lunes, 21 de febrero de 2011

ADMG Capítulo IV: Cesarea Marítima Año 69 d.C.

Lunes, nueva entrada de Ad Maoirem Gloriam Dei, esta vez uno de los cuentos que se ocupan del lado romano del conflicto...  y al revisarlos, me explicó porqué no pude continuar con la versión 9 y pasé a las perdidas 10 y 11. Simplemente, este cuento tendría que introducir uno de los temas centrales sobre los que se articulase la novela, pero además, tenía que ser un interludio lírico y melancólico en medio de la crudeza del conflicto, anunciada por el cuento anterior y continuada por el que sigue, pero desgraciadamente fracasa en ambos propósitos y no cubre ninguno.

En fin, aquí lo tienen, disfrútenlo en lo que es y no le pidan más.

Capitulo IV: Cesarea Marítima, Año 69 d.C.

Queda poco para que se ponga el sol. Ya está tan bajo en el horizonte, que su luz tiñe de oro el mar mediterráneo y sus rayos dibujan un camino que casi alcanza la costa. En la ciudad, la mayor parte de las calles están ya en sombra, y en los campos que la rodean, se recorta la forma dentada de las murallas.
  
El palacio, construido sobre un cabo artificial que se adentra en el mar Mediterráneo, aún está bañado por la luz del sol y refulge casi cegador, especialmente si se le contempla desde la ciudad ya obscura. Quizás fuera otra de las ideas del rey que la fundó, otro tanto de los medios de afirmar su dominio y mostrar su poder.
  
Arriba, en las habitaciones del piso noble, los rayos del sol entran hasta el fondo de las habitaciones, dibujando amplios rectángulos rojizos sobre el pavimento, cuyo extremo asciende lentamente por las paredes, acercándose al techo, debilitándose al mismo tiempo. Su brillo rescata fragmentos de muebles de las tinieblas. La mitad de un banco, la esquina de un lecho, las costinas que penden de un dosel invisible.
  
El hombre, el anciano, medita apoyado sobre la baranda que rodea todo el piso, dando la espalda a uno de los dormitorios. Frente a él se extiende la ciudad entera, surgiendo de las sombras que avanzan, que parecen querer devolverla al vacío sobre el que fue fundada.
  
Un gesto de sorna se dibuja en el rostro del anciano. Toda esa maraña de casas y calles son producto del capricho de un rey. Una locura creada para justificar otra locura. Ante él se abre el puerto, el único fondeadero seguro entre Fenicia y Egipto, cuajado de mástiles, repleto de naves procedentes de las cuatro esquinas del Imperio. Su recinto entero fue arrancado al mar. De montañas lejanas, con innumerables trabajos, se acarrearon bloques inmensos que luego se arrojaron a las aguas. Uno tras otro, uno tras otro, hasta que al final sobresalieron de entre las olas. Así se construyó la curva del malecón, pero no bastó con eso, con bloques no menos grandes, se erigió una muralla sobre el dique, guarnecida de fuertes torres, para demostrar que no se temía a los hombres o a la naturaleza. Para culminar la obra, a cada lado de la bocana del puerto se erigieron colosos completamente desnudos, para demostrar que tampoco se tenía miedo a los dioses.
  
Si que había, sin embargo, hombres y dioses a los que se tenía miedo. Justo al lado del puerto, donde todas las mercancías se concentraban antes de ser distribuidas, en medio de una explanada, levantado sobre una colina artificial, se alzaba el templo dedicado a un dios que era al mismo tiempo hombre, al emperador Augusto y a la ciudad, Roma, que había conquistado el mundo. Ése era el único edificio, junto con el palacio, que se divisaba desde el mar, antes de vislumbrar la ciudad, la única construcción, junto con el palacio, que nadie podía evitar ver desde dentro de la ciudad. Los dos poderes que regían cielo y tierra, los dos poderes de los que ningún hombre podía pretender escapar.
   
