lunes, 14 de febrero de 2011

AMGD Capítulo III: Jerusalem año 70 d.C/Masadá año 66 d.C

Como todos los lunes, aquí tienen otra entrega de Ad Majorem Gloriam Dei. En esta ocasión volvemos a encontrarnos con el bando hebreo,  alternando dos ocasiones bien distintas, al final de la rebelión cuando Jerusalém estaba a punto de sucumbir al cerco romano, y en los primeros tiempos de la revuelta, cuando la lucha contra el invasor servía de excusa para la revolución social.

No les descubro más y les dejo ya con el capítulo, bastante mejor que el de la semana pasada, que no acababa de estar bien trabado.

Jerusalem año 70 d.C/Masadá año 66 d.C


El hombre permanece de rodillas, la vista fija en el pavimento, sujetado por dos de los nuestros. Ya no intenta moverse, ni ponerse de pie, pero sus guardianes no se confían. No deben hacerlo. No tardará en revolverse, desesperado, aunque sepa que no va a servir de nada, aunque esté seguro de que no podrá evitarlo.
  
Avanzas hacia él, sonriente. Te acuclillas y levantas el borde de su vestido, para examinarlo. Aún hecho jirones, aún sucio y descolorido, es fácil reconocer que se trata de una tela rica y cara, traída probablemente del otro lado del mar, allí donde moran nuestros enemigos, los que han ocupado está tierra, los que libran esta guerra para exterminarnos.
  
El hombre alza la cabeza al sentir tu presencia. Un temblor le sacude al encontrarse con tu sonrisa, sin embargo, tú aparentas no haberlo percibido. Continúas sonriendo, con una expresión tranquila y acogedora. El hombre duda, duda pero no puede resistirse a tu atracción. Su mirada se ilumina, en su rostro se dibuja también una sonrisa. Quizás. Quizás. Eso es lo que piensa. Aunque sea imposible.
  
Permites que se acune un instante en su esperanza. Disfrutas de antemano del golpe que va a propinarle, ahora, cuando menos se lo espera – Todos sois iguales – dices con voz fría, mientras continúas mirándole a los ojos, manteniendo la misma sonrisa serena – Todos sois iguales – su rostro se contrae en una mueca de terror, aún no lo cree, aún no puede concebir que vayan a quitarle lo que creía ya al alcance de su mano – No importa lo que os ocurra. Nada os desengañará. Siempre os creeréis superiores. Siempre creeréis tener la razón. Vosotros con el derecho de mandar. Nosotros con la obligación de obedecer. – te pones en pie, sin dejar de mirarle, forzándole a alzar la cabeza a seguirte con la mirada, recordándole quien es el que manda en este momento – Por eso debéis ser castigados. Sin piedad. Sin misericordia. Tú y los tuyos. Hasta que vuestra semilla sea extirpada de esta tierra. De la tierra a Él consagrada.
  
Te das la vuelta. Le dejas sólo – Proceded – Ordenas a los soldados – Que lo vea todo antes de que le llegue el turno. Respondéis con vuestra vida. – Desenvainas la espada, marchas hacia las mujeres y los niños que están arrodillados, las manos atadas a la espalda, custodiados también por hombres armados. Debes dar ejemplo, ser el primero en verter la sangre. Como hacen los buenos jefes, que nunca piden a sus hombres algo que ellos no sean capaces de hacer.
  
Yo también me vuelvo. He visto demasiadas veces esta representación. No quiero verla una vez más. Me apoyo en el parapeto de la muralla, clavo las uñas en la piedra hasta que el dolor se apodera de mi cuerpo, hasta que mis piernas flaquean. Aún así continúo oyendo los gritos y los gemidos, interrumpidos solamente por el estertor de una agonizantes, por el impacto sordo de un cuerpo arrojado desde la muralla y que se estrella contra las piedras del fondo.
  
No me sirve de nada. Afuera, al otro lado de las murallas, también habita la muerte. El foso que defiende la ciudad está colmado por montones de cadáveres. Aquellos traidores que hemos ejecutado nosotros, aquellos de los nuestros que han perecido en la lucha, todos los inocentes que han perecido por el hambre, el sufrimiento o la enfermedad. Todos los muertos en la ciudad, arrojado desde lo alto del adarve  para que su podredumbre no nos ahogue.
  
Levanto la vista, pero la muerte sigue siendo lo único que veo. Sobre las colinas se alzan cientos de cruces, coronadas por enormes bandadas de cuervos. Algunas ya están vacías, en otras aún penden despojos, esqueletos incluso. Las hay que las acaban de erigir y la forma suspendida aún se revuelve. Ése es el destino que os espera una vez conquistada la ciudad, proclaman. No habrá perdón para ninguno. No esperéis misericordia. Todos seréis tratados igual, culpables o inocentes, os rindáis ahora mismo o resistáis hasta ser reducidos.
  
