasados los terrores de la noche, eso es lo que podía atisbarse. Los soldados marchaban con las espadas desenvainadas y se protegían con los escudos, como si marchasen al combate. No eran hombres, sino máquinas, muñecos sin vida, estatuas que no pueden morir, figuras que sólo sirven para matar, siluetas que sólo esperan la orden para hacerlo.
  
En ese instante, en esas palabras, el narrador bajará la voz, temeroso, y los curiosos se apretujarán contra él, pegarán la oreja, mientras dirigen miradas asustadas a un lado y a otros, temiendo que algún espía repare en ellos, escuche sus palabras y les denuncie a la primera patrulla de soldados que aparezca.
   
Pero no hay soldados en toda la ciudad. No hay autoridades que vigilen las calles. Pronto toda la ciudad se da cuenta de ello y esa ausencia se antoja más turbadora que si las calles estuvieran ocupadas por las tropas, que si se hubieran entregado al saqueo y la matanza, que si sus casas estuvieran ya ardiendo.
  
La solución debe estar en la isla. La isla que los brazos del río Orontes han dejado en medio de la ciudad. Pocos tienen el valor de acercarse a ella, menos aún  de dejarse ver en los puentes que a ella conducen, ninguno se atreve a tocar las enormes puertas que la cierran. Tampoco aprovecharía esa curiosidad. Altas murallas cierran su contorno, impidiendo la vista de su interior, elevándose desde las aguas, como si la fortaleza hubiera surgido del río ya construida, enigmática y amenazante.
   
Por encima de las murallas, sobresaliendo sobre las almenas, solo se vislumbran los pináculos del palacio, las cúpulas de las termas, las estatuas que adornan el circo y el teatro, porque esa isla es una ciudad dentro de la ciudad, según narran, con tono misterioso, los pocos elegidos que han sido permitidos a cruzar las puertas, a franquear sus entradas. Una ciudad construida para gobernar a la otra ciudad, la exterior, diseñada para resistirla, reforzada para aguantar cualquier asedio, para soportar cualquier asalto, preparada para, una vez que el ataque haya perdido mordiente, retomar el control sobre la otra, la múltiple, la variada, la siempre en ebullición.
   
Allí dentro, tras las gruesas y mudas puertas, tras las altivas y adustas murallas, es donde deben estar las tropas que han cruzado la ciudad durante la noche. Así lo sabe la ciudad entera. Así lo teme la ciudad entera.
    
Sin embargo, las tropas no piensan en la ciudad. Tras haber marchado toda la noche, no se les ha permitido entregarse al descanso. Según llegaban han sido conducidos a la explanada frente al palacio y obligados a formar. Allí aguardan, algunos desde primeras horas de la noche, en perfecta inmovilidad. El sol ha salido. Nadie se ha presentado a darles órdenes. Poco a poco, sus sombras han ido girando y acortándose. Nada ha interrumpido la espera. El palacio ha permanecido en silencio, sus puertas y ventanas cerradas, sus galerías vacías.
   
Hay alguien dentro. No cabe duda. Alguien poderoso, que puede decidir sobre la vida y la muerte, alguien indiferente, para quien los números no tienen importancia. Los tribunos pasean nerviosos entre las filas de legionarios, dirigiendo miradas hoscas a un lado y a otro, temerosos de caer en falta ante ése a quien todos esperan. De vez en cuando la voz ronca y áspera de un centurión sobresalta a toda la formación, y la reprimenda golpea a todos por igual. No se tolerarán signos de debilidad, no se permitirá que se infrinjan las órdenes, que se rompa la disciplina. Éste es el ejército romano, éstas son las tradiciones que le han hecho grande. Nadie escapará al castigo, porque la responsabilidad de uno, afecta a todos por haberlo tolerado.
  
Un escalofrío recorre la formación entera, afectando incluso a los veteranos. Sin abandonar la inmovilidad vuelven los ojos a la izquierda, hacia la legión que ha formado separada de todos ellos, la desventurada XII. Que suerte tengo, piensan. Que suerte tengo, se repiten. Yo estoy allí. Yo no estoy con ellos. Yo voy a ver el fin de este día. Muchos de ellos no. ¿Cuántos? Es la pregunta. ¿Cuántos? Se atreve alguno a preguntar en voz bajo. Nadie responde. No tienen tiempo. Una orden imperiosa les hace callar. Una mirada fría y despiadada se clava en sus ojos. Hay que agachar la cabeza, hay que someterse.
   
Pensar no sirve de nada. El tiempo no pasa si se piensa. La tortura es mayor si se piensa. De pie en la explanada, sin poderse mover, los soldados caen en un estado de duermevela. Lo bastante despiertos como para no desplomarse sobre el pavimento, lo bastante dormidos, como para no sentir nada más, ni la luz cegadora del día, ni el calor que se refleja en el suelo, ni el peso abrumador del equipo, ni el contacto ardiente de la armadura y el casco, ni el dolor sordo que se extiende por todo el cuerpo. Nada de eso existe. Todo desaparece lentamente, amortiguado, olvidado, indiferente.
   
