lunes, 31 de enero de 2011

AMGD, Capítulo I: Jerusalen Año 60 d.C.

He pensado mucho en como llenar los lunes, si con los artículos cinéfilos que ya no son visibles en Tren de Sombras, o con alguno de mis intentos literarios... y al final me he decidido por esto último.

El caso es que tras Forjadores de Imperios, emprendí la composición de una novela, de nombre Ad Majorem Gloriam Dei, que narraría la sublevación Judía contra roma de los años 66 al 70 de nuestra era y que culminó con la destrucción de Jerusalén. La historia, escrita pensando en los sucesos del 11S y las invasiones de Afganistan e Irak,  se narraría desde el punto de vista judio como  romano, estando representados estos últimos por Vespasiano, Tito, la reína Berenica, que aunque judía estaba fuertemente helenizada, y un legionario de origen germano de nombre Hermann, como el Arminio de la selva de Teoteburgo, mientras que la voz del lado judío sería uno de los rebeldes de jerusalén, un superviviente de una rebelión anterior y un bandido de los montes del mar Muerto, de forma que se mostrase lo que sucedía dentro y fuera de la ciudad Santa.

La novela atravesó cerca de once versiones distintas, en un periodo que va del 2002 al 2006 y nunca llegue a terminarla, por una u otra razón, aunque las secciones finales e iniciales llegarón a estar bastante acabadas. Para empeorar todo, las versiones 10 y 11 se perdieron con la muerte de mi ordenador, así que lo que van a leer es la última conservada, la novena, no la mejor de todas, con mucho sobrante, pero bastante representativa de lo que iba a ser el producto final, aunque este se modificaba una y otra vez en cada arranque y parada.

En fin, aquí les dejo el primer capítulo, en estado de borrador avanzado, así que perdonen las faltas e incongruencias. Espero que lo disfruten, porque mejor es que alguien lo lea, que no que siga criando polvo en mi disco duro... o que se pierda definitivamente. Tengan también en cuenta que al ser una obra de mayor extensión, los pasajes novelescos son más aparentes, perdiéndose mucho del rigor histórico que intenté mantener en la obra anterior.


Capítulo I: Jerusalén Año 60 d.C.


Sion. Bendecida y maldecida por Él. Albada y vituperada por los profetas. Virgen pura y sin mácula. Puta universal.

Ya nada te separa de nosotros. Hemos coronado la última colina, nos hemos asomado al monte de los Olivos. Bastaría descender al barranco del Cedrón, para tocar tus murallas, para que tus puertas, infranqueables para cualquier enemigo, se abriesen dulcemente ante nosotros.

Estamos frente a ti, pero no te vemos. El sol se pone a tus espaldas y nos ciega con su brillo. Hay que apartar la mirada, esperar a que el astro se ponga, aguardar a que el astro se ponga. Volvemos entonces la vista, pero nada ha cambiado. Contra el cielo rojo se recorta tu perfil negro, templo, palacios y murallas fundidas en una sola masa, hosca y hostil,  impenetrable, amenazante. Nunca podréis entrar aquí, grita, Él no lo ha decidido así, abandonad vuestras esperanzas, cesad en vuestra fe. Como prueba, el color del cielo se apaga, un manto negro avanza desde oriente, hasta que ya no se puede distinguir cielo y tierra, sino es por las estrellas que brillan en las alturas.

Hay que esperar hasta mañana. No se puede hacer otra cosa. No entraremos como ladrones en Sion. No somos criminales y rebeldes. Somos Sus verdaderos hijos, los propietarios de la casa, venidos a recuperarla de sus arrendatarios. Mañana, con el astro a nuestras espaldas, marcharemos hacia la ciudad. Mañana, los ángeles nos abrirán las puertas y cegaran a cualquiera que se no oponga. Su mano estará sobre nosotros. Su vista se regocijará al presenciar nuestro celo, porque mañana el templo será purificado, la abominación de la desolación será abatida, los prevaricadores e hipócritas que ensucian Su nombre recibirán su castigo, los gentiles y sus falsos dioses serán expulsados de la tierra santa que Él nos entregó.