Todos estáis siendo tratados igual, porque todo aquel que huye del infierno en que se ha convertido la ciudad es capturado por los enemigos, llevado a una colina donde aún haya espacio, y cada vez hay menos lugares posibles, y crucificado allí, ante nuestros ojos, sin que nada podamos hacer para evitarlo. Aún así, aún así, la gente sigue tentando la evasión. En todos, incluso los que hemos decidido morir con las armas en la mano, anida la esperanza de salvación. Quizás ese intento sea el que tenga éxito, quizás Su mano ciegue a los enemigos y nos franquee el paso.  Quizás, si no se tiene suerte, los enemigos sea hayan cansado de matar, quizás respeten nuestras vidas. Aunque no sea así, aunque el resultado sea la muerte, la cruz es un castigo clemente comparado con el horror de la ciudad.
  
Los enemigos. Los ves reunirse alrededor de las cruces aún frescas, juntarse allí para perder el tiempo, reírse de los agonizantes, gastar bromas, descansar, comer, dormir a la sombra del bosque de cruces, al igual que si estuvieran en un jardín. No les basta con ese escarnio. Los hay que desclavan los cadáveres de las cruces, una vez expirados, no para enterrarlos o para deshacerse de los cuerpos, sino para abrirlos en canal. Saben que las gentes, antes de tentar la huida, ingieren joyas y monedas, el único medio de llevárselas y que nadie las encuentre.
  
Los enemigos. Tras las cruces, descubres sus tiendas, extendiéndose casi hasta el horizonte, innumerables como las estrellas del cielo o las arenas del mar. Y ese es sólo uno de sus campamentos, hay otros tres, cada uno en un punto cardinal, cerrando todo acceso a la ciudad, manteniéndola siempre bajo vigilancia. ¿Cómo pudimos pensar que ganaríamos? ¿Cómo podemos aún tener fe en la victoria? Ya ocurrió en el pasado, nos repiten, mientras abren los libros sagrados y señalan los pasajes que Él mismo escribió. Ya vino en el pasado el rey Senaquerib, con más de un millón de hombres a su mando, con las fuerzas del mal convocadas desde todo el orbe. Ya vino, seguro del triunfo, y tuvo que retirarse, pues Su mano descendió sobre el ejército enemigo y le hirió con todo el rigor posible, hasta que fueron más los muertos que los vivos.
  
“... pues su mano descendió sobre el ejercito enemigo y le hirió con todo el rigor posible, hasta que fueron más los muertos que los vivos...” Aferro con más fuerza la piedra del parapeto, para que el dolor me vuelva loco, porque si la mano del Señor ha descendido, no ha sido sobre los enemigos, sino sobre nosotros, sobre Su pueblo, sobre aquellos que creen en Él y le veneran. Sobre los fieles ha sido hecha la carnicería, sin distinguir entre culpables e inocentes. Todos, sin excepción, han sido entregados a la espada. Nadie sabe decir cuando terminará la matanza... o si terminará algún día.
  
Los gritos han cesado. En el silencio, se escucha sólo la voz del hombre, que suplica compasión. Ha visto perecer a todos los suyos, ante sus ojos,  y aún guarda esperanza, aún se atreve a intentar sobornar a sus captores, aun intenta despertar su compasión, aunque estos se ríen de él, aunque se note que están jugando con él, que si le conservan la vida es para divertirse un instante más, para huir, ellos también de la ciudad y su infierno.
  
No puedo aguantarlo. Desenvaino la espada y descargo el golpe contra el cuello, justo donde se une al hombro. La sangre brota a borbotones, empapando a los que están frente a él. No tiene tiempo de reaccionar, una expresión de sorpresa se dibuja en su rostro, pero eso es todo, nada más. Cae al suelo desmadejado, no se mueve, apenas un estertor cada vez más débil
   
Levanto el brazo para rematarlo, pero alguien me agarra de la muñeca. Eres tú. Tiras de mí y me apartas de los demás, me llevas hasta una torre, a donde nadie nos sigue, a donde nadie puede oír nuestra conversación.

- ¿Estás loco?- y tus ojos llenos de rabia me traspasan, me hacen bajar la mirada – ¿Quieres que te maten?

No respondo.

- Si no lo hacen, es porque estoy yo delante - me tomas por los hombros y me sacudes –  ¡porque estoy yo delante, sólo porque estoy yo delante! ¡Haz el favor de comportarte! – me sacudes con más fuerza, pero yo evito mirarte a los ojos - ¡Reacciona! ¡Por lo que más quieras, reacciona!

