miércoles, 5 de enero de 2011

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Crucifixion, Misal del Cardenal Pallavicini

Entre las exposiciones que pasan si ninguna repercusión, se encuentra esta pequeña de la Biblioteca Nacional, en la que se muestran los códices litúrgicos de la Capilla Sixtina que trajo a España, a finales del siglo XVIII, el cardenal Lorenzana, circunstancia que permitió su conservación en su integridad.

Debo decir que las exposiciones de libros antiguos son una debilidad mía. Por supuesto, con una biblioteca que debe acercarse a 2000 volúmenes y que no excederá esa cifra por problemas de espacio, cualquier tema relacionado con los libros ejerce sobre mí la misma atracción que las lámparas sobre las polillas, multiplicada en este caso por tratarse de libros iluminados, donde la páginas se convierten en auténticos cuadros y los más mínimos detalles de la decoración albergan significados ocultos.

Por otra parte, siempre he sentido una especial inclinación por las lenguas. Cuando a lo largo de mi vida me he encontrado con los jeroglíficos egipcios o los ideogramas sinojaponese, siempre he sentido el impulso irresistible de aprenderlos, para poder entender que era lo que estaba allí escrito y, se crea o no, cuando me las había con textos escritos en el alfabeto latino o griego, experimentaba un extraño placer al pronunciar esas palabras desconocidas, aunque el sentido de las frases permaneciese oculto en la lengua desconocida.

En este caso el placer es triple. Primero porque los alfabetos, aunque latino, son en su mayoría arcaíco, con formas extrañas para las letras usuales y abreviaturas que presuponen un conocimiento previo, obligando al lector a adoptar el paso titubeante de un infante y sopesar cada sílaba para ver si se corresponden con lo que estaba leyendo hasta ese instante. Segundo, porque el latín y el griego, para los educados hace unos decenios, conservan ese status de lenguas más que nobles, aquellas en las que se escribían los más altos pensamientos y que eran, en sí, perfectas, por lo que cualquier cosa expresaba en ellas, tenía una especial resonancia, distinta y sin comparación a la herramienta de comunicación que utilizábamos a diario.

Y lo último y no menos importante. Aunque ahora soy ateo, fui educado en un colegio religioso, en un ambiente donde determinadas expresiones, determinados pasajes de ciertos libros, acaban por formar parte de uno mismo, a base de ser repetidas un día sí y otro también... por lo que leerlos en esos libros, en el latín y el griego originales en el que se basaron las traducciones hispanas,  y cuyo ritmo y forma se conservaron en ellas a pesar del salto idiomático, provoca que todas las barreras antes comentadas se derrumben, que esos libros se tornen familiares, que en cierta medida se halle uno de vuelta a casa.

The Artist lives dangerously, John Gutmann
Cruzando la avenida recoletos, en los sótanos de la sede de la fundación Mapfre, a la que ya dediqué una entrada por su exposición de arte contemporáneo americano, se puede visitar otra de esas exposiciones que pasará sin mayor repercusión, aplastada por el hermano mayor que habita en los pisos superiores, se trata de la retrospectiva dedicada al artista alemán, emigrado a EEUU, John Gutman.

Debo decir que a pesar de sentirme atraído por la fotografía, mis conocimientos sobre su historia resultan bastante someros, y que aparte de ciertos nombres famosos, el resto se me asemeja a una de esas Terra Incognita que solían aparecer en los mapas de antaño. Una debilidad que en cierta manera es una virtud, ya que cada una de estas exposiciones supone un descubrimiento, como me ocurría hace mucho tiempo, en los 80, cuando me aficioné a la pintura.

Hay algo de especialmente atractivo en estos fotógrafos de entreguerras, en su modo de hacer, que ha pasado a convertirse en la esencia de como concebimos la fotografía. La asociación de la fotografía con el fotoperiodismo, el intento de reflejar el mundo sin distorsiones, para conseguir que la noticia se presentase tal y como había sido ante los lectores de los periódicos, lleva casi necesariamente a la figura del fotografo que toma su cámara, sale a la calle, y se dedica registrar la vida cotidiana que le rodea, convirtiéndose en testigo y testimonio de su época.

Un perfil que retrata perfectamente a Gutmann con sus visiones de los EEUU de antes y después de la segunda guerra mundial, las cuales vista ahora más de medio siglo después, siguen sorprendiendo por su inmediatez, por estar desprovistas de todo tipo de nostalgia o haber sido recubiertas con la patina del tiempo que anticipa su olvido, revelando unas gentes y un tiempo que no esperábamos encontrar de ese modo y que, de extraña manera, muestra inesperadas conexiones con nuestro presiente, también de crisis y de mutación.

Pero quizás lo más sorprendente sea que este autor, instrumental en conseguir fijar esa imagen de la fotografía como reflejo sin adulterar de la realidad, asemejándose a un cazador que espera el paso de la pieza codiciada, se revela también, como no podía ser de otra manera, como un experimentador nato, que utiliza la manipulación del material en bruto para transmitir ideas, conceptos que no podrían ser capturados de forma natural.

O por decirlo de otra manera, que una vez liberada la fotografía de sus vínculos con la pintura, convertida en una forma artística con derecho propio y una manera suya, no es necesario encadenarse a ella, sino que todos los caminos permanecen abiertos, incluso aquellos que conducen de nuevo a la pintura.