Mañana. Todo esto ocurrirá Mañana.

Esta noche debemos demostrarle que nuestra fe no ha vacilado. Hemos escuchado sus palabras y creído en ellas. Su espíritu nos posee y no queda lugar para ninguna duda. Es el tiempo de la oración y la plegaria. No. Es el tiempo de la celebración y el regocijo, porque con el a nuestro lado es como si hubiéramos ya vencido, como si estuviésemos ya dentro de la santa Sion, como si Su reino ya estuviese aquí, entre nosotros, como si todo sufrimiento y toda injusticia se hubieran desvanecido en el olvido.

Como si Hoy fuera ya Mañana.
  
Aquí y allá, dondequiera que mire, aparecen luces, hogueras encendidas por la multitud. Rostros alegres y confiados, seguros del futuro, se congregan alrededor de ellas. Poco a poco la obscuridad retrocede, hasta alcanzar las lindes del bosque, iluminando a aquellos que entran en él y vuelven cargados de madera, resaltando por un breve instante sus rostros alegres, plenos de la misma seguridad y confianza que los que aguardan frente al fuego.
   
El rumor de la multitud, poderoso como los torrentes, se acalla lentamente. Por un momento se escucha el ritmo de las hachas en el bosque, pero este sonido también se desvanece. Primero es una voz, luego otra y otra, al final todas mezcladas en una sola, la mía también, indistinguibles, de nuevo una única voz, una sola voluntad, alabando al Señor, enumerando sus glorias, extendiéndose en sus alabanzas.
  
Un movimiento repentino. Veo desaparecer los rostros de la luz de las hogueras, sombras negras me las ocultan un instante, alguien me golpea al pasar y casi me derriba. Otros pasan rozándome sin verme, fija su mirada en algún punto invisible, oculto en la obscuridad. Me uno a ellos, corro entre la multitud sin saber a donde me dirijo, sólo por no ser aplastado por la multitud. Él, Él gritan. Él, Él, grito y entonces lo comprendo todo, entonces lo entiendo todo y mi corazón, mi alma se anega con la felicidad y el gozo.
   
Ahí está frente a mí. Separado por un mar de gente, que se agita con olas repentinas. Ahí debería estar, ahí va pronto a aparecerse. Sobre un montón de piedras se han encaramado dos hombres, enarbolando antorchas. Custodian su cima, el espacio vacío donde Él pronto habrá de mostrarse. Sus manos se dirigen hacia nosotros, reclaman nuestro silencio, pero no hace falta que lo hagan, porque todas las bocas se están cerrando, todas las miradas se están fijando en un único sitio.
  
Las cabezas comienzan a desaparecer frente a mí. Fila tras fila descienden hasta que yo mismo sigo su ejemplo, me hinco de rodillas inclino la cabeza hacia el suelo. Él ya está allí. No necesito mirar para saberlo. No soy digno de hacerlo. Nadie de entre nosotros lo es. Me bastan sus palabras. Ni siquiera eso, pues la distancia que me separa de Él me impide entenderlas. El tono reposado de su voz es suficiente, la tranquilidad que transmite, el bálsamo que extiende sobre mi corazón
  
No necesito oír de nuevo sus palabras. Ya las conozco. Me basto oírlas una vez. Aquella mañana cuando salíamos de la aldea para trabajar en los campos. Allí estaba, subido a una elevación como ahora, dándonos la espalda a nosotros, sin mirarnos, la vista perdida en el horizonte, los suyos sentados más abajo, rodeándole por completo, pero dejando un amplio espacio a su alrededor, para no molestarle, para impedir que la impureza de los hombres llegase hasta él.
   
Se levantó sin mirarnos. Nosotros, los jóvenes de la aldea, nos habíamos detenido ya, fascinados por el espectáculo. Incapaces de movernos, percibíamos como las ancianos pasaban a nuestro lado, sin mirarle ni mirarnos, sin posibilidad de cambiar o comprender. Alguno nos agarró del brazo, tiró de él, intentando que continuásemos. Bastó un simple movimiento para zafarnos, para vencer sus débiles y gastadas fuerzas. No intentaron más, continuaron su camino hacía los campos donde habían malgastado sus vidas, hacía los surcos que habrían de matarles. Ya no pertenecíamos a su mundo, ya no pertenecían al nuestro.