Me sueltas y eso hace que me vuelva. Te has apartado unos pasos, no miras ya, diriges la vista hacia los otros, hacia aquellos desharrapados, de vestidos teñidos de sangre y barro, de armas melladas, de rostros inexpresivos, incapaces de sentir esperanza o desesperación.

- ¿Cuánto tiempo crees que podemos seguir así? – continúa – Dime ¿Cuánto tiempo? No puedo protegerte eternamente. Si sigo haciéndolo, se volverán contra mí... y si no acaban también conmigo, tendré mucha suerte.

Debería responderle, pero no lo hago. Debería bastar con que mirase a su alrededor, para saber lo que pienso. Afuera, el ejército romano espera. Los campos han sido arrasados hasta el horizonte, las granjas derribadas para utilizar su piedra en los terraplenes que ascienden hacia las murallas, los árboles talados para construir las torres  de asedio y los arietes con las que darán el asalto. Adentro, el humo de los incendios, de los incendios que nosotros mismos hemos provocado, se eleva de los cuatro rincones de la ciudad. Los  mismos muros del templo, dedicado a Él, se han ennegrecido y sobre ellos vigilan soldados en armas, para defenderse de sus propios compatriotas.

- Tenemos que ganar esta guerra. – tu voz no calla, tiembla su tono, pero tus palabras niegan cualquier duda –  Cueste lo que cueste. Todo aquél que dude debe ser eliminado. No podemos permitirnos vacilaciones, mucho menos la compasión. Si triunfan los romanos, no quedará nadie de nuestro pueblo, todos seremos exterminados. Si vencemos nosotros, podremos recuperarnos. Tardará, pero volveremos a ser grandes. Eso es lo único que importa. Por eso todo lo que hagamos está justificado, todo lo que hagamos será perdonado, por muy abominable que sea. Porque lo hacemos por Él. Porque lo hacemos por Su pueblo.
 
¿De qué serviría contradecirte?

- Descendamos – respondo  y cruzo frente a ti sin mirarte.


La noche es tranquila, cuajada de estrellas. A nuestro alrededor cantan los grillos, aunque van callando a nuestro paso. No puedo evitar sentirme intranquilo, quizás ese silencio, esa interrupción en los ruidos habituales de la noche, baste para delatarnos.
  
Ascendemos la última colina, agazapados, coronamos su cumbre, para poder observar sin ser vistos. Todo está tranquilo, nadie nos espera. Abajo, en el valle, se acurrucan las casas, las unas junto a las otras, como un rebaño que se aprieta para pasar la noche, aquí y allá finos hilos de humo blanco, ascienden hacia el cielo, reluciendo en la obscuridad.
  
Sólo una casa permanece aislada, en medio del pueblo, rodeada de plazas y anchas callas, orgullosa y adusta, segura de su dominio. Ése es nuestro objetivo y, desde nuestro lugar de observación, entre cuchicheos, decidimos el mejor camino para llegar a ella, la mejor forma de rodearla y que nadie pueda escapar de su interior.
  
No hay tiempo que perder. La noche es corta. Cruzamos campo a través, rápido, pero sin correr, procurando que evitar que nuestras armas repiqueteen, hollando los surcos aún frescos. Nos agazapamos bajo las primeras casas, aguardando allí un instante para recuperar el aliento.
  
Silencio. Nadie nos ha descubierto aún. Nadie ha despertado sobresaltado. Pegados a las paredes, avanzamos por las callejas a nuestro objetivo, en líneas paralelas una a cada lado de la calle. En las esquinas nos detenemos brevemente, hasta que los que van en cabeza, se aseguran de que no nos esperan, entonces cruzamos rápidamente hasta la siguiente calle.
  
Poco a poco, percibimos como la aldea se despierta. Tras las finas puertas se escucha el rebullir de la gente, palabras susurradas, preguntas y respuestas. Tienen miedo, mucho miedo, a qué su casa sea la que buscamos, a que sus vidas sean las que van a ser sacrificadas. Oímos como se mueven, como buscan refugiarse en el lugar más recóndito de sus hogares, como contienen al aliento cuando pasamos junto a su puerta, como se acercan a ella, una vez que nos hemos alejado, para tratar de descubrir cual es nuestro destino.
  
Somos muy pocos, demasiado pocos, sin embargo. Si quisieran podrían acabar con nosotros, les bastaría con ascender a los tejados y apedrearnos desde ellos. En cuanto consiguiesen dispersarnos, en cuanto lograsen extraviarnos por su pueblo, no tendríamos salvación, ninguno de nosotros saldría con vida. Pero tienen miedo, mucho miedo, aún no saben si somos los romanos o si somos de los suyos. En su caso, y lo saben demasiado bien, igual de peligrosos.
  
