sábado, 26 de febrero de 2011

Let your imagination run free





























La secuencia arriba mostrada pertenece a Genshiken 2, la segunda parte de la serie del mismo nombre, y que para el que no lo sepa, relata las anécdotas cotidiana de un club que bajo el rimbombante nombre de Sociedad para el estudio de la cultura visual contemporánea esconde a un variopinto grupo de excéntricos universitarios que se dedican a ver anime, leer manga y asistir a las variopintas convenciones relacionadas con ese tema.

En concreto, la torrida escena que he elegido como ilustración, no es sino una de las fantasías de uno de los miembros del club (no les descubriré quién, por si quieren uds ver la serie) que tiene una afición secreta por el yaoi, es decir las historia de amor ente hombres, y que no puede evitar imaginarse a los miembros masculinos del club envueltos en ardientes pasiones, ambientadas en lujosos e idealizados ambientes.

Una recreación de las fantasías secretas de ese personaje que sirve como ilustración perfecta de lo que constituye una de las mayores fortalezas de la serie, el hecho de ser extremadamente divertida sin que se vea forzada. En otras palabras, la visión de esta serie sobre el fenómeno otaku es claramente amable y cómplice, pero no duda en dejar al descubierto todos los elementos discordantes que provocan el rechazo de las gentes no contagiadas por esa afición, de forma que sus personajes aparentan ser personas normales excepto en esa pequeña diferencia, subrayada por el hecho de que durante la mayor parte de la serie, especialmente en su primera parte, nuestro punto de vista es el de un extraño, alguien que no comprende la pasión de los fan que le rodean, pero que por circunstancias especiales no puede alejarse de ellos.

Y esta es la segunda fortaleza de la serie, ya que en cierta manera la transformación que sufre ese extraño del que hablo es pareja a la experimentada por el espectador, ya que la convivencia prolongada con estos extraños apasionados, lleva a que este observador acabe por tolerarlos primero y estimarlos después, convirtiéndose en uno de sus defensores, en el ancla que los liga a la realidad y evita que se pierdan definitivamente, hasta acabar participando con cierta satisfacción en las actividades de ese club que le ha adoptado y del que es su mentor y líder tácito.