-El reino ha llegado. El reino ya está aquí. Sólo tenéis que cogerlo. Sólo tenéis que disfrutarlo.
   
Esas palabras nos estremecieron. No se había vuelto hacia nosotros, pero era como si hubiera agarrado de los hombros y sacudido. Como si hubiera clavado su mirada en nuestros ojos y leído nuestros pensamientos. Le vimos descender de la colina, desaparecer tras su masa. Sin decir una palabra más, sin esperar nuestra respuesta. Los suyos también se pusieron en pie, en silencio, y le siguieron, las cabezas gachas. Pronto le volvimos a ver, ascendiendo la ladera de la siguiente colina, camino del horizonte del que nunca había apartado los ojos.
  
¿Qué quedaba por hacer? El ruido de nuestros aperos contra el suelo, el chasquido metálico al chocar los unos contra los otros, nos sobresaltó. Pudo habernos despertado, pero no lo hizo. Ya estábamos en marcha. Nada podía detenernos. Cantábamos mientras marchábamos, enlazábamos a nuestras manos con las de los otros fieles. Éramos hombres nuevos, liberados de todo lo viejo, unidos, seguros de nuestra fe, encaminados al horizonte, al reino que ya estaba aquí, al reino cuyas puertas estaban abiertas de par para nosotros, al reino que nos estaba destinado desde el principio de los tiempos.
   
Atrás quedaban los muertos. Los muertos ya en vida. Los muertos que no podían soñar con la resurrección. Los muertos que nunca podrían obtenerla.
   
Ahora había llegado el momento prometido. Mañana la ciudad santa sería nuestra. Mañana Su mano descendería sobre nuestras cabezas. Mañana ángeles y arcángeles combatirían a nuestro lado. Ningún poder terrenal podría oponérsenos.
   
¿Podía soñarse mayor dicha? Las lágrimas descienden por mis mejillas. Clavo las uñas en el dorso de mis manos, unidas en la oración, canto con mayor fuerza, estremecido ante el presentimiento del gozo eterno, sin final, que habrá de comenzar mañana. Alzó los brazos a la obscuridad de la noche, los clavo en la tierra, golpeo una y otra vez, buscando la calma, el reposo, la seguridad que me ha abandonado.
  
No soy el único. Otros a mi lado se revuelcan por el suelo, patalean, se curvan en un arco, sustentados sólo por la cabeza y los pies, nadie se acerca a ellos, nadie intenta interrumpir su frenesí, todos les miran con envidia, porque Su espíritu, Su mensajero, ha descendido a la tierra y busca acomodo en las almas más puras. Si me eligiera a mí. Si me eligiera a mí, es el ruego de miles de voces, el murmullo hecho audible, convertido en grito por la fuerza de los números.
  
Y Él no cierra sus oídos a nuestras plegarias. Él no se muestra esquivo. Al contrario, cada vez son más los bendecidos. Yo mismo soy alcanzado y derribado por su flecha, aplastado y destruido por su mano, hasta casi convencerme de mi misma muerte.
    
Silencio. Bajo el negro cielo distingo las negras nubes.
   
Amanece. La obscuridad se retira. Apenas comienza a asomar el sol que ya nos hemos puesto en pie. De espaldas al sol, precedidos por nuestras sombras, descendemos al barranco del Cedrón, cantando las alabanzas del Señor, danzando y batiendo palmas, anunciando el reino y su llegada
  
No vemos otra cosa que el templo. Escarpados precipicios lo protegen, murallas verticales lo defienden, pesadas puertas lo encierran, pero ninguno de estos obstáculos nos arredra. Si es templo es porque Su mano se ha extendido sobre él y si Él la retirase toda la vanidad de los hombres se vendría abajo, convertida en polvo.
  