Hemos llegado, frente a nosotros se alza la hacienda solitaria, separada por una amplia plaza, rodeada por un elevado muro, perforada únicamente por una puerta enorme. Apenas se llega a ver la casa, sólo un trozo del alero del tejado, recortándose contra el cielo, tapando las estrellas.
  
Una forma aparece al otro extremo de la casa. Me agacho por reflejo, pero enseguida me tranquilizo. Son los nuestros. Les veo agitar la mano y respondo de la misma manera. Esperan mi señal. Me vuelvo a los que me acompañan. Sus ojos están fijos en mí, brillantes en la obscuridad. No tengo que decir nada. Alzo el brazo y lo dejo caer, echo a correr hacia la casa, sin que tenga que volverme, sabiendo que me siguen.
   
La puerta nos detiene un instante. No mucho. Con las lanzas picamos en la argamasa de los goznes hasta dejar al descubierto las bisagras. Un silbido y nos apartamos, un instante antes de que la puerta se desplome hacia el exterior. El polvo nos ciega un instante, ocultando el muro en el cielo, pero no esperamos a que se disipe. Los míos entran a la carrera en el patio, sin mezclarse, sin embrollarse, cada uno sabiendo su objetivo, los unos hacia los cobertizos de la servidumbre, los otros a la parte noble de la casa.
   
Yo permanezco fuera, con las reservas, alerta ante cualquier ataque que viniera del pueblo. Ahora la población ya debe estar dispuesta, no deben quedarle dudas sobre lo que pretendemos. Si lo que nos han contado es cierto, no intentaran defender a sus amos, al contrario, estarán muy agradecidos porque les hayamos librado de su opresión. Pero nunca se sabe. Nunca se sabe.
  
Recorro el contorno de la hacienda, comprobando que todos están en sus puestos. La tapia es alta, difícil de escalar, pero, llevados de la desesperación, los hombres son capaces de cualquier cosa. Compruebo que mis hombres están alerta. Haber salido de Masadá, haber abandonado esa cárcel donde nos habíamos encerrado, les ha venido bien, por ahora harán cualquier cosa que les mande, simplemente por la novedad, pero si no satisfacemos pronto su sed sangre, su hambre de riquezas, las cosas pueden ponerse muy feas. Espero que él lo comprenda.
   
Me vuelvo sobresaltado. Gritos de terror se elevan del interior de la hacienda, acallados pronto por las voces, roncas y desabridas, de mis hombres, por el estrépito de puertas y muebles al quebrarse. No duran mucho, enseguida retorna el silencio, roto solo por algún sollozo o alguna orden seca. Me apresuro hacia la puerta. Tengo que estar allí cuando arrastren a los prisioneros a la plaza. En la excitación, mis hombres son capaces de terminar el trabajo por su cuenta, cuando aún no es el tiempo. Tus propósitos son muy otros que la simple venganza, al menos así te lo ha ordenado Él.
  
Llego a tiempo. Sucios, despeinados, con sus ropas de dormir desgarradas, los primeros prisioneros están de rodillas en medio de la plaza. La mayoría resignados, sin creer aún lo que acaba de ocurrirles. Alguno aún desafiante, intentando ponerse en pie y oponerse a su captores, hasta que un golpe en su espalda le derriba al suelo. Ahí hubieran quedado, sin fuerzas para levantase, sino fuera porque doy orden de que les incorporen.
   
Ninguno va a substraerse a su castigo. Todos tienen que presenciarlo. Por eso ordeno que enciendan antorchas y que las coloquen formando un círculo alrededor de los prisioneros, que entornan los ojos y apartan la mirada, molestos por la luz que cae sobre ellos.
   
En las bocacalles van apareciendo los pobladores. Temerosos, apenas dejándose ver al principio, pero lentamente cobrando ánimo, hasta acercarse a nosotros, mezclarse entre nuestras filas, rondar alrededor de su antiguos amos, tocarles con mucho cuidado para ver si son reales o no, golpearles para comprobar si les duele. A la luz de las antorchas, puedo observar a placer los rostros de los aldeanos. No hay ni compasión, ni odio en ellos. Solamente curiosidad y algo de sorpresa. La misma mirada que el niño que hurga con un palo en un hormiguero, sólo por ver que pasa. No puedo reprimir un gesto de asco. Les hemos liberado y aún son esclavos.
   
Me encuentro con tu mirada. Su frialdad me estremece.

No somos más que fantasmas. Esqueletos andantes.
  
Meses de asedio, meses de combates, la mayor parte del tiempo entre nosotros, sólo ahora contra nuestros verdaderos enemigos, han agotado nuestras fuerzas, consumido nuestros cuerpos. El hambre ha completado la tarea, acabado con nosotros, extinguido cualquier chispa de humanidad que pudiéramos haber albergado.
  