Un sobresalto. Sin abandonar la inmovilidad, retenidos por años y años de entrenamiento, los ojos de los soldados buscan a su alrededor. Nada. Nada ha ocurrido. Vale más volver al sueño.  Volver al refugio. Pero no es posible. Algo ha sucedido, aunque no puede verse desde aquí, algo han visto las primeras filas de la formación y su excitación se ha extendido por la masa de soldados, saltando de legión en legión, hasta alcanzar incluso a la XII.
   
Hay terror en sud miradas. Pánico al principio. Resignación al final. Sólo a ellos se le ha ordenado formar sin armas. Podrían lanzarse contra los más cercanos, intentar arrebatarles las espadas, pero al final el número les vencería. No sólo por el número, hace muchas horas que han sido derrotados. Si lo hubieran intentado en la mañana, según llegaron aún habrían tenido una oportunidad, pero ahora el sol, el calor, la inmovilidad les han robado sus fuerzas, embotado sus mentes. Ninguno sería capaz de oponerse al cuchillo del verdugo, como mucho alargarían el cuello, para que fuera rápido.
   
Sin embargo, nadie les presta atención. Allá lejos, en las primeras filas, comienzan a escucharse gritos de júbilo, se ve a los soldados alzar los escudos y las espadas sobre sus cabezas, comenzar a golpearlos el uno con el otro. Una tras otra, fila tras fila de soldados se les unen, aunque no puedan ver que es lo que ocurre. No importa. La excitación se transmite de soldado a soldado, los voces se unen, siguen el mismo ritmo, pronuncia las mismas palabras.
   
Pronto se le ve, sobresaliendo sobre los demás, allá a lo lejos, ante las primeras filas, como si fuera un gigante, un dios que vela por encima de los hombres. Levanta la mano y saluda, levantando aclamaciones cada vez que lo hace. No llegan a distinguirse sus rasgos, pero debe estar sonriendo, así lo demuestra cada uno de sus gestos, la seguridad y tranquilidad con la cabalga. Tras él, marchan más hombres, también a caballo. Los más cercanos deben ser sus dos hijos, el resto, los oficiales del ejército. Ninguno sonríe, ninguno habla, se limitan a mirar a las filas de soldados, alerta, preparados ante cualquier eventualidad, la mano en el pomo de la espada, presta a desenvainarla.
   
Vespasiano aparenta no reparar en esta vigilancia. Continúa su marcha, sonriendo, saludando con la mano, pasando de la formación de una legión a la siguiente, de la V a la X, de X la XV. En cada una de ellas se detiene brevemente, llama a un centurión de las primeras filas, al más veterano, aquel en cuyo cuerpo están grabadas las victorias contra los partos, las invasiones de Armenia, las incursiones de los árabes.  Desde lo alto de su montura, charla con él, como si le conociera desde que nació, repitiendo las mismas obviedades que repiten todos los generales, mientras el centurión le responde con otra sarta de lugares comunes, el guión preestablecido y conocido por todos, tanto que ni general, ni centurión necesitan levantar la voz, hacerse oír más allá de las primeras filas.
   
Ya pasan de la XV a la XII, seguidos por todas las miradas, excepto las de los hombres de esa legión, que permanecen con la mirada baja, clavada en el suelo, esperando como todos los demás soldados, que a ellos se dirijan palabras muy distintas que al resto, pero también conocidas de antemano. La escolta de Vespasiano, que se limitaba a permanecer a su alrededor mientras revistaba las otras legiones, azuza su monturas y se adelanta a su general. Antes de que él llegue, han formado una línea, espadas desenvainadas, frente a la primera línea de la legión. Cualquiera que intente pasar, deberá enfrentarse a ellos, romper su formación, derribarles. Nadie lo intenta, nadie lo intentará. En ese tiempo, Vespasiano habría tenido espacio suficiente para huir y ponerse a salvo. Más si se considera que a ninguno de los legionarios de la XII se les ha permitido formar con sus armas.
   
Vespasiano no comienza a hablar enseguida. Durante unos instantes observa a la formación de hombres cabizbajos que permanecen ante él. Sonríe. Levemente, pero sonríe. Entre los que le conocen, esa sonrisa produce escalofríos. Muchos se han dejado engañar por ella la primera vez. No pocos, una  segunda y una tercera.
   
Todos se sobresaltan. El general ha elegido el momento preciso en que empezaban a confiarse, a acunar la idea de que nada habría de ocurrir, para comenzar a hablar. Como un látigo, sus palabras, frías y precisas, azotan a la multitud. Los soldados no pueden apartar la vista de los labios que las pronuncian, esos labios de los que no desaparece una sonrisa amiga y acogedora, pero que poco a poco se retuercen en un gesto de ironía y crueldad.

-¿Así que esta es la XII legión? ¿Los que han combatido contra los rebeldes? – Breve silencio, a propósito, a sabiendas de que su auditorio conoce las palabras que está a punto de pronunciar, pero queriendo jugar con ellos, retrasar el momento, disfrutarlo.  – Eso me cuentan, pero yo no me lo creo. Más bajas he visto en una simple marcha. ¿Sabéis una cosa? Si realmente hubierais combatido, si realmente hubierais querido hacer honor a las arma romanas, ni la décima parte de vosotros estaría aquí. ¡Qué digo la décima parte! Si realmente los enemigos eran tantos como pretendéis, ninguno de vosotros habría vuelto. El campo de batalla estaría cubierto por vuestros cadáveres y todos, incluido yo, cantaríamos vuestra gloria.