Pero Su mano aún vela sobre él y no podemos apartar la vista de su gloria. Sobre los precipicios, tras las murallas, se alza su mole, imponente, cegadora,  semejante a las montañas cubiertas por las primeras nieves, teñida de sangre por los primeros rayos del sol, sol él mismo, capaz de apagar el otro si Él lo quisiera.
  
Me abro paso entre las masas. Otros me siguen. Todos quieren ser los primeros en hollar el recinto sagrado, en ver abrirse los cielos sobre nuestras cabezas, en recibir a las cohortes celestiales. Pero llega un instante en que no puedo avanzar, en que la masa es demasiado densa para que pueda apartarlo, en que ya es imposible retroceder, en que solo puedo quedarme quieto, mirar, esperar, rezar.
  
Las puertas de bronce están cerradas. Un estremecimiento sacude a la multitud. El aire huele a fracaso, pero no se nos da tiempo de seguir ese camino. Detrás suenan trompetas como en Jericó. Una vez se escucha su voz. Dos veces. Tres veces. Cuatro. Cinco. Seis. Siete.
   
Silencio.
   
Lentamente, rechinando, las hojas se apartan. Un grito de júbilo escapa de todas las gargantas. Me empujan por detrás, intentan apartarme, pasar por encima, pero yo no avanzo. Las filas que aguardan por delante no avanzan. Al contrario, intentan retroceder, pero no pueden. Gritan de horror, pero sus voces se ahogan entre el clamor de la multitud, sofocadas por el júbilo del resto, por la alegría que se va a transformando en exclamaciones de impaciencia, en cólera e ira.
  
Si pudieran ver lo que vemos.
  
Las puertas de la ciudad están abiertas de par en par, pero el paso está cerrado. Un muro de grises escudos, altos como cualquiera de nosotros, lo cierra. Permanecen inmóviles, completamente inmóviles, como si nadie los sostuviese, pero sobre ellos asoman cascos, y en la obscuridad de los cascos brillan ojos fríos, que nos observan, ojos que disfrutan por adelantado de nuestra muerte.  
  
Una voz seca resuena. Me estremezco, la multitud entera se estremece conmigo, pero soy incapaz de moverme. Estoy fascinado. No he llegado a ver los brazos que los han lanzado, pero una nube de lanzas, negra y densa, ha cruzado sobre mis cabezas. Un grito agudo y desgarrador sobreviene. No hay tiempo para pensar. De nuevo la voz de mando. De nuevo la sombra que tapa el sol. De nuevo el aullido sobrehumano.
  
La pared de escudos se mueve. Lenta y rítmicamente. Sin detenerse. Sin descomponerse. Una orden distinta resuena. Entre escudo y escudo se ve brillar el metal. No puede estar sucediendo. Él está a nuestro lado. Esto es sólo una prueba. Pronto su poder destruirá y esparcirá a nuestros enemigos. No dudéis, se oye gritar, no perdáis la fe.
  
De nuevo se elevan los cánticos. Primero llenos de miedo, voces aisladas, poco a poco ganando confianza. Las cabezas desaparecen frente a mí. Se han puesto de rodillas, alzan los brazos al cielo, implorando Su intervención. Siento que debería seguir su ejemplo, pero no lo hago. No puedo. No puedo despertar.
  
El muro de escudos ya ha llegado a las primeras filas. No hacen falta órdenes. Saben perfectamente qué hacer. Al unísono alzan sus brazos, por un instante destellan las espadas en lo alto, y al unísono los dejan descender. No se eleva grito alguno de entre los que están arrodillados, simplemente se escucha un crujido como de madera rota, y el sordo sonido de los fardos que caen en el suelo.
  
Los cantos se quiebran, la presión que me empujaba hacia delante desaparece. Los soldados siguen avanzando hacia donde estoy yo, abatiendo a los nuestros antes de que puedan levantarse. Fila tras filas, se me aproximan, pronto seré el siguiente, pronto me tocará a mí, pero no intento huir, será aquel soldado, me pregunto, aquel que ríe con cada víctima, o será aquel otro, cuyo rostro no muestra ninguna expresión.
  
Volver a ti. Gozar de tu gloria. ¿Puede haber mayor dicha? Cuanto antes, mejor.
  