Desde el palacio del rey descendemos hacia el barranco de Tiropeón. No podremos llegar al Templo. Los nuestros lo ocupan, cierto, pero nosotros no somos los suyos. No lo intentaremos tampoco. Nuestro fin es muy otro.
  
Seguimos las callejas vacías y silenciosas, adentrándonos en el laberinto de casas que cubre las laderas del monte. La ciudad parece normal, amodorrada un poco antes de la hora de comer. No nos dejamos engañar, tras muchas de las tapias ya no hay casas u hogares. El fuego ha consumido el interior, quebrado las vigas, derrumbado los tejados. Otra cosa que no sean montones de cenizas no puede hallarse en su interior, otros habitantes que las ratas, tampoco.
  
Algunas casas aún se mantienen en pie. La obscuridad que aguarda tras las puertas abiertas así lo muestra, pero no hacemos intento alguno por entrar en ellas. Las bisagras han sido arrancadas del marco, la hoja destrozada, sus tablas esparcidas por el suelo. Ya hemos estado allí y no hace mucho, como demuestra el hedor que escapa del interior. La reservamos para otros más desesperados, aquellas que no vacilarán en pegarla fuego, sólo por encontrar algún alivio.
  
La ciudad es enorme. Tan grande, que nuestra destrucción afecta sólo a una pequeña parte de ella, la apenas adyacente al palacio del rey. Poco a poco, como el hongo que se apodera del fruto, se extiende, colonizando y devorando nuevas regiones, creando islas de podredumbre en  zonas que aún se creían libres. Tal es nuestra misión.
 
La destrucción va quedando atrás. Las calles continúan vacías, pero, aquí y allá se elevan finos hilos de humo, procedentes de los hogares que se encienden. Tras las paredes, casi un rumor inaudible, nos llega el rebullir de las gentes. Se creen seguros. Ignoran que a su lado caminan hombres armados. Desconocen que, en cualquier momento, la muerte puede irrumpir en sus hogares.
  
Pasamos junto a ellos sin hacer ruido. Por hoy, se han salvado. Por hoy, les hemos perdonado. Nuestra misión es cruzar la ciudad, explorarla, sopesar cuanto tiempo podemos aún resistir, alimentándonos de ella, sin comenzar a matarnos entre nosotros, buscar lugares donde la guerra parezca no haber llegado aún, donde se crea en que la victoria puede conseguirse sin  sangre y sufrimiento.
  
Aún existen. Parece increíble, pero aún existen. Los romanos han tomado ya dos de los tres recintos de murallas que rodean la ciudad. La colina del templo no es más que un inmenso cementerio, el único lugar donde se han reconciliado, en la muerte, todos los creen en ti y se veneran, tras haberse degollado mutuamente, mientras que el resto de la ciudad no es otra cosa que un tronco carcomido por las termitas, al que un golpe decidido bastará para convertir en polvo. Sin embargo, lugares como éste aún existen.
  
No por mucho tiempo. No nos dejamos seducir. Nos lanzamos contra una puerta, una cualquiera de entre las que miran a la plaza. Cede enseguida, al igual que se quiebra inmediatamente el silencio, substituido por aullidos. No prestamos atención. En todos los hogares que hemos asaltado han dicho lo mismo. ¿Por qué nosotros? ¿Por qué a nosotros? Somos buenos creyentes. Le adoramos y respetamos. Odiamos a los romanos. Nuestro hijo, nuestro hermano, nuestro padre, están en la rebelión, incluso han muerto por ella. ¿Por qué nosotros? ¿Por qué a nosotros?
   
No prestamos atención. Pronto el silencio habrá sido restituido. Los últimos estertores se habrán apagado. Hay que comenzar la búsqueda. La semiobscuridad del interior nos ayuda, nos permite no ver los cuerpos desmadejados, sus expresiones de error, evita que reconozcamos a alguien conocido, que podamos reparar en las bajezas que acabamos de cometer.
  
Pero no hay tiempo. Peleándonos entre nosotros, nos lanzamos sobre el caldero aún humeante, sin preocuparnos en apagar el fuego. Hundimos las manos en su contenido y nos lo llevamos, aún humeante, a la boca. Nos abrasa las entrañas, pero seguimos engulléndolo, antes de que otro pueda quitárnoslo de las manos. Seguimos comiendo, pase lo que pase, aunque nos golpeen, aunque nos claven una hoja afilada en el cuerpo. Seguiremos comiendo aunque la vida se nos escape, aunque la muerte sea ya segura.
  