Del puerto, vigilado por las orgullosas columnas del templo, partía el cardo decúmano, hasta llegar a las puertas, sobrepasarlas y transformarse en calzada que cruzaba las colinas y se perdía entre ellas hasta alcanzar, dicen, la antiquísima y al mismo tiempo moderna, ciudad de Jerusalén. Ahora, de entre las colinas, siguiendo la calzada, desciende una larga procesión de hombres. Han encendido antorchas, antes de que les sorprenda la noche, pero los últimos rayos del sol encienden brillos en las armas que portan, en las corazas que los protegen.
  
Son las legiones, los ejércitos romanos que han conquistado ya toda Judea, los soldados a los que sólo les falta el premio que es Jerusalén. Sus filas, rectas, apretadas, se deslizan por las puertas de la ciudad, siguen el decúmano, tuercen donde se corta con el cardo y continúan en dirección al palacio, hasta desaparecer tras la curva del circo y el teatro aledaños, hasta perderse en los jardines que separan estos edificios de las puertas del palacio. Sólo aquí y allí, entre las sombras, en el hueco de un arco, en el espacio que dejan las ramas, el temblor de una antorcha les descubre.
   
Las formaciones marchan en silencio, las espadas envainadas, los escudos a la espalda, manteniendo un espacio constante entre centuria y centuria, obedientes a la menor orden de los centuriones y tribunos que los guían.

-¿Cuánto nos queda? – pregunta una voz desde el interior de la habitación.
   
El hombre se vuelve. Sobre la cama, en la esquina aún iluminada por la débil luz del atardecer, puede verse la mano y parte del brazo de una mujer.

- Poco  – una nube de tristeza cruza el rostro del anciano –  Demasiado poco.

La mano de la mujer se cierra sobre las ropas del lecho, atrapándolas en su puño.

- Las cosas no pueden ser de otra manera. – su voz es joven, dulce, tranquila, aunque puede adivinarse una cierta tristeza – A ninguno nos ha sido concedido el poder mentirnos.
- Nadie puede escapar a la mirada del mundo. Un nuevo Antonio y una nueva Cleopatra. Habríamos perdido antes de comenzar.
- Te callas lo peor.
- ¿Necesitas oírlo?
- Su silencio me lo dirá todos los días. Dilo al menos tú en voz alta.
   
El anciano entra en la habitación. De pie frente a la cama, extiende la mano al lugar donde debe estar el rostro de mujer.

- Tú eres la reina Berenice – dice, mientras sus manos ásperas acarician la piel suave de la joven – la mayor gobernante del Oriente, aquélla ante quien todos se arrodillan, como diosa que ha descendido a la tierra. Qué mayor gloria para el futuro emperador, aquél que va a sofocar la rebelión del Oriente, que el haber sometido también a la reina de los rebeldes. Que orgullosos se sentirán también todos los romanos, cuando él, cansado de ti, te abandone y vuelva a Roma.
  
La obscuridad llena toda la habitación, el sol debe haberse puesto, violetas y añiles cubren el cielo. En el silencio, el retumbar de los soldados que avanzan crece y crece, hasta parecer casi atronador.

- ¿Les llamo ya? Nadie debe sospechar... – susurra el anciano y hace ademán de retirar la mano.
  
La mano de la mujer agarra la muñeca del hombre y evita que la aparte.

- Aún no. Un instante más.- y con la voz muestra cuanto saborea ese contacto – Qué engañado está el mundo. Nos creen poderosos, dichosos, y en el fondo somos unos desgraciados.
- Sabes que no voy a contradecirte.
- Vivir rodeados de necios. Saber que no son más que esclavos de ellos mismos. Que puedes adivinar sus deseos más íntimos. Que bastará agitar un espejismo ante ellos para que te sigan al fin del mundo.... y luego cuando encuentras alguien igual a ti...
- Saber al instante que debes separarte de él, porque así lo pide el mundo....
  
Los dos callan por un instante.

- Márchate ahora – apenas se la oye y si el anciano se da cuenta es porque es ella quien se ha apartado de él, quien huye de su contacto – Llámales. Que comience la representación.
  
El anciano abre las puertas. Los dos legionarios que aguardan fuera se cuadran al verle.

- ¡Traed antorchas! – su voz es dura y potente, la de aquél que conduce a los hombres a la batalla. - ¡Llamad a las esclavas! ¡La reina Berenice así lo ordena!
  