Me sobresalto. Me he dado la vuelta.
  
La multitud huye ante mí, desparramándose por las pendientes, cada uno corriendo en una dirección distinta, sin rumbo, chocando entre sí, volviendo incluso hacia donde nosotros estamos.
 
Yo también estoy corriendo. Golpeo a los que me preceden, les hago caer, salto sobre sus cuerpos, les piso, tropiezo, estoy a punto de caer yo mismo. El suelo está cubierto de objetos, las trompetas que deberían hacer caer los muros, los estandartes que debían abrirnos paso, los haces de leña con los que debería ser purificado el templo.
   
Alcanzo el fondo del barranco, pero aún me queda la escarpada subida hasta el monte de los Olivos. Alguno ha conseguido alcanzar la cima, pero la mayoría se escurre, desciende rodando hasta el fondo, entre nubes de polvo, arrastrando a otros que intentan ascender, que tratan de aferrarse a piedras y arbustos. Sin conseguir nada. Sin obtener nada. 
   
Estamos atrapados. Estamos muertos. ¿Para qué continuar?
  
Algo me golpea en la espalda y me derriba. Un dolor agudo me atraviesa, pero desaparece enseguida.
  
Obscuridad.

Colina tras colina, hasta alcanzar el horizonte.
  
El viento arremolina mis vestidos. Olas cruzan los trigales, hacen brillar las espigas al sol por un instante, y enseguida desaparecen.
 
Dicen que más allá, detrás de esas colinas, existe un mundo distinto.
 
No puedo creerlo. Nunca podré creerlo.
 
Son cuentos de viajeros. De locos que buscan lo que no existen. De falsarios se inventan mentiras con las que engañarlos.
 
Pero yo lo sé. No pueden engañarme.
 
Allá a lo lejos, tras las colinas, no hay otra cosa que aldeas iguales a la que vivo. Gentes iguales a las que conozco.
 
Gentes que trabajan de la mañana a la noche, gastando su vida en los campos, hasta que la muerte les alcanza.
 
Nada cambia con eso. Otros los substituyen. Año tras año, los trigales germinan, crecen y son cosechados. Año tras año, las nubes se arremolinan, cubren los cielos y anegan las tierras con su lluvia. Año tras año, desaparecen durante largos meses, permitiendo que el sol abrase la tierra y sus criaturas.
  
Año tras año, sin que nada lo turbe.
  
Me he puesto en pie. Desciendo por la ladera. Me desvanezco entre las espigas.



Arriba, en el azul del cielo, hay pintados unos débiles trazos blancos, rectos y estrechos. El atardecer comienza a teñir sus bordes.
  
Les sigo con la mirada. Giro la cabeza a medida que descienden del cenit al horizonte. Intento volver el cuerpo para estar más cómodo, pero no puedo. Algo aprisiona mi brazo, lo aplasta contra el suelo. Apenas lo siento. Abro y cierro la mano, pero enseguida me quedo sin fuerzas. Como si no estuviera ahí, como si perteneciera a otra persona, como si pudiera dejarlo atrás, inútil y prescindible.
  
No me importa. Con la cabeza girada, tengo perfecta visión de las colinas que cierran horizonte. Las nubes se pierden tras ella, verticales, como si estuvieran clavadas en sus cimas. El azul del cielo se ha tornado en violeta, casi negro, y el blanco de las nubes ha virado a gris, también casi al negro.
  
La noche se aproxima. El descanso se acerca. Cierro los ojos y me preparo.
  
No puedo.
  
Mis ojos continúan abiertos, fijos en la cima de la colina, en los olivos de que la coronan. Entre ellos hay otros árboles sin hojas, extrañamente verticales, con sólo dos ramas que se abren en ángulo recto cerca su copa.
  
Un espasmo me estremece. Intento levantarme, pero mi brazo aprisionado me retiene. Preso del terror, estoy a punto de gritar, pero consigo morderme los labios. No puedo gritar. No debo gritar. No quiero acabar allí arriba. No quiero esa agonía.
  