Otros recorren la casa, revientan los arcones, hacen añicos las ánforas, pican las paredes buscando escondrijos, golpean el pavimento buscando el sonido a hueco, la losa que se mueve. Hemos saqueado ya tantas casas que conocemos todos los escondites. Casi podemos adivinarlos. Al fin, de un recipiente roto, de un hueco en la pared, el grano surge en un chorro y se desparrama sobre el suelo. Nos arrojamos sobre el, lo bebemos, los masticamos aún crudo. Otros se lo comerán si no lo hacemos nosotros, otros intentaran robarlo si se nos ocurriera transportarlo.
  
Luego, el silencio. Tras la locura, el silencio. Como si nos hubiéramos emborrachado, el sueño nos sorprende en el lugar donde nos hemos saciado. Bajo la catarata de grano, semienterrados por él. Con el torso dentro del caldero, sofocados por el calor, las uñas aún rascando en el fondo. Entre los charcos de sangre, entre los cadáveres aún calientes.
  
Muchos han sido sorprendidos en ese estado por partidas rebeldes. Muchos han pasado así del sueño a la muerte. No importan. Por ahora, nuestros estómagos están llenos, por ahora el hambre ha desaparecido, por ahora la guerra se ha desvanecido. Si Él quiere llamarnos en ese instante, si Él desea substraernos a este horror que nunca termina, no somos quienes para oponernos a Su voluntad.
  
Despertamos sobresaltados. El mareo, las náuseas, nos dominan. Alguno incluso vomita lo que acaba de ingerir. Ése está condenado. No tardará en dejar de comer. No tardará en dejar de acompañarnos a las expediciones. Si se da cuenta, elegirá que las armas de los romanos le den muerte, no faltan oportunidades. Si no, un día le encontraremos acurrucado en cualquier lugar, con una extraña sonrisa en el rostro.
  
Nos ponemos en marcha. Ya hemos terminado aquí. Por ahora ha bastado con esta casa. En otras circunstancias, apenas unas semanas antes, los vecinos hubieran emprendido la huida, pero ahora, ellos y nosotros, sabemos que es inútil. Nuestras patrullas, como manadas de lobos hambrientos, recorren la ciudad. Cualquiera que intente escapar será detenido y ajusticiado. Bastará únicamente la sospecha.
  
Aunque escapen de ellas, aún tendrán que escalar las murallas, burlar los soldados que allí duermen, descender de las almenas y cruzar el foso. Todo eso es posible, pero tras esos obstáculos, aguardan los romanos. De ellos, como de la muerte, no hay escapatoria posible.
   
Nada pueden hacer, salvo esperar a la muerte, como el animal acorralado por la manada de lobos, que aguarda que salten sobre él... y casi lo desea.
  
Casi lo desea... Algo me llama la atención. Te has quedado atrás, apoyado en una esquina. Quien se rezaga, es hombre muerto. Al igual que nosotros no tenemos compasión, ellos tampoco muestran misericordia con quien se aventura solo. Corro hacia ti para llevarte de nuevo al grupo. Te agarro del brazo. Te zarandeo. Pero no respondes. No respondes. Tu cuerpo está rígido. Tus ojos en blanco.
  
Desenvaino la espada. Me coloco ante ti, dispuesto a protegerte contra cualquiera. Sé que te ha venido. Sé que puede durar lo que queda del día, quizás incluso toda la noche, pero no podrán hacerte daño, antes tendrán que acabar conmigo
.


Caminas entre los cadáveres que cubren la plaza. Tu paso es vacilante, como si estuvieras borracho, como si la sangre que aún gotea de tu espada se te hubiera subido a la cabeza. Vuelves la mirada a un lado y a otro, en movimientos bruscos, sin saber que hacer, sin saber que mirar. La hoja que empuñas tiembla, parece a punto de caerse de tu mano, pero, antes de que suceda, la clavas en el suelo y te apoyas en ella, te derrumbas sobre ella, y permaneces así largo rato, arrodillado, la cabeza  en el pomo de la espada. Inmóvil.
  
Casi como si hubieras muerto.
   
Nadie se atreve a intervenir. Ni los aldeanos, ni los bandidos que forman nuestra partida, ni yo mismo que te encontré en el desierto. Nos limitamos a mirarte, casi con la misma mirada, fija y vacía, con que los muertos de la plaza contemplan el cielo.
   
De repente, nos llega tu voz. No te has movido. Nada revela que seas tú quien habla y no otro, pero no es posible equivocarse.