Tropezando las unas con las otras, a la carrera, las sirvientas entran en la habitación, cierran las batientes de la puerta. Berenice ya ha abandonado el lecho y avanza hacia el centro de la habitación, sin dignarse a mirarlas. Simplemente extiende los brazos, permita que la desvistan y que la recubran con las ropas y los atributos de su rango. Lentamente, a medida que su cuerpo recibe símbolo tras símbolo de su poder, el rostro de la reina se torna más inexpresivo, más ilegible, sólo un cierto cansancio es visible, como si el peso de tantos honores la abrumase.
   
Llaman a la puerta. El rostro de un paje aparece, tímido, en la  puerta. Tito Flavio Vespasiano, general en jefe de las legiones de Oriente, solicita audiencia a la reina Berenice, soberana de los judíos, señora de Judea y Galilea. Un gesto con la barbilla basta para concederlo.
   
Con paso firme, con la cabeza bien alta, el anciano entra en la habitación de la reina. Su capa de color púrpura ondea a su espalda. La coraza que porta, el sol labrado en ella, refulgen a la luz de las antorchas, con el mismo brillo que la diadema de oro que reposa en la cabellera de la reina o el vestido del mismo material que la cubre por entero, ocultando sus brazos, borrando su figura.
   
Durante largo rato, ambos se miran a los ojos, con frialdad, con dureza. Luego lentamente, la reina Berenice se inclina, hinca la rodilla en el suelo y se prosterna ante el general.

- Reconozco en vos a mi señor. – pronuncia con voz clara, para que todos la oigan – aquél que tiene poder para quitarme mi reino si así le place, aquél que puede luego devolvérmelo si así le conviene.
- Levantaos – pronuncia con la misma voz clara, con el mismo deseo de ser entendido por todos – Vuestro rango es tan alto que no debéis inclinaros ante nadie, fuera del mismo emperador.
   
Berenice alza la cabeza, pero no se incorpora, en su rostro se ha dibujado una sonrisa de entendimiento, como si le preguntase si había interpretado bien su papel o no, la misma sonrisa con la que Vespasiano le indica que sí, que lo ha hecho perfectamente.
  
Un estrépito interrumpe la comedia. Un grupo de soldados ha aparecido en la puerta, ninguno es capaz de reprimir la agitación que les domina. Sólo Hermann, que les guía, permanece tranquilo, expectante a la reacción de su general. Viste la armadura de combate, se ha ceñido el casco a la barbilla, y su mano, su mano útil, reposa en la empuñadura del gladio.

- ¡Señor! – comienza a hablar, pero un gesto de Vespasiano le interrumpe.

- Marchaos todos.- ordena - ¡Marchaos todos! ¡Lo que Hermann tenga que decir lo escucharemos la reina y yo a solas!
  
Las puertas rechinan al cerrarse. Berenice lo observa con una mirada de sorna, la misma que se refleja en su voz.

- ¿No crees que les estás haciendo sufrir?
- ¿Sufrir? ¿Qué piensas que dirá la historia?
- ¿Qué te negaste hasta el final a rebelarte contra el emperador? ¿Qué sólo lo hiciste cuando Roma te lo pidió? ¿Qué fue para impedir que cayese en la anarquía? ¿Para proteger el imperio?
- No quedaría mal en los libros de historia ¿No es cierto? Ya me imagino a poetastros y aduladores, acumulando alabanzas, convirtiéndolo en un ejemplo de moral, que todos deben imitar.
   
Berenice señala a Hermann con la barbilla.