Les he visto a tiempo. Ellos han sentido también algo y han vuelto su mirada hacia donde yo estaba. He aguantado la respiración, aflojado mis músculos, luchado por no girar la cabeza hacia donde ellos estaban.
  
Silencio. En el silencio multitud de ruidos. Las alas de los pájaros. El repiqueteo de los martillos. Los últimos estertores de los moribundos. Aquí, muy cerca de mí. Allí, arriba en la colina.
  
Luego, el andar trabajoso de hombres que visten corazas.
  
Lentamente recojo el brazo que tengo libre. No lo levanto, lo arrastro por el suelo, hago que cruce mi cuerpo, hasta llegar a mi hombro. Aguardo ahí un instante, reuniendo valor, luego, cierro los ojos y empujo.
 
Algo blando recibe mi mano. No me había equivocado. No cede. Empujo con más fuerza y, poco a poco, mi brazo se escurre bajo la masa que lo aprisiona. No lo siento. No sé cuanto queda aún. Me detengo. Una breve pausa, mientras recupero el aliento. Otro empujón más.
  
Queda libre de repente. El impulso me hace deslizarme por la pendiente. No me hago daño. La tierra es blanda, elástica, extrañamente húmeda, aún conserva el calor del sol.
   
He girado al deslizarme. Ante mí está ahora el templo, una mancha negra que se recorta contra el rojo del cielo. Algo inalcanzable y prohibido. Desde aquí abajo, en la obscuridad del valle, las murallas que lo protegen parecen aún más elevadas, los precipicios aún más inexpugnables. Mis ojos los recorren, descendiendo, hasta llegar fondo del barranco, al lecho del torrente donde yazgo.
  
Debería ver las suaves arenas del fondo, los cantos arrastrados por las aguas en cada tormenta, los canales excavados por la corriente. Manos, cabezas, piernas, brazos, torsos, agrupados en montones. Yo reposando sobre uno de ellos.
  
Tengo que salir de aquí. Tengo que salir de aquí. Tengo que salir de aquí.
  
Extiendo un brazo. El otro aún no responde, yace muerto a mi lado inútil. Hinco un codo en el suelo. Me giro sobre mí mismo. Caigo sobre mi brazo inútil, atrapándolo, sin sentir nada. Me apoyo de nuevo en el codo. Me arrastro hasta dejarlo libre. Me abandonan las fuerzas.
  
Silencio. En el silencio, multitud de ruidos. Las alas de los pájaros. El repiqueteo de los martillos. Los estertores de los agonizantes. Aguardo que algún rumor se me acerce. Espero que una mano me agarre y me levante, que una voz en lengua extranjera proclame su triunfo.
  
Nada pasa. La obscuridad avanza. Tiemblo. Alzo la mirada. Ya no hay azul en el cielo. Brillan las primeras estrellas. El frío aumenta.
  
Me arrastro, primero con una mano, sintiendo como miles de agujas traspasan el otro brazo. Luego con los dos, cada vez más rápido, con rabia y desesperación, sabiendo que en cualquier instante pueden descubrirme, que en cualquier momento pueden abatirme definitivamente
  
Rozo unas hojas. Me aferro a una rama. Las espinas traspasan mi mano, pero no suelto la presa. Me escondo tras él, temblando, respirando con dificultad, perdido el aliento, seguro de que deben oírme desde lejos.
  
No pienso. No tengo tiempo. Me pongo en cuclillas. Comienzo a andar, agazapado. Todo mi cuerpo duele, cada movimiento es una tortura, pero a poco el sufrimiento se apaga, poco a poco mis sentidos se embotan, se que puedo continuar así indefinidamente, poniendo un pie detrás de el otro, avanzando el brazo opuesto para mantener el equilibrio.
  
No me intento mantenerme escondido. No guardo ninguna precaución. Es noche cerrada y yo marcho erguido, casi orgulloso, entre las cruces que cubren el monte. Los guardias se han ido a dormir. Saben que ningún vivo intentará salvar a los muertos, que sólo los muertos se ocupan de los muertos.
   
Alguno, al sentirme, se agita en el patíbulo y me llama.
   
No le hago caso.