– Me habéis obligado a que lo haga yo – dices con frialdad. – Os di la oportunidad de ser libres, de acabar con aquellos que nos habían oprimido, a mí y a vosotros, desde que nacimos. Comprendí vuestras dudas, entendí vuestros titubeos – aún sin entender lo que dices, aún sin poder reaccionar, te vemos rebullir, incorporarte, ponerte en pie, no nos miras sin embargo. – Actué como se hace con los niños, os llevé de la mano, os enseñe a sostener la espada, coloque vuestro brazo para que bastará con dejarlo caer. Ni siquiera os hubierais dado cuenta. Os habría parecido tan fácil, tan sencillo, que habrías continuado solos, sin tener remordimientos.
  
Extraes la espada del suelo. Limpias la hoja de la sangre que la cubre.

- No. No quisisteis seguir el camino que os señalaba. Arrojasteis la espada al suelo y huisteis de la libertad que os aguardaba. Peor para vosotros. Eso es lo que habéis decidido, pero no os va a salir gratis. Tendréis que afrontar las consecuencias. – Tus ojos llenos de ira se han vuelto hacia nosotros – Así lo ha dicho Él. Así lo manda Él. A los tibios los escupirá de Su boca y los aplastará con Su pie. Sin misericordia. Sin compasión. Escuchad ahora lo que Él ha decidido. Escuchad ahora el castigo que piensa enviaros. Os habéis negado a castigar a Sus enemigos, a vuestros enemigos. Habéis preferido salvar sus vidas. ¿En qué os distinguís de ellos entonces? ¿Cómo va a reconoceros? ¿Cómo va a saber que vuestra fe es cierta? ¿Qué realmente la amáis y honráis? No puede. Es imposible, incluso para su sapiencia.
  
Sonríes. Por un instante, pensamos que tus palabras eran sólo una broma. Que no vas a pronunciar lo que sabemos que vas a pronunciar, pero tu voz sigue siendo fría, ausente, indiferente.

- Merecéis el mismo castigo. Los cobardes y los traidores no tienen sitio en su reino. Acabad con ellos. Que no quede uno vivo
  
El grito de horror es acallado por los alaridos de triunfo de nuestros hombres. Repentinamente, la plaza se queda vacía, apenas quedan los cadáveres de aquellos sorprendidos en la huida, hechos un ovillo, desmadejados, arrastrados por el impulso de la carrera, intentando aún, en la muerte, alcanzar las callejuelas donde creían poder salvarte.
  
Tú no te has movido. Has alzado la cabeza hacia el cielo azul de la mañana. Dejas que tu mirada se pierda en su profundidad. Corro hacia ti. Te tomo de los hombros, te zarandeo, te obligo a mirarme.

- ¿Por qué? ¿Por qué?
   
Tu cabeza cae sobre el hombro. Las fuerzas parecen haberte abandonado. Tu voz apenas se entiende.

- Él lo ha mandado. Su mensajero así me lo ha dicho. ¿Cómo podría desobederLe?
   
Quiero decir algo, pero algo me retiene. Me apartas suavemente. Retiras mis manos de tus hombros.

- Déjame marchar. Tengo que participar. Si no lo hago, habré pecado contra Él. Él me abandonará. ¿Qué sería de mí entonces?
  
¿Qué puedo hacer? Ni siquiera vuelvo la cabeza para verle partir. Busco una piedra donde sentarme y escondo mi rostro entre las manos.
    
Estoy sólo, acompañado únicamente por los cadáveres de mis enemigos. Aunque pudieran, no se dignarían a contestarme.


En el patio del palacio del rey se han prendido hogueras. A su calor, los hombres olvidan el frío de estos últimos días de agosto, charlan  antes de entregarse al sueño. Como un presagio, la estación, el otoño,  parece haberse adelantado.
  
Me he escondido en un rincón del patio. Aquí la luz de las hogueras no llega, nadie puede reprocharme mi abatimiento, mi falta de entusiasmo, mi asco por participar en vuestros juegos de niños. Soy demasiado viejo ya. He vivido demasiado tiempo como para creer en algo, pero algo dentro de mí me impide abandonar todo definitivamente. Debo dejarme arrastrar. Debo seguir la corriente, si quiero seguir viviendo. Debo seguir tus dictados, someterme a tu voluntad.
   
Desde donde estoy te veo perfectamente. La luz de la hoguera te ilumina de lleno. Veo también a tus seguidores, congelados en una postura de reverencia y adoración. Sus ojos brillan llenos de ilusión. No apartan la mirada de tu rostro un solo instante. No pierden uno de tus gestos, una sola de tus palabras.
  
La guerra, el hambre, las humillaciones, la muerte han desaparecido por entero. Él vela por todos nosotros. Él sabrá recompensar a los pacientes. Todo esto no es más que una prueba, necesaria para separar el grano de la paja, para distinguir a los buenos de los malos, pero Su día está próximo, Su victoria está ya cercana, todos los signos La anuncian.
   