- ¿Y éste? ¿No temes que lo cuente todo?
- ¿Él? Es más romano que muchos romanos. Si les permitieran seguir festejando, venderían inmediatamente el imperio – Vespasiano agarra el muñón de Hermann y se lo muestra a Berenice – él, en cambio, no ha dudado en sacrificar su brazo... y más que eso si no le hubiera protegido el azar.
- ¿Crees que me estás enseñando algo? ¿No he hecho yo lo mismo? He abandonado a los míos... si quiero sobrevivir, tengo que apoyaros a vosotros.
- Como Tiberio Alejandro también, que disfruta exterminando a sus hermanos de raza... Si tuviéramos más como él, esta guerra habría terminado ya hace un año.
- Y tú no estarías a punto de ser nombrado emperador.
- Cierto. Al final voy a tener que agradecer que tu pueblo sólo críe fanáticos... pero vosotros tampoco lo hacéis gratis ¿O me equivoco?
- Desde fuera no es posible derrotaros, pero desde dentro podremos arrebataros el imperio.
- Y no tardaréis, no tardaréis.... deja transcurrir un siglo o dos, y pronto los emperadores serán gente de estas tierras... o de cualquier otra, menos de Roma. Por eso no entiendo esta rebelión. Es tan absurda, tan inútil... lo vais a conseguir todo de cualquier manera, por muchas guerras que libremos contra vosotros, la victoria os pertenece. Sólo tenéis que esperar.
- Vosotros no esperasteis a conquistar el mundo.
   
Ambos callan. Berenice es la primera en hablar.

- Entonces... si ambos lo sabemos, ¿Por qué has retenido a Hermann?

Vespasiano no ha soltado el muñón de Hermann. Lo acaricia suavemente.

- Tengo que pedirle un favor. ¿Te extraña, Hermann? – la mirada de Vespasiano, llena de sorna, se clava en los ojos de Hermann. Éste no reacciona, permanece en posición de firmes, mantiene su expresión vacía – No, no te extraña. Eres un buen soldado, dispuesto a sacrificarte por el imperio y su emperador, preparado para aceptar cualquier orden...
- Deja de jugar con él. Dile ya lo que quieres.
- En el fondo les agrada pensar que les estás suplicando, que si no fuera por ellos no podrías hacer nada... Hazles creer esto y morirán alegres, aunque tú no pienses en ellos ni un solo instante. Pero no es tu caso, no es tu caso – y la mirada de Vespasiano se hace más dulce – pronto ya no seré vuestro comandante, me substituirá mi hijo... y él es demasiado joven, demasiado idealista... necesita a alguien que le proteja. ¿Harás eso por mí, Hermann? ¿Lo jurarías por el brazo que perdiste, por el muñón que te lo recuerda cada día?

La mano de Hermann agarra la mano de Vespasiano. Su mirada se hace más intensa. Su voz no tiembla al pronunciar el juramento.

- Gracias – responde Vespasiano, dejándole libre – Gracias. De parte de un anciano. Tan viejo como podría serlo tu propio padre.
   
Unos segundos para recobrar la compostura, para recubrir el rostro de las máscaras de dignidad e indiferencia que debe acompañar al emperador del mundo.

- Solo siento que mi hijo no esté aquí para ver como los romanos proclaman y coronan a un emperador.... Tanto preparar mi ascensión al trono y al final se la va a perder. Que se le va a hacer, tendrá que esperar a que le llegue su turno... ¿Está preparada, reina Berenice?
  
La reina se inclina ante Vespasiano.

- Siempre lo he estado, mi señor.
- Vayamos pues. Hermann, abre las puertas.
  
Soldados y esclavos esperan fuera, visiblemente agitados. Un estremecimiento les sacude, la sorpresa llena sus rostros, al ver salir al general seguido por la reina. No dura mucho. Cediendo a la rutina y al entrenamiento, los soldados se cuadran, alzan la cabeza y presentan armas al paso de ambos, aguardan a que se hayan alejado y luego se unen al cortejo. Los esclavos corren ante ellos dos, anunciando su llegada,  avisando a todos que se aproximan, abriendo el paso, despejando los obstáculos, apartando a aquellos que se interponen.
   
Así la pareja real, la reina y el futuro emperador, avanzan por los pasillos, solos, separados el uno del otro para siempre, sin mirarse, precedidos por Hermann, que marcha también impasible, la mano útil en el puño del gladio, la vista fija en algún punto indefinido delante de él, sin reparar en la agitación que les precede, en el tumulto que les sigue, solos en este mundo, fuera de él, presos de su destino.
   
Así descienden por las escalinatas del palacio, hasta llegar al patio. En él, el rey que fundo la ciudad había ordenado cavar un estanque, donde nadasen los peces más extraños y desconocidos y, todo a su alrededor, había plantado árboles traídos de las cuatro esquinas del mundo, para que el visitante se sorprendiese, para que no le cupiese duda alguna de la extensión de su poder.
    