Vespasiano se inclina sobre la cabeza de su montura y acaricia sus crines.

- Pero las costumbres de los antiguos se han perdido. ¿No lo pensáis así? Quizás sea hora de recuperarlas. Ahora mismo me viene a la cabeza una. Muy apropiada para vuestro caso. Cuando una legión cometía un acto de cobardía, se la diezmaba. Ya que habían huido de las armas del enemigo, se les entregaba a las armas de los suyos. Muy apropiado ¿No os parece? Pero no os preocupéis....  – el brillo en los ojos de Vespasiano provoca escalofríos entre los que le conocen – …no habrá favoritismo. Vuestro general, el gobernador de esta provincia, ya se ha dado muerte. Ahora, en justicia, os toca a vosotros, primero los tribunos, uno de cada diez, luego los centuriones, uno de cada diez, hasta llegar a los simples legionarios, ¿por qué vamos a ser clementes? También uno de ....
- Empezad conmigo.
  
El cortejo de Vespasiano se sobresalta al escuchar la voz. La línea de jinetes avanza, desenvainadas las espadas, para cortar el paso al hombre. Sólo Vespasiano permanece tranquilo, acariciando con gesto distraído las crines de su caballo, sonriente. Un gesto suyo atrae la atención de un oficial, que detiene a los jinetes y conduce al hombre a presencia de Vespasiano.

- Así que tú eres el que tiene la insolencia de interrumpir a tu general....
   
Ambos se observan durante largo rato. Tan alto es el desconocido que Vespasiano, aún montado, apenas necesita inclinar la cabeza. Es un centurión primipilo, un veterano, como lo muestran sus condecoraciones y el estado de su casco y coraza, usados y gastados, perfectamente ajustados al cuerpo. Tampoco es un romano, su hogar no es Italia, en brazos y rostro, allí donde la protección no cubre la piel, se ven abundantes tatuajes rituales, resaltados con pinturas de guerra, el estilo que utilizan los bárbaros del norte del imperio.

- Empezad conmigo – repite el centurión y extiende su brazo derecho, terminado en un muñón.
  
Vespasiano ríe y su risa sobresalta a todos, excepto al desconocido. Él y Vespasiano se miran a los ojos.

- Tú eres Hermann ¿no es cierto?
- Sí, mi general.
  
De nuevo, se escucha la risa de Vespasiano.

- Creo que habéis tenido suerte – y tira de las riendas para hacer dar la vuelta a su montura – Sí, creo que habéis tenido mucha suerte. Agradecédselo a él. Sólo a él – Vespasiano se vuelve hacia el cortejo. – ¡La revista  ha terminado! ¡Qué las tropas vuelvan a sus cuarteles! – Los oficiales galopan a sus unidades. Hermann da la vuelta y camina hacia su legión – Tú no. Tú te vienes conmigo.
    
Vespasiano cabalga hacia el interior del palacio. Marcha al paso, sin prisa alguna, acompañado por sus hijos y por Hermann que camina a su lado. Cruzan una puerta y luego otra adentrándose cada vez más en el recinto, hasta llegar a los lugares prohibidos, aquellos reservados a los gobernadores y, antes que ellos, a los reyes seleúcidas, los sucesores de Alejandro, los dioses que hollaban la tierra y se dignaban gobernar a los mortales.
    
Allí dentro, a salvo de miradas indiscretas, Vespasiano desmonta. Hermann tiene que ayudarle a hacerlo.

– Espera – le dice Vespasiano al oído – Espera. No te vayas aún Ya soy un anciano y los ancianos tenemos estos problemas – Durante unos instantes, el general  permanece con el brazo de los hombros de Hermann – Nos cuesta recuperar las energías tras un esfuerzo – la mano de Vespasiano se aferra al hombro del soldado – Necesito alguien como tú. ¿Me ayudarás?
   
Hermann no responde. Ha visto como Tito se acercaba a su padre y se inclinaba para hablarle.
   
- ¿Qué comedia ha sido ésta, padre? – la indignación ahoga su voz - Esto ha sido una vergüenza. Si esos hombres eran culpables, merecían el castigo. Perdonarles ha sido una infamia, una debilidad, un error. Hemos perdido su respeto. Hemos...
- Monstruo de virtud, apártate – Vespasiano habla en voz alta, para que todos le oigan. Tito, avergonzado,  retuerce su rostro en una mueca de rabia – Monstruo de virtud. – repite Vespasiano, mientras sacude la cabeza – Nunca aprenderás a gobernar a los hombres, nunca les comprenderás...
   
Un silencio incómodo cae sobre todos.

- Y tú – ésta vez Vespasiano se dirige a Domiciano, que se ha quedado un poco aparte, con una sonrisa irónica en los labios, la misma  que ha heredado de su padre – Tú crees entenderlos demasiado bien.