Ese día, los romanos serán aplastados, su imperio se derrumbará, los pueblos sometidos volverán a ser libres. Él descenderá entonces y retirará las ruinas que cubren Su ciudad. Un solo gesto Suyo y la ciudad entera será restaurada, su belleza y su gloria centuplicada. Todos los hombres acudirán entonces a sus puertas, clamando ser admitidos, suplicando por su amor, pero Él apartará su mirada, se retirará con los Suyos, les abandonará en las tinieblas, de las que nunca serán rescatados.
  
Tu voz está llena de confianza, es cálida y suave, casi como una caricia, la he escuchado tantas veces, he oído tan a menudo las mismas palabras... pero siempre mi impresionan, siempre acabo por sucumbir a su hechizo... si esto ocurre conmigo, qué no será con los otros.

- Su enviado se presenta siempre de repente. – dices, sin mirar a los que te rodean, la vista fija, hipnotizada, seducida, en los arabescos interminables de las llamas – nunca sé cuando, apenas unos instantes antes, siento como un vacío y, a continuación, ya no estoy aquí. Puedo permanecer en estado horas y horas, días enteros, sin darme cuenta, él lo puede confirmar – sí, yo lo puedo confirmar, pero ni siquiera has intentado buscarme con la mirada – luego despierto, pero es como cuando has tenido fiebre, como si te hubieran dado una paliza. Mi cuerpo es un dolor, apenas puedo moverme, sólo muy lentamente, muy lentamente, comienzo a poder moverme, mis pensamientos se aquietan, mi pulso se tranquiliza. – sonríes brevemente – Si no fuera por vosotros ya habría muerto.

Callas un instante. Remueves con una rama los rescoldos antes de continuar.

- Es entonces cuando lo recuerdo todo. Como un relámpago, como si me golpeasen. Su enviado, su mensaje. No puedo explicaros su belleza. No hay palabras que puedan describirlo. El fulgor de sus alas te ciega, quema tus ojos. Su cabellera parece estar en llamas. Su rostro es luz, apenas se puede distinguir nada en él, pero sus ojos te traspasan, hurgan en ti, buscan y te vacían. Sólo esto basta ya para destruirte, para aplastarte contra el suelo como si fueras un gusano, un insecto repulsivo que no merece vivir. El dolor te llena y al mismo tiempo el placer, un goce como nadie puede haber disfrutado en esta vida te inunda te vacía la cabeza, extingue tus pensamientos, disuelve tu cuerpo.
  
Nuevo silencio. Un leve rictus de amargura en tu rostro. Como si intentases volver a ese momento, como si te rieses de ti mismo por pretenderlo.

- Es sólo el principio. Debo ser obligado a ver, debo ser forzado a entender, debo ser destruido para volver a renacer, sólo así podré ser digno.  Su enviado extiende el brazo, agarra mis hombros, aferra mi cabeza, tira de mis cabellos, me arrastra a donde él quiere, me fuerza a ver lo que no quiero. No le importan mis gritos, se ríe de mis intentos por zafarme. Bajo su presa, mis huesos se quiebran, mi cabeza se hunde, siento que sus dedos penetran en mi interior, arar en mi carne, moldearme, me cambian, arrancar todo lo que sobra, dejar la herida abierta... Ya no soy más que un algo informe, carne convulsa, sacudida por el dolor, carne, al mismo tiempo, estremecida por el placer... y es entonces, entonces, cuando veo la gloria, cuando Él me recibe, cuando su voz me atruena, cuando  las profecías, ante mis ojos se hacen realidad
  
No quiero escuchar más. Temblando de miedo, me tapo los oídos con las manos, hundo la cabeza entre las rodillas, quiero escapar de ti, de tu hechizo, pero es inútil, tu voz traspasa cualquier obstáculo, cualquier convicción, cualquier duda.

- Después de haber visto esto – prosigues - ¿Cómo sería posible dudar? Después de haber experimentado su poder y su gloria ¿Quién puede discutir sus designios? Por muy absurdos que parezcan, por mucho sufrimiento que acarreen, por mucha crueldad a la que nos obliguen. Él es sabio, nosotros no. ¿Quién se atrevería a discutir con Él? Él ha decidido el pasado y organizado el futuro, Él ha creado el mundo en el que habitamos, Él ha establecido las leyes por las que regimos. Nuestra misión es obedecerLe. Seguir su palabra. Fiar en Él. Porque nosotros sabemos  que, al final, cuando los tiempos se consumen, Él nos elegirá de entre todos los muertos. Así nos lo ha prometido, así será.

Así nos lo ha prometido. Así será. Así habrá de ser... Si sólo los romanos lo supieran también...