Nada de esto es visible esta noche. A la luz de las antorchas brillan hilera tras hilera de cascos, que protegen rostros enjutos y contraídos, soldados dispuestos a todo, a cruzar por encima de quien fuera para lograr sus objetivos. La primera fila, dispuesta en semicírculo alrededor de la escalinata, la forma la oficialidad completa de las legiones, la veterana XII, que encabezado todos los ataques y todos los asaltos, las no menos fogueadas V, X y XV, expertas en la defensa del imperio contra los partos. Todas, sin excepción, victoriosas sobre los rebeldes, contando por miles, por decenas de miles, a los que han dado muerte.
   
Vespasiano no desciende los últimos escalones. Desde lo alto, con mirada irónica, observa a los oficiales que aguardan. Pasea por el escalón de un lado a otro, sonriente, perdiendo el tiempo a propósito. La inquietud, el nerviosismo comienzan a apoderarse de los soldados, se vuelven el uno al otro, cuchichean, discuten, elevan la voz, hasta que el estruendo de las voces atruena el patio. No se detendrán ahí, comienzan a moverse, a revolverse, a empujar a los que tienen delante, que a duras penas les contienen.
   
De repente, el silencio. Vespasiano ha alzado las manos. Todos callan, expectantes.

- No os entiendo – dice, y en su voz se aprecia que se está riendo de cada uno de ellos – De verdad que no os entiendo. No creo haber dado orden alguna para que os congreguéis aquí y, sin embargo, lo habéis hecho. Esto – y su mirada se clava, uno tras otro, en la de cada uno de los oficiales, obligándoles a bajar la cabeza – Eso es algo muy parecido a un motín. Algo que merecería un castigo riguroso, pero me temo que si es un motín, no tendré oportunidad de aplicarlo. ¿Me equivoco?
- Señor – un oficial se ha adelantado la cabeza baja. – no es lo que creéis.
- ¿No es lo que creo? – la mirada de indignación de Vespasiano hace retroceder a todos un paso – ¿Y tú vas a explicármelo? ¿Tú eres el portavoz de estos cobardes que se atreven a rebelarse contra su general? Bueno... ya que estás aquí, habla. Soy todo oídos.
- Señor. El ejército, Roma entera, no puede continuar así por más tiempo. Cuatro emperadores, a cada cual peor, se ha sucedido en el corto espacio de un año y por conseguir el poder no han dudado en quebrar sus juramentos, desguarnecer las murallas y volver legión contra legión, hermano contra  hermano. ¡Señor! ¡Apelamos a vos! ¡El imperio se desmorona! ¡Los pueblos sometidos se rebelan! ¡Debemos actuar ahora, antes que sea demasiado tarde!
- Ya... y por eso debo convertirme yo en un traidor. No habéis elegido mal, no. Obligáis a un viejo a ceñir la corona... al fin y al cabo no tardará mucho en morir y seguro que el peso del poder lo acelera. Luego el poder quedará libre... disponible para cualquiera de vosotros.
- ¡Señor! ¡Cómo podéis!
- Qué no, Qué no me engañáis. Buscad a cualquier otro. Yo seguiré siendo fiel. Además, pensadlo bien, por ganar vuestro favor seguro que Vitelo os cubre de oro. Yo siempre os tendré miedo. Buscaré debilitaros. Saldréis perdiendo.
   
El oficial se queda con la boca abierta. ¿No le habían asegurado que todo estaba ya decidido? ¿A qué viene todo esto? Lleno de rabia, aprieta los dientes y desenvaina la espada, por un instante parece que va a abalanzarse sobre Vespasiano. Sólo se lo impide la actitud de Hermann que se ha interpuesto, desenvainada también la espada, preparado a abatirle si intenta algo.

- ¡Señor! – la voz del oficial se quiebra - ¡No nos echaremos atrás! ¡Pasaremos por encima de quien sea! ¡Aunque... Aunque.... Aunque se trate de vos mismo!

La risa de Vespasiano sorprende a todos.

- Bobos. Bobos.